El precio de la vida

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Desde el castillo de la reina salía un camino de piedra blanca que atravesaba toda la ciudad por el medio y seguía más allá; serpenteando entre los pequeños pueblos ubicados a las afueras y subiendo por las montañas para, finalmente, llegar a su destino: el templo de la luna.

Era un lugar alejado del resto del mundo, con una perfecta vista hacia el atardecer, y donde el aire se hacía más ligero y la vista más clara. El templo estaba compuesto por dos sencillos edificios interconectados, que servían de residencia para los sacerdotes y sacerdotisas.

Pero nada de eso le importaba a Evzen. Llegó al templo justo al amanecer, tenía los ojos llorosos y temblaba de rabia e impotencia.

Bajó de su carruaje como un tornado, perturbando la calma del lugar.

Tras él, dos de sus sirvientes salieron cargando a una mujer pálida y con los ojos cerrados.

Evzen abrió las puertas del templo con violencia y comenzó a caminar directamente hacia las escaleras, sin preocuparse por nada más.

—Señor, ¿puedo ayudarlo en algo? —una sacerdotisa se cruzó en su camino, él le dio una mirada rápida: tenía una túnica azul, de poco le serviría.

—No —dijo cortante, mientras continuaba con su camino.

Cuando llegó a las escaleras, otra sacerdotisa, esta de túnica blanca, se paró frente a el cortándole el paso.

—Arriba están los dormitorios, no puede pasar.

—Vengo a hablar con la enviada de la Diosa —dijo él con impaciencia, sus sirvientes y la mujer que cargaban se pararon tras de él.

—Pues lo siento —repuso la sacerdotisa, sin moverse ni un poco—. Está amaneciendo, y como usted bien debe saber, a esta hora nosotras dormimos.

Evzen apretó los puños, en un esfuerzo por no apartarla de un empujón y correr escaleras arriba.

—¿Sabes quién soy? —preguntó entre dientes. La sacerdotisa negó rápidamente con la cabeza, tampoco le importaba mucho—. Mi nombre es Evzen. Soy el sobrino de la Reina, y ella —hizo un gesto hacia la mujer en brazos de sus sirvientes— es mi hermana Elisha, heredera al trono.

El rostro de la sacerdotisa cambió completamente.

—Acompáñeme.

Comenzó a subir rápidamente por las escaleras, con el hombre y sus sirvientes pisándole los talones.

Sin ninguna duda, golpeo tres veces una de las puertas y luego la abrió. Dentro se encontraba Plata, la sacerdotisa mayor, vestida únicamente con un camisón y lista para dormir.

—La princesa Elisha esta grave, necesitamos tratarla inmediatamente —informó la sacerdotisa, antes de que pudieran reprenderla por irrumpir de esa manera.

—Llévala a la biblioteca —ordenó Plata, haciéndose cargo de la situación con rapidez.

Ella obedeció.

La biblioteca era una habitación de doble altura ubicada en el centro del templo. Las paredes estaban forradas con libros, cuadros y múltiples objetos históricos y el techo se componía únicamente de cristales que dejaban pasar la luz del sol.

Al centro de la habitación, dibujada en el suelo con piedra blanca, había una estrella de seis puntas rodeada por un círculo. Sabiendo lo que había que hacer, la sacerdotisa ordeno que pusieran a la mujer en el centro de la estrella y procedió a mojarla con un aceite que debía abrir su aura y facilitar el proceso de curación.

Unos instantes después, la puerta de la biblioteca se abrió de nuevo, dando paso a la sacerdotisa mayor y a una chica de unos dieciocho años, con una túnica negra mal acomodada, ojeras bajo los ojos y el cabello hecho un desastre.

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