Capítulo 2 - Un encuentro en el camino

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HEDA

Aunque había nacido y pasado la mayor parte de su vida allí, Heda no sentía que las Cuevas fueran su hogar. Si, parte de su familia y algunas de las personas a las que más respetaba se encontraban allí, pero en las Cuevas también acechaba aquello que la había convertido en lo que era. Por eso, cuanto más se acercaba a ellas, más sentía la necesidad de dar la vuelta y salir corriendo.

Había tenido la suerte de ser criada en la casa de Himad, el señor de las Cuevas. Como sobrina suya, había recibido la misma educación y lujos que cualquier miembro de la casa real, aunque su origen, sagrado y maldito a la vez, la había diferenciado a la fuerza de los hijos del propio Himad.

Los hijos que los Dioses engendraban en mujeres mortales eran adorados prácticamente al mismo nivel que sus divinos padres. Más fuertes y fabulosos que el resto de los mortales, a menudo se convertían en héroes de leyenda. Heda era, en muchos sentidos, una excepción. En ninguna otra ocasión desde que el Uno había creado la tierra y sus hijos los Dioses la pisaron, una mortal había dado a luz a una niña. Heda era la primera. También era la primera y única hija de un Dios que ya no existía.

Awer era conocido entre los sacerdotes como el Dios Muerto. Los mortales ni siquiera se atrevían a decir su nombre ni hablar de él, ya que temían la ira de los demás Dioses. Se decía que si los Dioses oían el nombre de Awer de la boca de un mortal, maldecían a aquel que había osado recordarles que habían sido ellos los que habían matado a su hermano.

El camino hacia las Cuevas no era fácil: la tribu de Himad era principalmente una tribu guerrera, y el hecho que fuera tan difícil acceder a sus dominios la protegía de la gran mayoría de los ataques de otros poblados. Pero Heda se había pasado toda su infancia subiendo y bajando por las escarpadas rocas, y había aprendido a reconocer una formación traicionera o qué piedras resbalaban más que otras, así que la subida estaba siendo más larga que complicada.

Cuando aún le quedaban un par de horas de ascensión antes de llegar a la entrada principal de las Cuevas, decidió sentarse y descansar unos minutos para disfrutar de los últimos momentos de soledad que tendría en unos cuantos días.

Su tío Radhir apareció pocos segundos después, subiendo por el escarpado camino de piedras con una facilidad insultante. Heda sabía que si alguno de los exploradores de la tribu les estaba observando, no serían capaces de ver al Dios como ella lo veía: un hombre de no más de treinta años, con el cabello rubio hasta los hombros peinado hacia atrás, intensos ojos azules y barba bien recortada y arreglada. Con un poco de suerte, si Radhir había considerado esa opción, no verían nada. Si al Dios no le importaba la suerte que pudieran sufrir espectadores inocentes, y el explorador estaba lo bastante lejos, sólo vería una luz brillante tan poderosa que el dolor de cabeza le duraría varias semanas. Heda, como miembro de la familia de los Dioses, tenía la capacidad de verles con su verdadero aspecto. El hecho de que no hubiera aparecido simplemente junto a Heda era un gesto de deferencia hacia ella.

- Ah, la hija rebelde vuelve a casa.

- Hola, tío Radhir. – respondió Heda, forzando una sonrisa. Nunca sabías de que humor iba a estar un Dios, así que lo mejor era hacer lo posible para no enfurecerles.

- No hace falta que finjas que te alegras de verme. Sé que no es así. ¿Vienes a ver a Himad

- Traigo un mensaje para él de parte de la Dama Orrena.

- ¿Esa horrible mujer sigue viva? Está tan podrida por dentro que ni las atenciones de Thorne han conseguido que tenga un hijo. No te miento si digo que el día que esa víbora exhale su último aliento, muchos de nosotros acudiremos a su entierro para asegurarnos de que rellenan bien su tumba.

No había nada que odiara más un Dios que no darle miedo a alguien, y la Dama Orrena no le tenía miedo a nada. Heda entendía perfectamente que a sus tíos no les resultara cómoda la existencia de la Dama.

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