Capitulo 12

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Cuando por fin me suelta agarra mi brazo y lo dobla detrás de mi espalda, inmovilizándome. Me empuja para que camine, y como me niego, lo tuerce aún más, provocándome tanto dolor que consigue que haga lo que quiere, con tal de que no siga doblándomelo. Nadie se percata de lo que ocurre, la música está tan alta que, aunque grito, nadie me oye.

Me saca casi a rastras a la calle. No hay nadie fuera que pueda ayudarme, están todos dentro disfrutando del concierto. Va dándome patadas en las piernas para que camine más deprisa. En una de ellas, caigo de rodillas. Otra patada llega, esta vez en mi espalda, tira fuertemente de mi brazo y me levanta. Lágrimas de dolor se apoderan de mis ojos, pero a él parece darle igual, está fuera de control. En el estado en el que se encuentra sé que no le importa nada, y menos mi vida. Ahora sí que estoy en problemas.

Cuando creo que ya no hay nada que hacer y que esta noche será mi fin, un coche viene a toda velocidad y de un frenazo nos corta el paso. Mario tiene que apartarse rápidamente para que el espejo retrovisor no le golpee.

Oigo como la puerta del conductor se abre, pero en la posición en la que estoy no veo absolutamente nada. Siento cómo Mario se tensa detrás de mí. Segundos después, otro coche viene casi derrapando y frena bruscamente al lado del primero. Alguien viene corriendo hasta nosotros.

—¡Suéltala o lo lamentarás! —no puedo creerlo, es la voz de César

Trato de levantar la cabeza y compruebo que efectivamente es él. El alivio corre por todo mi cuerpo. Jamás pensé que me alegraría tanto de verle. A su derecha aparece Alex, ambos se acercan rápido. Mario me empuja bruscamente y vuelvo a caer al suelo. Estoy tan conmocionada por la situación que no me muevo de donde estoy. Las manos de Alex rodean mi cuerpo y tira de mí para ayudarme a ponerme en pie.

—Natalia, ¿estás bien? —me pregunta mientras analiza mi cuerpo en busca de una rápida respuesta. Solo asiento con la cabeza y observo la escena que está a punto de suceder.

César se abalanza sobre Mario. Los dos caen al suelo, pero es César quien cae sobre él. Un golpe detrás de otro impactan sobre la cara de Mario. No le da opción a defenderse, su espalda está totalmente tensa y la rabia que emana de su cuerpo está descargándola sobre Mario. Tiene que ser Alex quien, dejándome por un momento, vaya a separarlos.

—Vamos, César, para o lo matarás —trata de arrastrarlo por los hombros, pero César de un fuerte movimiento, consigue liberarse de los brazos de Alex, y vuelve a la carga. Uno, dos, tres... sigue asentando golpes sobre la cara de Mario mientras éste, trata de esconderse detrás de sus brazos

—¿Qué se siente, hijo de puta? —le grita mientras sigue lanzando ganchos sobre él—. ¿Te gusta esto, gran hombre? —Mario no contesta, está demasiado ocupado cubriéndose el rostro.

—¡Para! —Alex vuelve a intentarlo, y esta vez tiene éxito. Consigue meter sus brazos debajo de los de César y tira con fuerza de él.

—¡Suéltame! —grita César histérico. Me asusta verlo así, casi puedo oler la adrenalina que segrega su cuerpo. Alex lo arrastra por las axilas, mientras que César patalea intentado soltarse de su amarre—. Suéltame, Alex, tengo que acabar con este cabrón —dice, retorciéndose para escapar.

—No permitiré que tengas problemas con la justicia por este indeseable —le dice Alex forcejeando.

César vuelve a intentar dar otro tirón, pero no consigue soltarse. Mario aprovecha para ponerse en pie con bastante dificultad y nos mira con odio. Tiene la cara destrozada y el labio partido.

—¡Habéis cavado vuestra propia tumba! —nos dice mientras se limpia con los dedos la sangre que corre por su ceja—. Y tú, putita —me señala—, no vas a tener tanta suerte la próxima vez —César vuelve a intentar escaparse, pero Alex lo tiene bien inmovilizado.

A medida que Mario se aleja Alex afloja su abrazo y poco a poco lo libera.

—¿Te ha hecho daño? —César me pregunta mientras se acerca a mí con preocupación.

—No demasiado... —le miento por miedo a que vuelva a por él. Seco mis lágrimas y trato de forzar una sonrisa de "todo está bien". Pasa sus brazos por mi cuello y me abraza.

—Venga, ya ha pasado todo —me susurra mientras acaricia mi pelo tiernamente.

Definitivamente, volvería a pasar por lo mismo, solo por estar de nuevo entre sus brazos. Últimamente se ha convertido en mi lugar favorito del mundo.

—¡Naaaaaaaaaata! ¡Nataaaaaa! —la voz chillona de Laura me hace volver al planeta Tierra—. ¡Nata, por el amor de Dios! ¿Dónde estabas? ¡Alguien dijo que había pelea, y tú no estabas dentro! —está bastante nerviosa—. ¡Me asusté!

La explico brevemente lo que ha ocurrido y, después de maldecir varias veces, finalmente se relaja. Cuando todo parece estar más tranquilo decidimos que es el momento de volver a casa. Alex se ofrece para acompañar a Laura hasta el coche y César y yo volvemos juntos al hotel.

Durante todo el trayecto vamos en silencio, me gustaría preguntarle cómo sabía dónde estaba, pero no es el momento. Apoyo mi cabeza en la ventanilla y veo las luces pasar rápidamente. No puedo evitar pensar en qué hubiera pasado si el que se ha convertido en mi ángel en las últimas semanas no hubiera llegado a tiempo. Básicamente, ahora mismo no estaría en este mundo. Me ha salvado la vida. El coche finalmente se detiene al llegar a nuestro destino.

Le busco con una mirada llena de gratitud, y él me encuentra primero. Tiene sus preciosos ojos azul cielo clavados en mí. Una grata sensación me recorre de los pies a la cabeza, y lo único que hago es sonreírle tiernamente, a lo que él me devuelve la sonrisa.

Pone su mano sobre la mía y su calor atraviesa mi piel. Miles de mariposas revolotean en mi estómago. Su otra mano llega hasta mi mejilla y con el pulgar acaricia mi pómulo. Cierro los ojos para disfrutar más de su tacto y noto cómo sus labios se posan en mi frente, dejando un suave beso en ella. Levanto la mirada y ahí está él, el hombre más maravilloso que he conocido nunca. Nuestras respiraciones son profundas, tengo el corazón en la garganta y la sangre me quema.

Desliza lentamente la mano que tiene en mi mejilla y la lleva hasta mi nuca, sus dedos están ahora en el nacimiento de mi cabello. Pequeñas corrientes eléctricas se apoderan de mi cuerpo, y me inmovilizan. Tira ligeramente de mí para acercarme, estamos tan juntos que nuestros alientos se mezclan. Sus labios tocan los míos, solo un sutil roce, pero hace que todo mi vello se erice. No me aparto.

Nos miramos durante unas décimas, jadeantes, y sé quesiente lo mismo que yo. Imposible detenerse ya. Nuestras bocas se buscan, seunen y me olvido del mundo. Nos dejamos llevar, nuestros labios se saborean ynuestras lenguas se acarician al compás. Sus manos me abrazan como si tuvieramiedo de que pudiera escapar, pero él no sabe que, desde este momento, es elúnico lugar en el que quiero estar.

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