El despertador

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Tu despertador.

Cuando tu despertador sonaba antes que el mío, sentía cómo me observabas dormir unos minutos, antes de darme un beso suave en la comisura de los labios y levantarte sigilosamente para recorrer la habitación en busca de alguna de mis camisetas (esas que te quedaban enormes y que tanto te gustaba ponerte) sin hacer ningún ruido, como si flotaras en lugar de caminar. Yo siempre me desplazaba un poco en la cama, buscando el calor que acababas de dejar a mi lado, y te miraba por el rabillo del ojo mientras te dirigías hacia la puerta. Luego fingía estar dormido cuando me observabas unos segundos antes de cerrar la puerta de la habitación.

Permanecía así, en un estado casi onírico, sin querer despertar del todo, sin querer abandonar esa sensación... pero a los pocos minutos empezaba a colarse en el cuarto el olor a café y tostadas, y yo ya no tenía más remedio que levantarme. Me dirigía a la cocina y ahí estabas, untando mantequilla en las tostadas. Siempre dabas un pequeño respingo cuando aparecía por la puerta, con mi pelo revuelto y mi bata azul con el escudo de Superman en la espalda, esa que decías que era idéntica a la que tenía tu hermano pequeño a los siete años. Te daba un beso y echaba los cafés en nuestras tazas, el tuyo solo y sin azúcar, el mío con mucha leche y mucho azúcar.

Habíamos creado esta rutina en muy poco tiempo, pero era una rutina en la que me sentía tan a gusto que la hubiera repetido cada uno de los días que pasara contigo. Pero ahí estaba la vida, como siempre, acechando, esperando para darnos un tremendo bofetón y sacarnos de nuestra comodidad. Como quien te saca de la calidez de la cama una fría mañana de domingo.

The Smiths.

Cinco años de vivencias no son fáciles de meter en cajas; acabo de llenar otra, y todavía quedan decenas de cosas por recoger. Tú me observas desde la cama sin decir nada. Llevas la misma ropa que llevabas la última vez que te vi: un vestido azul, unos leotardos negros y unas botas grises de tacón. Estás preciosa, Lea.

No dejas de sonreír mientras me observas ir de un lado a otro. Pero no sonríes físicamente, es decir, no tienes un gesto en la boca. Me sonríes con la mirada. Es algo que aprendí de ti al poco tiempo de conocerte. Siempre has sido una chica muy seria, no sonreías al dar los buenos días, ni cuando alguien hacía una broma o contaba un chiste malo, ni cuando te daban una buena noticia. Tus sonrisas eran mucho más caras, eran como un secreto celosamente guardado, y tal vez eso es lo que más me gustó de ti la primera vez que te vi, el misterio que se ocultaba en tus labios.

En mi juventud idílica y romántica yo solía pensar que existían dos tipos de personas en el mundo: aquellas que hacen sonreír y aquellas a las que hay que hacer sonreír. Y que el amor no era más que el encuentro de una persona que necesita sonreír y la persona que sabe cómo conseguirlo. "Una chica seria para hacerla reír" contestaba cuando me preguntaban qué buscaba en mi pareja. Supe enseguida que esa chica eras tú.

Pensaba que me resultaría más fácil dejar esta casa para siempre, pero cada uno de los objetos que recojo pesa en mis manos, cargado de recuerdos. El CD de The Smiths que me regalaste cuando cumplí veintitrés años, al poco tiempo de conocernos; el libro de Susanna Tamaro que te regalé un día de Reyes y que no te gustó demasiado, los calzoncillos rojos que llevé en nuestra última Nochevieja juntos, el despertador al que curiosamente he cogido tanto cariño, la foto ampliada que colgaba sobre el cabecero de nuestra cama en la que aparecemos riendo, felices y eternos en una calle de París...

¿Recuerdas cuando nos conocimos, Lea? Fue en la terraza de un bar de playa: sonaba There is a light that never goes out y tú eras la única persona seria en un lugar lleno de ingleses, alemanes, italianos y españoles con alguna cerveza de más. Yo no podía dejar de mirarte, desde que te vi sentarte unas mesas más allá. Cuando comenzaste a sentirte molesta, decidí acercarme a ti. "Hola... me llamo Diego. Siento si te he molestado, pero es que te pareces muchísimo a una antigua amiga mía que conocí cuando estuve viviendo en Tours como Erasmus". Obviamente no eras ella, pero empezaste a interesarte por mí porque tú también habías estudiado en Francia, en Lyon exactamente. Hablamos durante un rato de cosas vanas que todavía recuerdo, y me fui de allí con dos cosas: tu teléfono y un "me alegro de que me hayas confundido con tu amiga".

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