Historia de la madrugada en que decidí mi ir.

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Historia de la madrugada en que decidí mi ir.

Era en invierno durante un amanecer
la atmosfera azul, y el cuarto caliente
harta calma, yo pensaba en veces:
¿Qué me ata? creía resolverlo siendo paciente.
partículas no se mueven, y tras la ventana:
lluvia y sus gotas malvadas resaltan
los susurros entre gemidos, furtivos plasman
sobre el cristal, aferradas caricias que no marchan.
En su venir trajo ángeles y demonios por igual.
Ella Acostada.
Mi alma en la costa, el horizonte deslumbrando como algún final.
Arropada aún con la sensación de mis brazos,
su sonrisa marcada, se acabaría si escuchase mis pasos.
Polvo comienza acumularse sobre el buro,
ropajes y sabanas sobre el suelo, su cuerpo desnudo
en palpitante sudor, aquí está seguro
¿Quién pudo verla? pensar lo que pienso y no sentir ese nudo.
Por un bien común, al mañana ¿quién se amarra?
Discreto busco entre las telas tiradas mi chamarra,
un susto, pensé en su mirar, sensación triste y bizarra
¿qué puedo hacer? Si me fumo los brillos tenues de cigarras
ser paciente o un paciente de paz que siente,
dispongo una última imagen de ella en mi mente,
tranquila, bella, amada, feliz, sin preocupaciones y durmiente,
espero lo entienda, no es su belleza razón por la que tenté
su piel, su latir, su aliento o nuestras danzas celestes.
Lo lamento. Una última caricia sobre su frente,
se regocija, aún me cree a su lado, podría ser diferente
¿Quién me frene? ¿o qué me enfrente? Lo siento,
en silencio giro la perilla para que no se despierte
quemo mi pasar, ahora sigue el desierto.
Arrepentir de un momento, debe ser el presente
borro de la arena el rastro, la silueta de mis zapatos y su suela.
Pienso, quería arreglarlo con paciencias y estancia
consejos de experiencia, a base de que duela,
me es de buen saber, que anestesia la distancia.
Es de lo poco que sé, que, la distancia anestecia.

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