Cap 16

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SANDRA

Blas era un chico estupendo. Era muy cariñoso y gracioso, amable y además muy atractivo. Habíamos quedado aquella tarde para ir a dar una vuelta por las calles. Raquel y Carla, que no tenían planes, me ayudaron a prepararme. Raquel me dejó algo de ropa mientras Cara se encargaba del pelo. Al principio no me parecía buena idea, pero cuando me miré al espejo no me arrepentí en absoluto de haberme dejado convencer.

-Estás guapísima.

-Tampoco es tan importante. No es una cita.

Ambas se miraron entre sí y sintieron.

-Al final de la noche querrás que lo sea y agradecerás a los chicos por haberle traído a la discoteca.

-¿Los chicos le conocen?

-Sí, es amigo de Carlos. Tenían el mismo trabajo.

El timbre sonó y las tres fuimos a abrir ansiosas, ellas más que yo. Se colocaron detrás de la puerta mientras yo la abría y miraba de arriba a abajo a Blas. Llevaba unos vaqueros grises con una camiseta blanca y una cazadora roja oscura.

-Estás... Muy bien.

-Lo mismo digo.-cerré la puerta tras de mí y antes de cerrar completamente les dije en un susurro.-No me espereis despiertas, no voy a responder a preguntas.

Salimos por la puerta y me abrió la puerta del copiloto de su coche mientras me metía en él. El coche tenía unos asientos de cuero bastante mullidos. El equipo de música era bastante avanzado, aunque el coche también era muy "moderno". Tras unos quince minutos llegamos a un pequeño restaurante que por fuera parecía un tanto ruinoso, pero al entrar era muy elegante y costoso. La decoración era muy simple, pero los materiales se veían a la vista que eran bastante buenos. Nada más entrar había unas cortinas que ocultaban el interior y que por esta temporada, ocultaban el pequeño local del frío. Había el mismo tipo de cortinas rojas en un tono oscuro por todo el local, colocadas en las ventanas. Las paredes estaban pintandas en el mismo tono, un poco más alegre quizás. Las mesas tenían manteles blancos que caían al suelo, al igual que las sillas. Los camareros y los metres llevaban una bandeja metálica en la mano y un uniforme de pantalones negros largos, a juego con la camiseta roja debajo de un jersey(en el mismo tono que las paredes) y una pajarita que llevaban todos. Había un pequeño escenario en el que había un micrófono, al lado de un taburete cerca de un piano negro que relucía y algunos instrumentos más. El metre nos llevó hasta una mesa central, desde la que se veía el escenario.

-¿Te gusta?-me preguntó

-Sí, es perfecta.

Las luces se apagaron y mientras uno de los camareros anotaba el pedido, al escenario salían algunos niños de entre 8 y 20 años que se iban colocando al lado de algunos instrumentos. Empezó el niño en el piano y a continuación se fueron acoplando a la perfección los demás instrumentos a los que enseguida se les unió la voz de una niña de unos 10 años cuya voz era dulce y tranquila.

Nos trajeron la comida y los niños terminaron de tocar. Salieron del escenario. Comimos y pagamos.

Miré mi reloj, todavía eran las diez.

-¿A dónde quieres ir?

-Me da igual.

-Hay una plaza cerca. Te gustará.-sonrió.

Me cogió de la mano y tiró de mí para empezar a correr hasta la supuesta plaza que me comentó. Después de correr por algunas calles llegamos a la plaza, estaba perfectamente iluminada por las típicas luces de los árboles de navidad. Había una fuente en medio de la plaza con una estatua en ella cuya figura era un soldado a caballo rodeado de lobos aullando a la luz de la luna, que curiosamente, aquella noche era luna llena.

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