Capítulo 2 - Un encuentro en el camino

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- Supongo que esto no es una simple visita de cortesía, tío Radhir.

- ¿Acaso no puedo darte la bienvenida a mis dominios? Eres mi sobrina preferida, ya lo sabes. De todas maneras no te voy a pedir nada demasiado complicado...

-  ¿Qué puedo hacer por ti, tío?

Heda sabía que cuando su tío Radhir deseaba algo, no había nada en el mundo que se pudiera interponer entre él y su objetivo. Aunque pudiera parecer que el Dios estaba pidiendo un favor, en realidad lo único que hacía era dar órdenes de una manera muy rebuscada. Radhir se sentó junto a Heda, y cogió un pequeño puñado de piedrecillas del suelo. Mientras hablaba, las iba lanzando despreocupadamente una a una montaña abajo.

- Ese maldito viejo que era mi Oráculo decidió morirse este verano, sin tener la educación de esperar a que su alumno estuviera preparado del todo para tomar su puesto. Si me dejo ver ante el maldito niño llorón antes de que esté listo, le mataré. Reconozco que eso sería bastante divertido, pero tengo asuntos urgentes que necesitan de la mediación de un sacerdote. Y ahora mismo tú eres la única persona que puede hacer esa función.

- ¿Qué tipo de asuntos?

- Hace unos meses me reuní con mis hermanos para discutir la situación de nuestra familia. Después de que Oráculos, Sacerdotes y profecías nos aseguraran que algo como tú no volvería a pasar, decidimos que había llegado el momento de volver otorgar a las mujeres mortales el honor de tener a nuestros hijos.

- Lo sé. He conocido a la futura madre del hijo de Thorne.

- ¿Así que Thorne ya me lleva ventaja?. Entonces no podemos perder tiempo. Levántate, hablaremos por el camino

Heda se encogió de hombros e hizo lo que su tío le pedía. En cierta manera extraña, le parecía divertido verle tan preocupado por algo que no acababa de comprender bien. El hecho de que estuviera dispuesto a caminar con ella indicaba que la situación era más importante de lo que su actitud despreocupada parecía indicar.

- Sigo sin entender para qué me necesitas.

Aquello era un ataque, y Heda notó que su tío no lo pasaba por alto. Pero debía ser cierto que realmente necesitaba su ayuda, pues el Dios no dejó que su reacción la ofensa se reflejara en su rostro.

- ¿Has pasado tanto tiempo fuera de casa que ya se te han olvidado las costumbres de tu hogar, Heda?

- Es cierto. El Ritual.

Aunque otros Dioses simplemente escogían una mujer y engendraban a su hijo en ella mientras dormía, en la tribu de las Cuevas las cosas se hacían de forma diferente. El origen del Ritual se remontaba a trescientos años atrás, cuando Radhir visitó a la hija del Rey.  Cuando la muchacha quedó embarazada, se lo comunicó a su hermana menor y le pidió que guardara el secreto hasta que pasara el Festival de la Primavera. Su hermano, celoso de que su hermana fuera a ser más importante que él, el futuro Rey, debido a la posición que le otorgaba ser la madre del Hijo de un Dios, mintió a su padre, diciéndole que su hermana estaba embarazada de un joven de la tribu.

El Rey pensó que su hija se había rebajado al quedarse embarazada de un hombre que no era el escogido para ser su esposo, y sin saber lo que había ocurrido en realidad, mató a la princesa. Las leyes de la tribu de las Cuevas permitían a un padre disponer de la vida de sus hijas si estas le desobedecían. Para cuando el Rey descubrió que había sido engañado, no había solución posible: Radhir le mató a él y a su heredero, ya que no había nada que enfureciera más a un Dios que la muerte de uno de sus hijos. Desde entonces, Radhir se aseguró que no se dieran ese tipo de malentendidos nunca más, instaurando el Ritual. Un Sacerdote sería el encargado de acudir a la joven escogida por el Dios y, delante de su familia, anunciarle que había sido elegida para ser la madre de un hijo de Radhir. Todo el Ritual estaba rodeado de un aura de misticismo que, a ojos de Heda, no lograba ocultar que se trataba simplemente de un trámite engorroso para que Radhir consiguiera lo que deseaba.

- Si, el Ritual. Muchos ya apenas lo recuerdan, hace más de treinta años que no se había dado la situación de que yo necesitara tener otro hijo. Y ese estúpido aprendiz de sacerdote seguramente se equivoque o se ponga nervioso o empiece a llorar si tiene que llevarlo él a cabo. Por eso tienes que hacerlo tú.

- ¿Y por qué lo necesitas con tanta urgencia? ¿Acaso tú y el resto de mis tíos estáis participando en una carrera para demostrar vuestra virilidad?

Esta vez Radhir no encajó la ofensa con tanta tranquilidad como antes. Con la rapidez del rayo, su mano atrapó la mandíbula de Heda y la sujetó con tanta fuerza que levantó a su sobrina un par de centímetros del suelo.

- No hagas preguntas estúpidas a tus mayores, pequeña Heda, o tendré que darte unos azotes por muy sobrina del Rey que seas.

Cuando el Dios la soltó, Heda se frotó la mandíbula y reanudó la marcha.

- Había olvidado lo suaves que eran tus caricias, tío Radhir – Heda casi escupió las palabras, con verdadero desprecio en su voz por primera vez desde que se había encontrado con su tío.

- La joven que me interesa es Dira, la hija de Odarn. – continuó el Dios, sonriente como si la ofensa de Heda jamás hubiera tenido lugar.

- Sé de quien se trata.

- Supongo que recordarás la fórmula exacta del Ritual. Si no es así, deberías pasar antes por el Templo para refrescarte la memoria, no quiero que haya errores en esto.

- Tío Radhir, todo lo que aprendí en los años que estuve consagrada a tu servicio sigue fresco en mi memoria. No te preocupes.

- Bien. Esta misma noche, Heda, ni mañana ni en un par de días. Cuando hayas terminado con el Ritual podrás ir a ver a tu tío y hacerle llegar lo que quiera que la víbora te entregara para él.

Radhir se marchó, y en cuanto hubo desaparecido de su vista, Heda escupió al suelo dos veces. Cada vez que el Dios de su tribu se presentaba ante ella, le traía a la mente recuerdos que por más que intentaba no conseguía enterrar. Recuerdos de cuando era aún una niña y soñaba ilusionada que en cuanto tuviera la edad se casaría con Radhir, y tendría a sus hijos, y por fin se rompería la maldición de las Diosas.

Todo aquello no habían sido más que sueños estúpidos de una pobre niña engañada. Rhadir le había demostrado hacía años que, para él, ella no era importante. Si ella obedecía sus órdenes no era por temor a que él o cualquiera de sus hermanos pudiera matarla, si no para asegurarse de que estaba bien informada de lo que sus tíos necesitaban. Nunca se sabía cuando aquella información podía llegar a ser de utilidad.

Cuanto antes llegara a las Cuevas y se deshiciera de las obligaciones que había contraído casi sin saber como, antes podría marcharse y volver a dejar todo su pasado atrás. Con un poco de suerte, esta vez sería para siempre.

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