Capítulo 4 - Reunión familiar

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HEDA

Mientras se alejaba de la taberna a través de los pasillos en penumbra de las cuevas, Heda dudaba sobre cual iba a ser su destino. Jugueteó con la idea de volver al Templo con la excusa de informar a Jarren de que había cumplido con la petición de Radhir, y quedarse a dormir allí, lo que le permitiría retrasar la visita a su tío Himad al día siguiente, pero no podía negarse a sí misma que tenía ganas de volver a ver a la única familia que no tenía como pasatiempo favorito el tramar planes para asesinarla.

La decisión tomada, Heda dirigió sus pasos hacia los túneles que ascendían por el interior de la montaña hasta el punto más alto: el Palacio de la Montaña, donde vivía la familia del Rey. No era un verdadero palacio, pues estaba excavado en la roca, pero cumplía las mismas funciones que cualquier palacio del exterior.

Los guardias se cuadraron ante ella, lo que le causó un cosquilleo de incomodidad: nunca le había gustado recibir aquellas atenciones, ya que la colocaban en una situación en la que ella consideraba que no pertenecía. Una vez en el interior, apenas tuvo que esperar unos instantes para entrar en la sala de audiencias, donde su tío recibía a sus invitados.

Himad se levantó al verla entrar y sus ojos azules se iluminaron con una sonrisa. Heda sintió el impulso de correr hacia él para que la levantara en el aire con sus fuertes brazos como si fuera capaz de volar, como cuando era una niña, pero se contuvo. Se acercó a él con una sonrisa educada, y cuando llegó frente a él le hizo una pequeña reverencia.

- Me alegra verte de nuevo, tío.

- Y a mi, Heda, y a mi.

Tío y sobrina se fundieron en un abrazo y Heda creyó que no iba a ser capaz de contener las lágrimas, pero su tío se separó de ella a tiempo.- Cuéntame, ¿cómo van tus viajes?

- Bien. Hace unas semanas pasé por el poblado de la Dama Orrena y me dio un mensaje para tu esposa.

- ¿Te quedarás a cenar? - preguntó su tío - Sé que no te puedo pedir mucho, pero tu tía me matará si no te convenzo para que al menos pases la noche en casa.

- Por supuesto, tío.

- Bien. Entonces te dejaré descansar antes de la cena.

Aunque la despedida fue un poco precipitada, ya que a su tío aún le quedaban varias horas de audiencias. , Heda comprendió que su tío era un hombre ocupado y no podía ofrecerle demasiados favoritismos a alguien que, si bien era de su familia, todo el mundo sabía que había sido proscrita por los Dioses. 

Heda decidió que era el momento de ir a visitar a su tía Nura. Nura había sido una madre para ella y Heda le agradeció siempre que la tratara exactamente igual que a cualquiera de sus hijos. Aunque debía cumplir las obligaciones de una Reina, Nura siempre se negó a que sus hijos fueran criados por nodrizas y niñeras y se ocupó ella misma de muchos aspectos de su educación.

Incluso cuando fue entregada al templo y dejó de vivir en el palacio, Heda acudía a su tía cuando creía que nadie más iba a poder comprender lo que le pasaba y aunque Nura no siempre tenía la solución al problema, a menudo el simple hecho de hablar con ella y sentirse escuchada borraba las preocupaciones de su mente.

Cuando llegó frente a la puerta de los aposentos de su tía, se detuvo. Tras la gruesa puerta de madera se podían oír gritos. Una de las voces era sin duda la de su tía Nura, pero Heda no consiguió identificar la otra. Por lo poco que pudo entender a través de la puerta, se trataba de una discusión bastante airada.

Las voces se acercaron a la puerta sin dejar de gritar. Heda se alejó unos pasos: no quería que se notara que había estado intentando escuchar. Hubo un instante de silencio antes de que la puerta se abriera de golpe, revelando a Nura y un joven que Heda tardó en reconocer como su primo menor, Nahran.

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