El Cinismo de la Muerte

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El sonido del despertador me hizo abrir los ojos. Eran las siete en punto.

De un manotazo tumbé el ruidoso artefacto y me di la vuelta para seguir durmiendo. Ese día no quería salir de mi cama. Por una extraña razón, algo dentro de mí me pedía a gritos permanecer en los brazos de Morfeo.

Me removí entre las sabanas al darme cuenta que mis intentos por continuar dormida eran en vano, se me había ido el sueño.

De mala gana salí de mi cama y me encaminé hacia el baño. Una vez allí, procedí a cepillarme los dientes y lavar mi rostro con abundante agua fría.

Bajé las estrechas escaleras de mi casa y me dirigí hacia la cocina. El silencio era sepulcral.

¿Dónde carajos estaban todos?

Miré en todas direcciones, buscando a mi madre. Nada, ni rastro de ella. Caminé hacia el estudio de mi padre y percibí que él tampoco estaba, incluso ni la fastidiosa sabandija que llevaba por nombre Robert y era mi hermanito menor, estaba. Me pareció muy raro, en vista de que él normalmente dormía hasta las once de la mañana pues durante las noches y madrugadas se dedicaba a jugar en línea con sus demás amigos raritos.

La cocina estaba hecha un desastre, señal de que nadie la había usado desde el día anterior. Continué explorando la casa en busca de algo que me indicara el paradero de mi familia, pero no obtuve mayor cosa. Lo más extraño del asunto era que la cartera de mi madre estaba en la mesa al lado de la puerta principal. Al revisarla me di cuenta de que estaba el dinero completo, además de sus papeles de identificación. Definitivamente no estaría muy lejos. Lo mismo me sucedió al revisar el escritorio del estudio de mi padre. Su billetera estaba allí, intacta, al igual que su DNI.

Entré a la habitación de mi hermano y vi su móvil tirado en el suelo. Me agaché para recogerlo y fruncí el ceño al ver que tenía la batería completa, así que la posibilidad de que lo hubiese dejado por que estaba descargado, había sido descartada. ¿Qué diablos estaba sucediendo?

Abrí la puerta que dirigía hacia la calle. Para mi mayor asombro, el lugar estaba desierto. Ni carros de gente transitando camino a sus trabajos, ni personas caminando por las aceras. Sólo el sonido del viento se hacía escuchar.

Era lo más extraño que había visto en mi vida. No había señal alguna de vida por ningún lado.

Entré nuevamente a mi casa y busqué mi móvil para intentar llamar a mis padres. Sin embargo, no obtuve tono. La línea estaba muerta.

¿Qué rayo estaba sucediendo?

Me cambié el pijama por un pantalón negro ajustado y una camiseta de tirantes blanca, más mis botas Merrell de color azul con negro, seguidamente tomé mi chaqueta y alisté mi morral. Debía ir a trabajar y el trabajo de rescatista en invierno era más arduo. La temporada de vacacionista crecía notablemente en Toronto durante esos días y con ello el número de emergencias.

Rápidamente salí de casa con la convicción de tomar el bus. Caminé varias cuadras hasta llegar a la parada, no obstante seguía estando sola en medio de la calle. Las tiendas estaban cerradas. Los vehículos estaban estacionados en el medio de las calles, pero sin sus propietarios. La cosa ya comenzaba a preocuparme. Dos cuadras sin ver a nadie, era normal durante el invierno, pero... ¿Siete manzanas sin siquiera ver señales de vida? Era algo bastante escalofriante.

Nuevamente la pregunta se formuló en mi cabeza: ¿Qué rayos estaba sucediendo?

Continué caminando hasta llegar a mi estación. Debía reportarme a las ocho.

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