Sexta Sombra: Ira

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"Su rostro alcanzó a revelar una sonrisa antes de que la joven pudiera taparse la boca con las manos. Sus mejillas se sonrojaron y sus ojos se iluminaron como un par de estrellas en la noche. Mientras yo me encontraba de rodillas frente a ella con una sencilla argolla de oro en mis manos, fue lo único que pude comprarle en ese momento y con todos los ahorros que tenía, pero ella se lo merecía, era mi sol en el día a día y mi luna en la oscuridad. Apenas pude notar la presencia de aquel extraño hombre encapuchado mientras abrazaba a su prometida. Montado sobre un negro corcel, parecía llevar un animal en su mano y bajo la sombra de su gorro dejaba escapar unos dorados cabellos, relinchando el caballo partió a la lejanía.

Cuando nos separamos de nuestro abrazo que pareció durar una eternidad y que me habría gustado que hubiese ser así por siempre. Ella era la correcta, era la mujer que me hacía sentir seguro y confiado, tanto como lo sentía cuando mi abuelo vivía y recorriamos los pasillos de aquella vieja mansión. Recordé aquella hermosa fuente de mármol en el hall principal y sus bellas esculturas, ángeles posando en forma circular alrededor de uno que se paraba al medio. De su alrededor brotaba la más cristalina de las aguas.

El que encontraba más hermoso de todos era uno que estaba de pie de manera orgullosa con una espada en su mano y una balanza en la otra, su mirada reflejaba consciencia y sabiduría. Hacía mucho tiempo que no había vuelto a pisar el suelo de aquella magnífica casona, incluso más tiempo desde que había muerto su abuelo.

La miré a los ojos y le dije que mi amor por ella jamás cambiaría, que yo sería su escudo y su espada, su refugio en momentos de tormenta y su compañero en los momentos de alegría. Ella me respondió lo mismo. En ese momento mi vida era perfecta.

Pero poco sabía lo que le esperaba.

Llevábamosos un par se semanas comprometidos y mi querida Teresa había decidido mudarse conmigo, por lo que tuvo que renunciar a su trabajo como ayudante de pastelera en el otro extremo de la ciudad. Estuvimos muy felices juntos, pero la felicidad solo alimenta el alma, no el cuerpo. Estuvimos ajustados de dinero durante algunos días, por lo que Teresa había decidido encontrar otro empleo. Después de dos días regresó corriendo de felicidad diciendo que había encontrado un trabajo como sirvienta de limpieza en una mansión no tan lejos de nuestro querido hogar. Solté la hoz de mis manos y corrí a recibirla, me contó que su nuevo trabajo era nocturno y que no nos veríamos tanto, nuestros estómagos estaban llenos y nuestros espíritus complacidos. La felicidad había vuelto a nuestra vida. Todo era amor entre nosotros. En nuestras conversaciones siempre hablábamos del futuro, de nuestros hijos y posibles nietos, todo lo demás no nos importaba, trabajábamos para forjar nuestro futuro juntos.

Un día noté que mi amada Teresa volvió en total silencio de su turno nocturno, ninguna palabra escapó de sus labios cuando se recostó a mi lado. Algo extraño había sucedido. Creí que sería algo que era temporal, ya que cuando le pregunté al respecto se limitó a decir que nada había ocurrido y durmió.
Pasaron los días y mi querida Teresa parecía haber perdido el brillo de sus ojos y la belleza de su sonrisa, pero no había nada que podía hacer por ella. Se negaba a hablarme al respecto, lo que alimentó mi duda. ¿Qué podría haberle pasado a mi hermosa Teresa? ¿Qué le podría haber robado su sonrisa? Por lo poco que nos veíamos por nuestros horarios de trabajo habían pocas oportunidades para hablar con ella, incluso pensé en renunciar, pero necesitábamos el dinero desesperadamente y ambos sabíamos eso.

Un día decidí no dormir para seguirla a escondidas a su lugar de trabajo para saber que sucedía. Escondido en la oscuridad, y con una larga capucha que cubría mi rostro, la seguí a través de los callejones de la ciudad y después hasta una lujosa mansión. La misma mansión que solía visitar con mi abuelo.
La vi entrar por la puerta de los sirvientes, pero no pude seguirla, una enorme mujer cerró la puerta con cerrojo después de que ella entrara, por lo que decidí entrar por la puerta principal. Caminé hacia el camino de los coches mientras un hombre vestido de soldado galopaba a toda velocidad por su lado en sobre un caballo marrón con lo que parecía ser una corona en su cabeza. Acto seguido otro soldado con armadura pasó a mi lado, tan cerca que me derribó, persiguiendo al primer jinete con una lanza, profiriendo maldiciones al aire. Cuando me puse pie ambos jinetes habían desaparecido junto con toda evidencia de su paso. Enojado por no poder darles un reto a los desconsiderados soldados caminé furiosamente a la entrada de la mansión. Estuve a punto de tocar la puerta cuando un anciano saliendo a través de ella me interrumpió. Me miró a los ojos con una sonrisa y me dijo mientras se alejaba:

Sombras en la Oscuridad¡Lee esta historia GRATIS!