Tercero: Atrapada.

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El aire estaba fresco, ni muy caliente ni muy frío, y el ruido de hojas caídas siendo movidas por el viento la ayudaba a relajarse. Últimamente le daba muchas vueltas a si llamar a Andrew o no.

La soledad ya comenzaba a pesarle, le dolía el pecho de solo ver la cama vacía de su nueva habitación noche tras noche, y el silencio que reinaba en lo que ahora debía llamar hogar era aplastante.

Sin embargo, una parte de su corazón le pedía que aún no lo hiciera, que su magia aún estaba activada alrededor de quien le había robado el corazón un año atrás. Quería creerle, hacerse la fuerte, pero su voluntad comenzaba a resquebrajarse.

Incluso los huesos comenzaban a agrietársele... Soltó un suspiro cansado mientras caminaba, tratando de no pensar en el tema de nuevo, aunque se le hiciera tan difícil como aguantar la respiración bajo el agua.

Tenía la cabeza vuelta un desastre desde el primero, pero, definitivamente, cada día estaba peor, y no era para menos. Las cosas solo podían empeorar con algo que evitaba no pensar bajo ningún concepto. Tenía que buscar la manera de esconderse por nueve meses, al menos, y luego vería qué hacer.

La idea de dar el fruto de su amor la comenzaba a acosar por las noches. Podría tener una vida tranquila, estable, aunque se arriesgaría a que cuando la sangre de los guardianes despertara, la pobre criatura no supiera nada al respecto.

Terminaría en un psiquiátrico, seguramente, como muchos guardianes que había rescatado. Sus padres los habían abandonado desde que dieron su primer respiro sin pensar en esas consecuencias.

Hacerlo era casi un acto de traición. Se dejaba en evidencia fácilmente que algo no estaba bien con cierto grupo de personas, además del tema de los numerosos testigos. Si borrar la memoria de una o dos personas era difícil, hacerlo mismo con toda una población era casi imposible, incluso para un grupo experto como el de Amelia.

Dejó de lado todo ese sin sentido de pensamientos y volvió a la realidad, despertando de golpe. Con este, ya serían tres semanas que Amelia estaba fuera de Wyoming.

La ciudad de Houghton, en el estado de Michigan, era un lugar que no se había dedicado aún a explorar, aunque ya comenzaba a extrañar Newcastle, más por sus recuerdos que por cualquier otra cosa.

Estaba en un departamento alquilado bajo el nombre de Emma Hill, una mujer cerrada, pelirroja en vez de rubia, callada, que apenas si hablaba con alguno que otro vecino y que se ganaba el pan trabajando como escritora.

Como Muriel Murray, no daba muchas pistas sobre su identidad a su editor y se negaba rotundamente a dar firmas, conferencias o cualquier otro evento que involucrara su cara o dirección de residencia.

Cuando mucho, enviaba ejemplares firmados con una doble "M", ligeramente decorada por la oficina de correos. Algunos billetes extras era todo lo que necesitaba el encargado de esta para dar una dirección falsa.

Por otro lado, y aprovechando tanto tiempo libre, escribía para revistas de cualquier tema que medio dominara: historia, cultura, música, libros,... también como Muriel, de las cuales aceptaba pagos por internet y sin dar ninguna información personal.

No vivía como una reina, pues el lugar apenas tenía un cuarto, un comedor con cocina y un baño, todo con algunos muebles rematados y varias fugas de agua que causaban manchas de humedad en las paredes, pero podía comer tres veces al día, tenía para la ropa, y haciendo algunos trabajos extras logró pagar su primera consulta médica.

La parte difícil era cuando terminaba temprano el trabajo, el día aún no acababa, y los recuerdos venían a ella. El frío, la soledad, el silencio. Esa tríada mortal comenzaba a hacerle compañía todos los días.

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