Capítulo 31.

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—No te creo —repetí, por cuarta vez.

No, claro que no. El departamento que observaba alrededor no costaba, claramente, lo que David había descontado de mi cuenta bancaria.

—Es tu problema.

Se encogió de hombros y cerró la puerta de la habitación. Puse ambas manos en mi cintura para mirarlo, a él se le hizo gracioso.

—No me hace gracia, Julián.

Rió una vez más.

—A mí sí.

No podía permitir que él pagara el alquiler de ese enorme y lujoso departamento. No tenía idea de por cuánto tiempo íbamos a permanecer allí pero creía haber trabajado lo suficiente en los últimos años para pagar uno, dos o tres meses de renta allí.

— ¿Por qué te preocupas tanto? —preguntó, tirándose en lo que ahora era mi cama.

— ¿Por qué todo te importa una mierda? —retruque.

Sí, no quería quedar ahí como una extrema preocupada cuando el anormal despreocupado era él.

Revoleó los ojos y estiró su mano, aún desde la cama. La tomé en el aire. De un rápido movimiento me acostó sobre su cuerpo, presionando sus dedos en mis caderas con fuerza.

Bien, después de retar tanto a Jenny y Agustín, hasta a mí me habían entrado dudas de cómo estábamos haciendo todo esto tan natural.

— ¿Qué hay de Paul? —pregunté, apoyándome en mis manos para mirarlo.

Había pasado conmigo toda la tarde, ayudándome a acomodar mis cosas en mi habitación y las de mi amiga en la suya, mientras ella y Agustín sólo miraban televisión.

— ¿Por qué te importa tanto Paul?

"Quizá porque la última vez que lo vi, volviste llorando a la habitación", pensé. Me encogí de hombros, simulando desinterés.

—No sé, creo que no me gusta que te regañen, nada más.

—Tranquila —sonrió solo un poco—. Puedo con él.

Permanecimos en silencio por unos segundos. Él sostenía mi cuerpo cómo si estuviese hecho de plumas. Yo me sentía increíblemente pesada sobre él. Intenté zafarme de su agarre pero no me lo permitió.

Eché un vistazo a mí alrededor.  Sí: esta habitación era más grande que mi departamento en Miami.

— ¿Por qué un departamento con dos habitaciones? —indagué bajando la mirada para verlo.

Su vista no había salido de mi rostro un solo segundo, y era incómodo.

—Con las hormonas alborotadas que mi amigo maneja, no querrías tener una cama al lado de la de tu amiga, créeme —explicó divertido—. ¿Cuáles son tus planes para hoy, novia? —preguntó, cambiando de tema como si nada, dejándome la idea de Jenny y Agustín rebotándome de un lado al otro.

—Mmh, Jenny pretendía tener una recibida por estos lados.

Él levantó una ceja mientras enganchaba ambas manos atrás de mi cintura.

—Creí que podíamos...ya sabes, salir por ahí. Solas —finalicé en un susurro.

Sus ojos me habían puesto nerviosa, ¿por qué siempre hacía eso? Me intimidaba. Rió de lado, algo irónico, apenas terminé de hablas.

—Creíste mal —dijo mientras besaba mi mandíbula—. Pensé que te había dicho de lo peligrosa que puede llegar a ser la ciudad si te metes en el lugar equivocado.

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