2. El Abismo de los Sueños. Parte 1

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El Abismo de los Sueños no se parecía a ningún otro lugar que Mario hubiera visitado antes.

Era... distinto al mundo de los sueños que conocía. Oscuro, pero no tenebroso. Sobrecogedor, pero no escalofriante. Inmenso, de tal forma que Mario se sintió muy pequeño en comparación. Miró a su alrededor, admirando cada rincón como si tratara de memorizarlo, y entonces se dio cuenta de que se había quedado solo.

—¿Luigi? —llamó, sin dejar de buscarlo con la mirada.

No obstante, a su llamada acudió únicamente Duermeberto, que se materializó ante él, como tenía por costumbre hacer.

—Vaya —exclamó al ver que junto a él sólo estaba Mario—. ¿Dónde está Luigi Soñador?

—Te iba a preguntar exactamente lo mismo —repuso el fontanero de rojo.

—Esto es muy extraño...

Duermeberto miró entonces en torno a él, adoptando la misma expresión de asombro y fascinación que el propio Mario había exhibido segundos atrás. Por su parte, el héroe no quiso cejar en su empeño de buscar a su hermano, al que continuó llamando mientras avanzaba unos pasos.

—Es inútil —dijo al poco Duermeberto, alcanzando a su compañero—. Parece ser que Luigi Soñador, simplemente, se ha extraviado.

—P-pero, ¿puede extraviarse dentro de sus propios sueños? —inquirió Mario, preocupado.

—No exactamente —respondió el príncipe—, pero esto es el Abismo de los Sueños. Las cosas aquí funcionan de manera... diferente.

—¿Qué quieres decir?

—Que Luigi Soñador está aquí.

—¿Aquí dónde? —Mario no entendía nada.

—En todas partes —contestó Duermeberto, extendiendo los brazos para abarcar la inmensidad del Abismo de los Sueños—. Ahora mismo, Luigi Soñador no es sino un hilo más del tejido que forma el mundo de los sueños. Percibo que está aquí, con nosotros, pero, de algún modo, no logra... materializarse.

—¿Y cómo puedo ayudarle para que lo haga?

—Oh, no creo que necesite ayuda. Seguro que lo acaba consiguiendo por su cuenta.

Mario no se quedó tranquilo con aquella respuesta, pero, ¿qué podía hacer él? Luigi lo había seguido, estaba seguro de ello: había saltado tras él desde el Parque Aurora de los Sueños, por lo que debía de estar en el Abismo de los Sueños. Tenía que estar allí. ¿Adónde, si no, podría haber ido a parar? Aquel portal sólo conducía al Abismo de los Sueños, por lo que Mario realmente deseó que el príncipe tuviera razón y Luigi estuviera allí. Aunque no pudieran verle.

Así pues, el fontanero de rojo comenzó a caminar. Miraba a su alrededor constantemente, incapaz de creer que lo que estaba viendo pudiera ser, al mismo tiempo, inquietante... y bello. La oscuridad resultaba tranquilizadora, como si fuera una aliada que se esforzaba por ayudar al héroe a sanar sus heridas y a recuperar el aliento tras finalizar su agotadora misión. Además, no se trataba de oscuridad total, ya que Mario enseguida captó unos destellos luminosos de color verde que, inexplicablemente, le recordaron a Luigi. Tras observarlos durante unos minutos, sin moverse y sin apartar la vista, le pareció descubrir en ellos los rasgos de su hermano.

Pero aquello no podía ser...

... ¿Verdad?

Cerrando los ojos y sacudiendo la cabeza, Mario reanudó la marcha, aunque fue incapaz de dejar de admirar el lugar que estaba explorando. Un lugar que le resultaba hermoso a su extraña y sorprendente manera. Un lugar en el que habría esperado encontrarse casi cualquier cosa...

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