Un saludo

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No soy escéptico, creo mucho de estas cosas y "más de una vez mi pobre mente me ha traicionado"; o eso diría si fuera cualquier otro atolondrado. Lo cierto es que he realizados otros rituales con pésimos resultados, a veces el miedo y la emoción fueron efímeros, en otros digamos que salió a medio camino. Sin mucho esfuerzo me encontré con uno bastante particular, aunque estaba escrito en forma de un creepypasta. Lo leí y decidí hacer el reto, puesto que no sabía cuándo se volvería a repetir una oportunidad así. Se necesitaba un poquito de sal, un hilo escarlata, un poquito de sangre, un cuchillo, un muñeco; y lo más importante, estar solo. Mi hermana estaba en una excursión escolar y mis padres no regresarían hasta la madrugada del trabajo, así que nadie me molestaría.

Hice todos los pasos que me sugería el juego, y muy pronto me escondí detrás de un sofá de la sala. Tenía planeado, desde mi posición, gatear y hacer que el muñeco fuera por un lado del mueble mientras me escabullía por el otro, hacia los cuartos, como si estuviéramos jugando las escondidas.

Tardó unos minutos en bajar las escaleras, pero Verge Grut llegó hasta la sala. Suena extraño, pero así fue como nombre a la muñeca favorita de mi hermana, porque según leí Verge Grut era un descuartizador africano que fue condenado a la hoguera por la iglesia, ya que se le temía por sus hechizos y rituales vudú, ¡qué gran mentira!

Con la luz tenue de mi televisor vi que se estaba acercando a la sala, pero cambio de rumbo y se dirigió a la cocina. Escuché, de pronto, un grotesco ruido que hizo mi gato y maldije no haberle puesto el seguro a la entrada de su puerta. Después de pensar en una excusa para mi mamá, noté un débil resplandor proveniente de la cocina. Me arrastré, antes de lo previsto, hacia la puerta y con asco observé que la muñeca estaba cercenando el cuello de Caramelo, mientras la estufa estaba encendida. Esa cosa me sintió y me dijo con una voz tan gruesa como distorsionada.

- ¿Podéis estarte quieto y en silencio? Estoy ocupado.

Parecía que me ignoró y siguió tajando su cuello hasta que el filo del cuchillo choco contra el mesón, y luego ese bastardo arrojó la cabeza hasta el centro del quemador. Le tiro una pizca de sal y escuche una clase de murmuro incomprensible. Solo en este estado comprendí que eso era una oración en algún dialecto muerto. Después, con cada apuñalada al decapitado cuerpo de caramelo, recitaba un verso. Creo que eran 6, pero me acuerdo de 4.

Uno, por los apóstoles caídos.

Dos, por los niños perdidos.

Tres, por aquel que ve al mundo torcido.

Y cuatro, es la bendición que todo hijo de Caín recibirá...

Mientras eso, la flama tornaba de azul a naranja, rojo y un resto de colores que no podría recordar porque estos se perdieron en aquella llamarada que se estaba formando. Diría que fue de casi 30 cm de alto, y la cabeza de caramelo estaba flotando en el medio. Era un simple cráneo con las cuencas brillantes. Entonces Verge Grut dijo lo siguiente:

- Os Ruego por el goce de los dioses, y la bendición de nuestro señor. Ofreciendo una vida por ninguna, ¡ahbezca Rigyhto!

Sacó de su bolsillo, porque todo maldito muñeco debe tener uno, la tira de papel higiénico que use para limpiarme el dedo cuando realizaba ese ritual.

- La sangre del sacrificio –dijo sosteniéndolo encima de su cabeza–, te la ofrezco –y el muy malnacido la arrojo a las llamas que parecían del mismo infierno.

Susurro de nuevo esa extraña oración, levantando los abrazos como bajándolos al mismo ritmo. No faltaba ser listo para saber que le estaba haciendo un rito.

- Entrego ahora un parte física del beneficiario.

Tomó otra vez el cuchillo y se cortó una de sus trenzas, arrojándolo a esas diabólicas flamas como un símbolo de rebeldía contra el falo erecto opresor. La llama de la estufa parecía bailar como los jóvenes enamorados en la vieja Nápoles al ritmo de la danza tarantela; luego disminuyo. El cráneo de mi pobre Caramelo se desintegró chirreando un grito femenino, y casi les puedo decir que me hago encima de mí. La llama regreso a su tamaño normal y solo estábamos nosotros dos con esa tenue luz. Verge Grut giro su plástica cabeza y me dijo:

- Deberías estar feliz, hoy cumplimos nuestros sueños. El poder jugar con lo prohibido y el poder regresar al mundo de los vivos, es sinónimo de lo agradecido que está dios contigo.

Le estará agradecido a su horrible madre, pero no pude decírselo; esa sonrisa, no era posible que un muñeco como ese pudiera tener una comisura tan amplia y un aspecto tan... perverso. Se giró después hacia mí con esa maquiavélica cara y por lo consternado que estaba no me dio tiempo de reaccionar bien. Me lanzo el cuchillo, y fui tan estúpido de desviarla con la palma de mi mano.

De la impresión pude correr hacia el baño en tiempo record. Cerré la puerta y le puse seguro sin pensarlo dos veces; al verlo manejar también el cuchillo y de lo rápido que acabó la vida de un gato cualquiera lo haría. Abrí el grifo y me lave la herida que me había hecho la desgraciada esa. ¡Quién sabe cuántas enfermedades me habría transmitido!, por eso fue que utilice casi una botella de alcohol y desinfectante; aunque me dolió tanto como el rocé de una Dendrocnide moroides. Después iba a vendarme la mano pero vi el espejo y apareció detrás de mí la figura de un hombre caucásico. Recuerdo que tenía unos bellos ojos azules porque es el mismo hombre que me ha atormentado en mis sueños. De susto debí abrirme más la herida y salpique las paredes de sangre. Busqué el algodón pero el poquito que hubo se lo gastó mi hermana en una estúpida maqueta. Me tocó aplicar presión con varias tiras de papel higiénico, y mientras, pude escuchar una histérica risa en el conducto de ventilación. 


Verge Grut¡Lee esta historia GRATIS!