3. El Abismo de los Sueños. Parte 2

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Duermeberto no se mueve. No se queja, no despega los labios, no se separa de mí. No hasta que yo mismo, tras haberme tranquilizado un tanto, me aparto de él.

—Deberíamos... continuar —logro decir entre hipidos, restregándome los ojos.

El príncipe sonríe, comprensivo.

—Claro.

Sin decir una palabra más y sin esperar siquiera a Duermeberto, echo a andar. Todavía siento unas inmensas ganas de llorar, pero, al menos, he podido desahogarme un tanto, aunque no deja de avergonzarme el que el Príncipe de los Almohadas me haya visto en esta situación. Por suerte, a estas alturas, he llegado a conocer lo bastante bien a Duermeberto como para saber que lo sucedido quedará como una especie de secreto entre los dos. Sólo entre él y yo.

Aunque, quizá, teniendo en cuenta que nos hallamos dentro de los sueños de Luigi...

Trago saliva, esforzándome por calmarme del todo. El pensar que mi hermano podría haber sido mudo testigo de lo que acaba de ocurrir no hace sino acrecentar mis ansias de hablar con él, de aclararlo todo, de disculparme. Aumenta mi culpa y mis remordimientos.

Y sé que la única forma de acallarlos es hablando con Luigi.

Cosa que, sin embargo, no será posible por el momento, puesto que Duermeberto y yo continuamos siendo los únicos que vagamos en este instante por el Abismo de los Sueños. Nosotros y las emociones de Luigi, que aún danzan a nuestro alrededor, emitiendo esos pensamientos, esos sentimientos, que amenazan con desbordar de nuevo mi culpabilidad.

Pero debo seguir, me repito una y otra vez. Debo seguir adelante, encontrar de una vez a Peach y salir del Abismo de los Sueños.

Para no regresar jamás.

Así pues, mientras avanzo, me esfuerzo por bloquear mis sentimientos. Los contendré, creando un muro a su alrededor que no permita que las emociones de Luigi lo penetren. No hasta que todo esto haya terminado.

No, hasta que tenga la oportunidad de hablar con Luigi.

Camino por el Abismo de los Sueños, saltando aquí y allá en busca del sendero que me conducirá hasta la princesa. Para mi sorpresa, descubro que no me resulta demasiado complicado el mantener mis emociones a raya, cosa que, probablemente, se deba a que rara vez permito que nadie pueda ver lo que siento en realidad. Por eso Luigi nunca ha querido hablarme de lo que me acabo de encontrar en el Abismo de los Sueños...

"¡Llévame contigo!"

La voz de mi hermano pequeño reverbera con mayor fuerza y, debido al sobresalto, me detengo en seco.

En esta ocasión, sin embargo, la petición llega acompañada de un destello de luz verdosa que, poco a poco, compone el rostro de Luigi. Sólo el rostro, sólo las facciones, con sus enormes ojos, llenos de preocupación, concentrando su atención en mí. Y yo apenas puedo creerme lo que estoy viendo.

—Mamma mía...

Junto al rostro aparece otro chispazo verdoso que, esta vez, forma la silueta de Luigi. Permanece justo delante de mí, flotando, y, a pesar de que carece de rasgos, habla:

"¡Hermano! ¿Dónde está Peach?"

"Eso quisiera yo saber", pienso, siendo incapaz, sin embargo, de articular palabra.

"¡Hermano mayor, por favor, llévame contigo!"

Esa voz ha procedido de mi espalda, por lo que me giro... sólo para toparme con otro resplandor verdoso que, a su vez, ha compuesto la silueta de mi hermano.

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