Camila lo pensó.

—Pero... pero los soldados me llevarán.

—No lo harán, Camz.

—Es fácil para usted decirlo, usted es el general y todos lo obedecen —reprochó.

—Camz... —tomó la mano de la chica del sótano e instintivamente la llevó a su pecho. No supo por qué lo hizo, pero había acertado, el oir los latidos del corazón de Lauren la había tranquilizado—. Nada malo te pasará, te lo juro. Yo te protego.

Camila dejó su mano allí unos segundos más, imaginó que había un martillo golpeando adentro de ella.

Luego asintió y Lauren le dedicó una gran sonrisa.

—Vamos —dijo Alegría y una al lado de la otra dieron unos pasos hasta adentrarse más en los extraños pasadizos y tratar de encontrar la salida por ellos, pero ahora, juntas.

~•~•~•~•~•~

—¡El negocio es un fracaso, Sinuhe! ¡Nadie viene al prostíbulo! ¡¿QUÉ PASÓ CON LA HOMBRÍA DE AHORA?!

—Atravesamos malos tiempos, Simon —dijo firmemente su esposa, Simon frunció el ceño—. Epocas festivas, Simon. Prefieren estar en familia, tirar pirotecnia y esas tonterías.

—¡ESO ES! —una repentina sonrisa alocada invadió el rostro de Cowell—. ¡NADIE QUIERE VENIR AL PROSTÍBULO EN ÉPOCAS FESTIVAS! ¡ELLOS QUIEREN OTRA COSA!

—¿Un cafesito?

—¡NO! —alzó los brazos y sonrió al cielo, como si le hubiera concedido un milagro—. ¡PIROTECTNIA!

—¿Qué planea, mi hombre?

—Sinu, soy brillante. Ahora las escuinclas, como tú les dices, ¡fabricarán pirotecnia! ¡JUEJUEJUEJUE! —rió con su peculiar risa.

—¡BRILLANTE! —saltó encima de él.

Simon la corrió.

—Espacio personal, Sinu.

—Lo siento, mi hombre —dijo apenada viendo su tapado de piel de panda.

—Ve a reunir a los mocosos, que salgan a robar.

—Como diga, mi macho —salió del pequeño despacho y caminó por la sala de la mansión hasta estar en el centro—. ¡HAGAN FILA, PIOJOSOS! —gritó a más no poder.

De todos lados salieron 3 huérfanos adolescentes y un niño y se acomodaron.

—¡A LA CALLE! —gritó.

—SÍ, SU MAJESTAD. —dijeron al unísono.

—¡A FUERA, LAGARTIJAS SACROAGERINGOSAS! —se dirigió a la puerta, la abrió y los niños salieron, seguidos del sonido de la puerta al cerrarse.

—Otra vez a robar...

—¿Y qué esperabas? Nunca saldremos de ésto, Toby —respondió al pequeño de 9 años.

Todos salieron del patio del frente cruzando la pequeña valla metálica y salieron a la calle del vecindario.

A ellos no les gustaba robar, pero no tenían otra opción. Los obligaban, y ellos debían obedecer.
Aunque los chicos, a diferencia de las chicas, podían salir de la mansión y no estaban secuestrados, estaban en la misma situación: no podían ser libres. No podían ir a la policía y denunciarlos, ya que estaba toda coimeada por Simon.

Caminaron hasta llegar a otra calle para no ser reconocidos.

—Disculpe, señora, ¿No me diría donde queda la calle Kennedy 248? —preguntó Teodoro, de 14 años.

Ojos Alegría (La chica del sótano) - Camren.¡Lee esta historia GRATIS!