Capítulo 33.

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—Es una corta lista —susurré una vez que pude salir del transe.

¿Cómo podía decir ese tipo de cosas con tanta naturalidad?

—Bueno, pensé que con eso bastaría.

Se encogió de hombros, dejando caer sus manos a los costados, apoyándolas en la cama. Me sostuve de su cuello para no perder el equilibrio. Él sonrió mientras se recostaba y pasaba sus manos por mi cintura para tumbarme con él.

—También pensé que te había dejado en claro ayer que no me interesaba estar con nadie más.

Abrió sus piernas para que pueda acomodarme entre ellas, presioné mis manos sobre su pecho para poder verlo.

—Wow, súper estrella. Mira en lo que te convertiste.

Envolvió sus manos en la parte baja de mi cadera. Cerró sus ojos y llevó su cabeza para atrás. Se había sonrojado. Sonreí, aprovechando que no podía verme. Nos miré en el espejo frente a la cama. Me vi entre sus piernas mientras él me tomaba firmemente. Dejé un beso en el medio de su cuello. Su piel quemaba, cómo siempre.

—No hagas eso —advirtió.

Se arrastró por la cama, aún conmigo entre sus brazos, y llegó hasta la cabecera. Se recostó sobre ella. Seguíamos en la misma posición pero él ahora estaba más sentado, y podíamos vernos mejor.

— ¿Cuánto te regañaron?

Ayer había abandonado todas sus obligaciones al medio día, y había permanecido en el departamento hasta un poco después de la cena.

—Podría haber sido peor —se limitó a decir, arqueando una ceja.

Fijó su mirada en el frente.

— ¿Qué pasa?

Su cara se había tensado apenas había preguntado, ¿por qué se ponía de esa forma siempre que hablaba del trabajo?

—Voy a... —titubeó y su voz se quebró—. Voy a confirmarlo.

¿Nuestra relación? ¿Ante los medios?

—No me queda otra opción –se excusó antes de que pueda decir algo.

Pero no iba a decir nada, ¿qué podría acotar? Él se había puesto excesivamente mal días atrás cuándo me contó que Paul le había pedido esto. Después de tantas llegadas tarde e incluso interrumpir sus obligaciones para pasar tiempo conmigo, no me extrañaba en lo más mínimo que no tenga opción ahora. Ni voz, ni voto. Él sólo debía obedecer.

Y, después de todo, yo era parte de su trabajo. Yo era un contrato. Y él debía seguir órdenes.

—Está bien —me limité a decir y baje la mirada para que no notara mi incomodidad.

Ajustó su agarre en mi cintura con un solo brazo: me envolvió de lado a lado cómo si su brazo fuera elástico. Dirigió su otra mano hasta mi nuca y me obligó a mirarlo.

—Quiero que vengas conmigo.

¿Qué?

— ¿A dónde?

No tenía ganas de ir a ningún lado ahora, para ser franca.

Observé su rostro, aún seguía con la vista fija en algo detrás de mí, ¿qué diablos le pasaba?

—Mañana, a la radio. Quiero que me acompañes.

Oh, no. Por favor, no. No quería estar ahí presente cuando le cuente al mundo sobre nuestro noviazgo. No quería tener que soportar todas las miradas sobre mí.

—Podemos hablar sobre eso después —dije, intentando no arruinar por completo el momento.

Era un claro no.

—De acuerdo. Ahora podemos hablar de la bonita vista que tengo en estos momentos —largó mirando hacia adelante.

El espejo.
Giré la cabeza miedosa. Había olvidado por completo mi atuendo. La vieja remera se levantaba en mis curvas y él estaba observándome, prácticamente, en ropa interior.

—Vas a volverme loco, mujer —exclamó sin muchas vueltas—. Cuándo pienses que me interesa estar con otra, enserio, sólo mirate al espejo.

Su tono me hizo reír. Lo odiaba, siempre se salía con la suya.

— ¿Cómo estuvo tu mañana? —preguntó.

Hablar de muchos temas a la vez era su especialidad.

—No tan interesante como la tuya —respondí sarcástica.

—Te aseguro que el momento más interesante de mi día está ocurriendo en este preciso momento —comentó, llevando nuevamente su vista hacía el espejo.

–Basta —le pedí, no quería sonrojarme ante él una vez más.

Lo miré. No me había dado cuenta de las ganas que tenía de besarlo. No había tenido tiempo para detenerme a mirarlo, estaba ocupada escuchando cómo hablaba maravillas de su ex novia.

—Estoy seguro de que sos la presidenta de algún fans club —dijo serio.

Reí. Siempre lo miraba cómo una adolescente enamorada de su ídolo.

—Cúmpleme el sueño —pedí bromeando.

Bajó un poco más sus manos, corrió la remera y apretó mis muslos.

–Créeme, te vas a arrepentir de haberme pedido eso.

Y antes de que pudiera reír, capturó mis labios con desesperación. Su lengua llenó mi boca. Largué un gemido apenas se separó. Sus ojos se inundaron de deseo.

Bajó aún más sus manos para llegar a la parte baja de mis piernas y, de un ágil movimiento, hacer que queden una a cada lado de las suyas. Ahora estaba completamente sobre él, sintiendo cada parte suya, confirmando que sí: estaba lleno de deseo.

Aproveché que había dejado de torturar mis labios para besar su mandíbula, e ir bajando con mi boca por todo su cuello, hasta llegar a su clavícula.

Sentí cómo se tensaba debajo de mí. Sonreí victoriosa cuando lo escuché gimotear.

Bajé con mis manos por su torso. Necesitaba sentir su piel. Llegué hasta el borde de su remera y la quité lentamente. Voló por los aires.

Él me imito. Con la desventaja qué, cuando quitó rápidamente la mía, quedé sólo en bombacha.

Miró mi cuerpo por algunos segundos, antes de pegar sus labios en mi pecho. El tacto de sus dedos sobre mi piel me hacía estremecer.

Me acomodé aún más sobre él, moviéndome sólo un poco. Gruño sobre mi cuello. Repetí el movimiento mientras él se sentaba, dejando de lado el respaldo de la cama. Enredé mis brazos alrededor de su cuello para mantenerlo cerca de mí.

Moví mis caderas una vez más. Julián me tomó con fuerza por ambos lados y se separó para mirarme.

—Deja de hacer eso o todo va a acabarse muy rápido —advirtió desesperado.

Largué una carcajada. Ladeé mi cabeza sintiendo sus enormes manos sobre mí. Él fijo su vista, una vez más, en el frente de la cama.

—Ya deja de mirar el estúpido espejo.

De un brusco movimiento me tomó entre sus brazos. Aprecié la cama debajo de mi espalda. Todo parecía estar helado a mí alrededor.

Abandoné mis pensamientos cuando sentí el peso de su cuerpo sobre el mío. Bueno, él no estaba muy helado a decir verdad.

Con una de sus piernas abrió las mías para acomodarse justo allí. Podía sentirlo a la perfección. Ahogó un grito en mi garganta con su beso.

Sus manos se deslizaron por todo mi cuerpo, provocando incendios y cosquilleos por doquier.

No culpaba a Eloise, Elisa o cómo diablos se llamara.

No culpaba a la larga lista de mujeres que mataban por repetir una noche con él.

No culpaba a ninguna.

Este chico podía volver loca a cualquiera.

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