Capítulo 19.

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—Estás de broma, y yo no. Quiero llegar a mí casa lo antes posible así que camina, por favor. Y es la última vez que te lo pido, la próxima te dejo acá solo —advertí mientras le daba la espalda.

—Hey —gritó. Me di vuelta para mirarlo. No se había movido y me estaba alterando. Me acerqué un poco hacia él para pedirle que cerrara laboral, haciéndole un gesto con mis manos—. ¡Te quiero! —exclamó una vez más.

— ¡Julián! —lo reté, mirando para todos lados.

No quería que ningún vecino saliera a ver qué era lo que estaba pasando.

— ¡Te quiero! ¡Y es en serio, no por nuestro estúpido contrato!

Genial, lo único que faltaba era que alguien se enterara de nuestro contrato.

— ¿Podes cerrar la boca de una vez? —pregunté llegando a su lado.

Lo tomé del brazo bruscamente para que empezara a caminar.

—Hey, no me regañes. Que esto es un momento lindo. Me estoy declarando —continuó riéndose mientras daba pasos cortos y torpes.

Luego de un largo rato, después de habernos parado a mirar una piedra por unos quince minutos, hablar con un perro callejero y, cómo no, pelear por sus caprichos en el medio de la calle, llegamos a destino.

—Estas cosas solo me ocurren a mí —pensé en voz alta mientras esperaba el elevador y lo observaba, sus ojos se cerraban y no tenía demasiada fuerza para abrirlos.

Imagine Dragons, Coldplay y yo. Tenes un buen gusto musical —dijo recostándose sobre la pared del ascensor.

Ni siquiera me había dado cuenta de que estaba prestándole atención a la música que estaba escuchando.

Había decidido ponerme mis auriculares y dejar de escuchar sus estupideces unas cuadras atrás.

—No me gusta tu música –dije para hacerlo callar.

Me sacó la lengua divertido mientras asentía con su cabeza, totalmente irónico. Sabía que sí, me gustaba su música. Me puse nerviosa por unos segundos al pensar que alguna de sus canciones podía haber sonado aleatoriamente y yo no me había dado cuenta.

—Te gusta mi música y también te gusto yo.

Rodeé mis ojos, ya harta. Se quedó en silencio hasta que llegamos al octavo piso. Abrí la puerta y se tiró al sillón.

Rápidamente corrí a la cocina para prepararle algo para tomar. Lo observaba desde allí. Parecía desmayado. No movía un músculo ni por casualidad. Estaba increíblemente despatarrado. Reí de solo verlo. No aguanté y le tomé una foto, aún desde la cocina.

Se la mandé a mi amiga. Se presencia facilitaría las cosas en momentos como este.

"Tenemos tanto que hablar".

Respondió. Sí. Cuánto. No le había siquiera comentado todo lo de la falsa relación. No quería imaginar en cómo iba a juzgarme. Ella, mi mamá, mi papá. Sí mi familia iba a hacerlo, ¿cómo no lo haría la gente que ni siquiera me conoce?

Largué un suspiro y dejé el celular sobre la mesa para volver con Julián.

—Creo qué estoy muriendo —advirtió cuándo me vio volver con un café bien puro en mis manos.

Reí. Su estado era miserable.

Tomó un sorbo del café para luego escupirlo. Me agarré la cabeza con las manos. No lo soportaba más. Volví a la cocina para buscar un trapo y secar, lo más rápido posible, las gotas del oscuro café en mi sillón tan blanco.

—Esto está horrible —dejó la taza sobre la mesa e hizo un esfuerzo para sentarse. Estaba en modo celebridad al 100% y yo no lo aguantaba un segundo más—. ¿Por qué fuiste a buscarme? —preguntó tomándose la cabeza, mareado.

—No sé que pensas vos pero yo creo que sí todo este desastre tuyo se habría hecho noticia estarías muerto.

Sonrió sin mostrar sus dientes.

—Me tienen tan harto. Todos y cada uno de ellos —se puso serio y, cuando pensé que por fin había dejado de hacer y decir ridiculeces, largó una carcajada.

Dios.

—No te aguanto más —le dije en voz alta.

Giró su cabeza para mirarme. Aproveché su ataque de risa para ir rápidamente a la cocina a dejar el trapo. Cuando volví al living, me quedé de pie en el borde del sillón, justo dónde él estaba.

—De verdad te quiero —dijo como si nada.

Nos miramos por unos segundos, hasta que decidí bajar la vista al suelo.

—La última vez que nos vimos me echaste de tu casa.

Pequeño detalle. Nunca me había sentido más humillada en mi vida.

Antes de que pudiera pensar en algo, tiró de mi brazo con fuerza y me acomodó sobre su regazo.

—Sabes que nada de lo que dije fue en serio. Estaba enojado —exclamó y, por primera vez en toda la noche, su voz no tembló.

—A mí me pareció muy convincente —le dije sincera—. Firmé el contrato hoy –agregué, aún sentada sobre sus piernas.

Me miró sin expresión alguna.

—Pensé que no ibas a hacerlo.

—Te dije que lo haría, ¿no era eso lo que querías? —le pregunté, ¿quién lo entendía?

Claro que no quería hacerlo, le había dicho que iba a firmarlo solo para no quedar tan vulnerable frente a él. Tampoco podía rogarle afecto mientras él no me daba más que frialdad.

—No. Me importa una mierda el contrato —dijo firmemente.

¿Qué todo le importaba una mierda? Sí, celebridad.

Intenté entrar en su cabeza por un segundo.

Me fue imposible.

No tenía idea la cantidad de cosas que pasaban en su vida. No sabía qué tipo de gente lo manejaba. Cuán expuesto estaba. Qué tan mal había hecho las cosas antes.

No tenía idea de él. Ni de su vida.

No podía juzgarlo por todo.

—Ojala las cosas fuesen de otra forma —dijo tumbándose en el sillón, conmigo entre sus brazos.

Y no pude evitar estar completamente de acuerdo con él.

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