Capítulo 3 - El Ritual

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HEDA

Para su sorpresa, el guardia de la puerta la reconoció y la dejó pasar sin hacerle ninguna pregunta ni intentar descubrir qué era lo que la traía de vuelta a las Cuevas. Sus ojos, ya acostumbrados a la luz del exterior, tardaron un poco en ajustarse a la leve iluminación de las antorchas que la tribu había colocado a intervalos regulares en el túnel de entrada. Heda se lo tomó con calma: en los niveles inferiores, los que llevaban a las minas, la iluminación era menor, y aunque unos años atrás aquello no había resultado un problema para ella, ahora necesitaba algo de tiempo para asegurarse de que no iba a tropezar o tomar el camino equivocado.

Heda recordó que la primera vez que salió de la montaña para marcharse, en aquel momento creyó que para siempre, el mundo le pareció la cosa más brillante que había visto. El estallido de luz y de colores que descubrió en el exterior fue lo que le ayudó a no volverse loca y poder dejar atrás todo lo que había vivido en las Cuevas.

No había avanzado más que unos metros por el interior del pasadizo principal cuando los olores de su infancia la golpearon con una fuerza casi física. La humedad que se filtraba por las paredes de piedra, la carne asada de los niveles inferiores, el humo de las antorchas. Heda no creía que fuera capaz de desligar jamás las Cuevas de esos olores.

Llegó al Templo casi sin darse cuenta, como si sus piernas tuvieran memoria del camino y la hubieran llevado allí por voluntad propia. El Templo, como todo en el complejo de túneles, estaba excavado en la roca y a diferencia de los templos de otros Dioses, no tenía más adornos que los pintados o tallados sobre la propia piedra. Aquello era lo suficiente y adecuado para Radhir, el Dios de la Montaña.

El interior del templo estaba desierto. Heda se paseó por la amplia sala de piedra, descubriendo que poco o nada había cambiado en aquel lugar. El templo estaba más iluminado que las zonas de paso, para que los fieles pudieran contemplar los murales pintados sobre la piedra. Aquellas escenas tenían siglos de antigüedad, y mostraban a Radhir y alguno de sus hijos llevando a cabo grandes gestas.

Al oír los pasos de Heda resonando en el interior del templo, un joven sacerdote salió de sus estancias privadas, con tanta prisa que a punto estuvo de pisarse la túnica y caer al suelo.

- ¡Ya he dicho que no se tocará música en el templo! – exclamó el sacerdote. Cuando vio a Heda de pie en medio de la gran sala del templo, su rostro enrojeció violentamente – Creía que era uno de los familiares de la boda de mañana. No dejan de presionarme para que les permita traer tambores para honrar al novio y asegurarle un gran futuro como guerrero.

- Algunas costumbres nunca cambian.

El sacerdote se acercó a Heda, algo más tranquilo. Debía ser un par de años menor que Heda, y sin duda había sido demasiado mayor cuando pasó a ser alumno del Oráculo para aprender todo lo que se requería de él. Con solo mirarle a los ojos Heda comprendió que aquel joven jamás pasaría de ser Sacerdote de Radhir, y que nunca se convertiría en Oráculo del Dios como su predecesor.

- ¿Qué os trae al templo? No os conozco... ¿sois de alguna tribu vecina?

- No. Nací aquí.

El sacerdote la miró con curiosidad. Ella le devolvió la mirada.

- Soy la sobrina del Rey. – dijo Heda finalmente, suponiendo que si no rompía el silencio el sacerdote podría pasarse horas sin descubrir quien era. Ahora comprendía la desesperación de Radhir: el joven parecía poco apropiado para el cargo que había heredado prematuramente.

El rostro del sacerdote volvió a ponerse de un color rojo tan brillante que Heda pensó que si seguía así, su corazón no lo soportaría y moriría demasiado joven. El sacerdote se arrodilló ante ella, inclinando la cabeza hasta casi tocar el suelo mientras murmuraba un puñado de disculpas atropelladas.

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