Capítulo 1 - La Piedra

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A simple apariencia era un día corriente, tal como aquellos en donde uno, con fuerza y arrebatos de voluntad, logra salir de aquel refugio tan cálido que nos mantiene confortables en la noche.

En esa mañana, él desayunó con un café negro y bien espumoso. Tenía la costumbre de ir variando los granos para darle alguna que otra diferencia a los días.

Caminaba a paso tranquilo y silencioso por las pocas calles que los separaban de su moto. Ansioso por sentarse en ella apresuró su paso hasta llegar a la cochera y montar el vehículo. La moto era todo un símbolo, le inspiraba una sensación de libertad soñada al sentir la velocidad punzar en su estómago con el viento recorriendo y envolviendo cada parte su cuerpo; le ofrecía esa gran sensación de liberación, pero... ¿liberación de qué?

En reiteradas veces lo invadían súbitamente las ganas

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de acelerar y no frenar. Eran momentos en donde se abstraía totalmente del mundo y la idea de la muerte dolorosa parecía no existir; incluso más, solía desearla, aunque tuviera en claro que de chocar no renacería como un fénix.

Las primeras horas en la facultad transcurrieron con un ritmo bastante típico, y por típico quiero decir aburrido. La primera docente, con esas clases tan expositivas que solía ofrecer esparcía, como siempre, una especie somnífero auditivo, poco oportuno para las primeras horas de la mañana.

Se encontraba callado, algo muy raro en él, y así transitó por aquella primera clase teórica.

Mantenía los pies apoyados en la silla que se encontraba delante y dejaba caer la cabeza sobre el respaldar de su asiento. Los cuatro altavoces que colgaban en lo alto del techo seguían emitiendo el mismo monótono sonido que a duras penas podía distinguirse como lenguaje humano.

—"¡ajjm... ajjmmm!" —tosió la disertante, provocando un estado de confusión tanto en Tiziano como en algunos de sus compañeros que sufrían un efecto similar. Abrió los ojos y descubrió (¡vaya descubrimiento!) que estaba en la facultad y se lamentó no haber podido quedarse en su mundo de fantasías.

Con un suspiro de alivio festejó la finalización temprana de la clase, unos veinte minutos antes de la hora debida. Aparentemente la docente había hecho acuso de recibo de tantos estudiantes somnolientos.

Antes de la siguiente materia entró al salón con sus compañeros y comenzaron una ronda de mates para despabilar un poco el día. Al cabo de quince minutos, el profesor traspasó con paso presuroso la puerta, saludó a la clase con una sonrisa que le era propia y se sentó encima del escritorio.

Desde los primeros bancos y con sus compañeros a los costados Tiziano aguardó el comienzo de una clase en la que se sentía realmente a gusto.

El docente era una persona sumamente accesible y con un estilo que difería bastante a los profesores del montón. Gozaba de una extravagancia que rompía con los estereotipos y provocaba una distención única en el aula.
Las preguntas del profesor caían a cataratas sobre el estudiantado y despertaban en él gran inquietud. Deseaba fervientemente construir respuestas y problematizar las que surgían en esa dinámica particular que tanto le seducía.

El profesor, como era habitual, disparó una nueva pregunta y Tiziano, con gran ansiedad, comenzó a elaborar una respuesta en su mente que rápidamente emitió cortando el silencio que se había generado con la querella. En esos instantes inmediatos a que él dejara de hablar se oyeron desde el fondo del salón una cortina de risas; murmullos...

Cuando se arroja una piedra al agua podemos ver desde el punto justo del hundimiento la manera en que las ondas expansivas recorren el espacio desde el centro hacia fuera perdiendo paulatinamente su intensidad. Las repercusiones y los efectos son incontables: los peces se asustan y huyen, las plantas debajo del agua imitan un movimiento oscilar como si una brisa acaricia las hojas de un árbol y la tierra estancada comienza a removerse. Se descubre una moneda que estaba enterrada, aparentemente olvidada. La piedra se aloja en la arena, muy cerca de aquella moneda, como si una fuera una causa de la otra.

Aquellas risas, aquellos murmullos, actuaron como una piedra para él...

Se removieron recuerdos, sentimientos y pensamientos. Los miedos recorrían su ser como las ondas al agua, y de a poco, la angustia envolvió su percepción del mundo, del cual en ese momento había perdido todo interés...

La clase siguió, pero él ya no estaba allí. Y ensimismado continuó el resto de la mañana.

Al finalizar el día académico, y en un silencio sepulcral, recorrió el camino hacia su casa, sorprendido de vez en cuando con algún bocinazo que lo devolvía a la realidad de la que se había desprendido hacía ya un largo rato.

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Por la tarde lo esperaba su analista como todos los martes a las cinco, con la particularidad que, en ese día, las horas que lo separaban de la sesión fueron vividas con una ansiedad angustiosa.

Tocó el timbre y se anunció. Una voz familiar le indicó que pasara y aguardara. Cabizbajo transitó el pasillo hasta la sala de espera y se desplomó sobre el primer sillón que distinguió a su paso.

Corroboró la hora en su celular para cerciorarse de que había llegado a tiempo, ni antes y después de la hora pactada. Tan solo diez segundos habían transcurrido cuando volvió a hacer lo mismo con el reloj de pared que se encontraba frente a él. El tiempo parecía tomar una curva descendente de velocidad hasta hacerse sentir quieto.

Dejó caer su cabeza hacia atrás, tal como haría alguien sintiéndose derrotado o vencido.

Al poco tiempo se abrió la puerta y la misma voz que lo había recibido anteriormente le procuró con amabilidad:

—Tizi, pasá. ¿Cómo estás?

Él se incorporó y la saludó mientras se acercaba a ella.

—Buenas tardes Fati. Bien... gracias. —respondió Tiziano con una trémula voz que realmente ponía entre signos de pregunta a su respuesta. Fátima lo observó fijamente y tan solo bastó eso para saber que algo había ocurrido.

Ingresó al consultorio recorriéndolo todo con la mirada y reconociendo en él el diván negro de siempre. Se sentó y acomodó los almohadones dejando uno al costado de la pared y otro en el extremo del diván para recostarse con mayor comodidad.

—Sé que vengo a hablar, pero a veces sucede que hacerlo es aún más doloroso que haber vivido lo que debería contar.

—No estaba todo bien entonces...

—Para nada... pero tampoco sé exactamente porqué. —cerró los ojos y suspiró al responder.

La asociación libre comenzó con el habitual "te escucho" de Fátima, quien ya había acomodado su cuerpo sobre el respaldar. Sería acertado decir que le fue muy bien en aquella sesión. Removió arena, destapó monedas, movió algas... y así, pensando, trabajando e intentando repensar sus sentimientos, culminó un día con mucha angustia.

Tiziano cursaba en el tercer año de la carrera de psicología con un desempeño excepcional. Aunque, como bien expresa el dicho popular, no todo lo que brilla es oro, y esos logros suponían un alto costo.

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