Capítulo 29.

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—No estoy seguro de qué decir o hacer en estos momentos —cortó el silencio Agustín, arrastrando una maleta por todo el living.

Maxi caminaba detrás de él, cargando su valija también, con la mirada en el suelo.

—Supongo que esperamos en la cocina —aclaró la garganta cuando pasó por al lado mío.

Me había quedado petrificada, cómo si estuviese pegada al piso. Mi amiga tampoco se había movido de su lugar.

—No te voltees a verla a Oriana o Julián va a dejarte sin pelotas —le susurró a Maxi.

Solté una risa nerviosa mientras escuchaba la puerta de la cocina cerrarse a mis espaldas.

Corrí por las escaleras largando una carcajada mientras Jenny me imitaba. La dejé pasar adelante. Por un segundo, nos vi desde afuera: ella sosteniendo la toalla para no quedar completamente desnuda, y yo en calzones, corriendo por toda la casa cómo dos idiotas.

—No termino de comprender qué fue todo eso —dijo mi amiga, entre un susurro y una risa.

Se tiró a la cama mientras yo me calzaba mi short.

—Fue tan bizarro que me da gracia.

Sí, bizarro. La adrenalina subía por mi cuerpo como si hubiésemos hecho algo bueno.

— ¿Quiénes son esos caños?

Reí ante la pregunta de mi amiga.

—Maxi y Agustín, los amigos de Julián. Estuvieron con nosotros en Miami, había olvidado que él me había dicho que su vuelo llegaba hoy.

— ¿Viven acá? —preguntó rápidamente.

—No, supongo.

O sea, sí. Ahora sí, pero no para siempre, ¿no?

— ¿Te molestaría bajar y subir mi valija? No quiero hacer el ridículo una vez más.

Asentí mirándome en el espejo. Incluso vestida parecía una loca.

Abrí la puerta y miré para todos lados como si estuviese haciendo algo malo. Baje las escaleras en completo silencio. No tenía ganas de que alguno de los dos me viera en ese momento. Llegué hasta la enorme valija de mi amiga, al costado de la puerta. Intenté arrastrarla sin hacer mucho ruido hasta el borde de la escalera. Fue en vano: pesaba mil toneladas. No había chance de que pueda cargarla hasta arriba.

— ¿Necesitas ayuda?

Su voz me hizo sobresaltar. Ni siquiera me había dado cuenta de que la puerta de la cocina estaba abierta.

—No, está bien.

Me limité a decir, pretendiendo hacer que podía con los mil y pico de kilogramos. No tuve el coraje de mirarlo a los ojos.

—Vamos, no seas terca Oriana.

"Bueno, Maxi", pensé protestando.

Me retó mientras quitaba mis manos con las suyas. Lo miré al sentir el calor de estas. Me encogí de hombros luego para permitir que la cargara hasta arriba.

—Gracias —susurré cuando llegamos a la puerta.

Asintió levemente con su cabeza, en señal de agrado.

—Lo de recién fue... —comenzó a hablar, mientras se rascaba la nuca.

—Oh, no. Nada —interrumpí apenas pude.

No quería pasar vergüenza con él. Largó una carcajada.

—Bien, dejo que tu amiga se vista —exclamó para encaminarse a las escaleras.

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