Capítulo 30.

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—¿Nunca nadie te cortó el teléfono? —pregunté con ironía, para que no notara el nerviosismo que estaba manejando en esos momentos.

Pasé por alto el otro tema, intentando bajar sus revoluciones.

—Sí, y no me gusta que lo hagan.

Oh, qué lastima, celebridad.

— ¿Viniste sólo a regañarme?

—Sí —dijo muy seguro—. ¿Por qué razón andaban por la casa en ropa interior?

—Creí que estábamos solas —dije y me encogí de hombros.

— ¿Eso te parece una buena excusa?

Ladeé la cabeza para mirarlo con una ceja levantada. No sé lo paciente que él piensa que soy pero le tengo noticias: no soy tan paciente.

Por suerte, mi celular empezó a sonar. Lo habría mandado a cualquier lado si seguía pretendiendo que le de explicaciones de por qué se me había ocurrido sacarme el pantalón estando sola con mi amiga. Porque sí, super estrella, supéralo.

—David —exclamé con entusiasmo apenas lo escuché.

Crucé mis piernas aún sobre la cama y me miré en el espejo: estaba sonriente. Julián puso sus ojos en blanco cuando me escuchó. Que el se llevara mal con su representante no era mi culpa.

—Ori, no tengo mucho tiempo pero quería saber cómo habías llegado.

Escuché mucho ruido atrás, al parecer sí estaba ocupado.

—Bien, gracias —me limité a decir con voz agradable.

—Te voy a enviar por e-mail la dirección de la agencia allí, Julián me dijo que puede acompañarte cuando quieras. No hay apuro.

Hice una mueca y lo miré, ¿en qué momento Julián había hablado con David? Él ni se inmutó, estaba sentado en el borde de la cama con la vista fija en su celular.

—Hablé con el temprano por el tema del departamento.

Aclaró cómo si pudiera leerme el pensamiento. Oh.

—Ya actualicé tu cuenta bancaria con la inmobiliaria.

Claro, de eso jamás se olvidaría.

—Julián quería pagar el alquiler.

Oh, no, por favor. Lo único que me faltaba.

—Lo convencí de que no iba a agradarte para nada. Bien, te adjunto con la dirección unos proyectos.

Estaba apurado, y yo no había metido un bocado en toda la conversación.

— ¿De que se trata?

—El desfile del que te hable, y una tapa.

Genial. Asentí y lo despedí. Dejé mi celular sobre la cama. Él se dio cuenta de que estaba mirándolo pero simulo que no lo notaba. Gateé sobre mis rodillas y llegué a donde estaba. Enseguida levantó la vista.

—No te acerques —advirtió, y no pude descifrar su tono.

— ¿Por qué no?

—Estoy enojado —dijo sin mover un músculo.

—No lo dudo.

Claro que no, estaba mirándome cómo si fuese una hija de puta. Aunque tenía una pizca de picardía en su mirada.

Volví a sentarme en la cama, ahora un poco más lejos que antes. Fije mi mirada en el celular, al igual que él. Permanecimos así, por unos interminables segundos, hasta que su mano me distrajo.

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