Capítulo 21.

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— ¿Estás molesto porque nos besamos? —pregunté sin vueltas apenas llegamos a su casa.

Recién habíamos ingresado a la sala por la puerta lindera, la que daba al garaje. Pero no podía aguantar más. No había podido dejar de pensar en qué explicaciones iba a darme y cuál iba a ser su justificación cómo para tratarme mal, ignorarme y todo lo que vino después. Todas mis ideas llegaban a esa conclusión: todo había sido distinto después del beso. O de los.

—No, Oriana —se limitó a responder.

Caminó por la sala para abrir la puerta principal y darle las llaves del lujoso auto alquilado a una persona, que no tenía idea quién era. Supuse que trabajaba en la casa, para él. Apenas volvió a cerrar la puerta, hizo un giro con sus pies para mirarme.

—Estás molesto por eso —afirmé, dando grandes pasos para llegar a dónde estaba.

—Que no. Te digo que no —repitió con un tono extraño.

Revoleé los ojos. Estaba claro que su comportamiento había cambiado por eso. Hice un amague de caminar para atrás pero, de golpe, él me tomó con fuerza de los brazos y pegó su boca a la mía.

Sostuvo su agarre con un solo brazo y llevó una de sus grandes manos a mi nuca. Profundizó el beso en cuestión de segundos para devorar mi labio inferior y, luego, inundar mi boca con su lengua. Se separó algo brusco. Mi respiración no era la habitual.

— ¿Lo ves? El beso no me molestó —susurró sobre mis labios.

Me quedé perpleja. Estaba ligeramente sorprendida y bastante feliz.

Caminó hasta el sillón como si nada hubiese pasado.

—Estoy molesto porque no estoy controlando mi cabeza y mis emociones. Estoy enojado conmigo, no con vos, ni con nadie. Aunque por lo visto tampoco puedo controlar mi enojo, ya que eso provocó que tanto vos cómo mi amigo se enfurecieran conmigo.

Ni siquiera lo estaba mirando. Me había quedado paralizada en el lugar dónde segundos atrás me había besado, pensando en por qué había dejado de hacerlo.

—Oriana —me llamó y giré para verlo—. ¿Me estás escuchando? —preguntó divertido, ¿qué era lo gracioso?

—Sí —mentí.

—Bueno, eso era lo que quería decirte. Esa fue una enorme confesión para alguien con el ego tan alto como yo, no esperes mucho más —se levantó de golpe y pasó por dónde estaba para comenzar a subir las escaleras—. Voy a ducharme porque apesto. Enseguida bajo —finalizó y desapareció en el piso superior.

Permanecí por unos minutos en el lugar. Si alguien me veía, probablemente, pensaría que estaría muerta.

¿Cómo podía ser así? ¿Cómo naturalizaba todo? Era realmente envidiable.

Y... ¿ahora qué? ¿Otra vez me ignoraría, me trataría mal? ¿Qué si cuando baja de esa escalera me echa a patadas una vez más?

Después de un largo rato de sólo maquinarme, me propuse distraerme con mi celular. Claramente, fue en vano y una idea totalmente errónea.

No había abierto mi Twitter  en días. De hecho, había eliminado la aplicación para no hacerlo. Desde que la había vuelto a descargar, ni siquiera había iniciado sesión.

—Genial —susurré para mí, mientras deslizaba el dedo por la pantalla de mi teléfono.

No me detendría a leer cada uno de los tweet, terminaría en un centro de auto-ayuda sí lo hacía.

— ¿Qué cosa es genial? —preguntó bajando por las escaleras.

Levanté la mirada para apreciar lo bien que le quedaba la ropa deportiva. Sus mejillas aún estaban rojas, producto del agua caliente. Tomó una campera cuando pasó por el perchero y se la puso. Esta enorme casa siempre estaba helada.

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