Pequeño detalle.

—Algo me dice que esta será una buena noche —largó Julián aún tentando.

Miré al techo rogando que así fuera. Choqué mis ojos con los de Maxi a través del reflejo del vidrio.

Hablaron entre ellos durante el viaje. La música de fondo me distraía y me limité a mirar para todos lados como si fuese una niña.

De pronto, detuvo la camioneta y confirme que sí: Julián salía a esos lugares fanfarrones donde salían todos los famosos.

Había paparazzis en la puerta, ¿en qué demonios pensaban estos yankees?

Bajamos de la camioneta al mismo tiempo.

Los chicos se acomodaron como si supiesen lo que hacían. De hecho, lo hacían. Recordé las fotos que había visto el primer día, cuando busqué a Julián en Google. Maxi y Agustín aparecían en casi todas. Me quedé pensando en si ellos eran cómo él, antes... antes de que su representante llamara a David pidiendo ayuda.

Los dos pasaron entre los fotógrafos y la gente cabizbajos. Julián los siguió y rápidamente me tomó de la mano para que fuera detrás de él. Caminamos por unos metros de esa forma hasta que, llegando a la puerta, se puso detrás de mí. El pasillo de gente se hacía más fino en la entrada del boliche. Caminaba aturdida mientras Julián me guiaba con sus manos en mi cintura. Lo tenía tan naturalizado, era envidiable.

Una vez dentro todo se relajó.

Nadie nos miraba. Nadie quería que Julián le diese un autógrafo. Todo era normal, con mucha gente, mucho olor a alcohol y látex.

Sonreí ante mis pensamientos.

Seguí a los chicos hasta la barra y recién en ese momento me di cuenta de que estaba saliendo sola, con tres hombres, ¿en qué lío me había metido?

—Propongo un shot por Ori —exclamó Agustín con los cuatro vasos en sus manos.

Reí. Él siempre me hacía reír.

Tomé uno y Julián me miró sorprendido. Maxi y Agustín me imitaron. Nos pusimos en fila en la barra.

Vaciamos el contenido en nuestras gargantas. Cerré mis ojos cuándo sentí el alcohol quemar en mi estómago.

Estuvimos allí un rato. Me sentía uno más. Para mi sorpresa, los tres bailaban como si no hubiese mañana. Eso lo hacía aún más llevadero.

La mirada de Maxi me había pesado durante toda la noche. Estaba empezando a detestarlo. Después de la pregunta de Agustín en la mañana, esperaba que dejara de hacerlo. Pero no lo hacía, y me ponía histérica.

Busqué con la mirada un lugar dónde sentarme para descansar un poco los pies. Cuando lo encontré, hice una seña con mis manos para avisarles a todos. Julián me regaló una sonrisa antes de irme.

Me tiré en el asiento cómo si fuese el sofá de mi casa. Rápidamente recordé que estaba en un lujoso boliche de Miami.

Permanecí unos minutos ahí sentada, observando a la gente, sus tragos y sus outfits.

—No lo culpo a Maxi por no poder sacarte los ojos de encima —escuché su voz y levanté la cabeza.

Tragué saliva con fuerza. ¿Por qué tenía que nombrarlo? Definitivamente él también se había dado cuenta de la tensión entre los dos.

Me tomé un segundo para observarlo.

Sus pantalones azules estaban más ajustados que nunca. La camisa blanca se amoldaba a su cuerpo. La tenía arremangada y el último botón desabrochado. Me mordí el labio inconscientemente.

— ¿Qué dijimos de jugar con fuego? —preguntó divertido mientras me tendía la mano.

La tomé. Cuando estuve de pie, me pegó más a su cuerpo y soltó mi labio, aún entre mis dientes, con sus dedos.

—Quizá quiero quemarme —largué sin pensarlo. Sí, diablos, quiero quemarme.

Me tomó de la mano y comenzó a caminar. Había un lugar aún más vip, saludó al tipo de la barra y, aún tomándome de la mano, me dejó pasar delante. No entendía qué hacíamos detrás de la barra hasta que el tipo le guiñó un ojo y Julián caminó hasta una puerta.

No, no quise ni imaginarme a cuántas había llevado ahí.

La abrió y me metió rápidamente. Había botellas y cajones por todos lados. Era un cuarto muy pequeño, de unos dos metros de ancho.

Cerró la puerta y el nerviosismo me atrapó. Estaba oscuro pero aún así podía ver sus ojos. El negro se esparció por sus pupilas.

—Si lo que querés es quemarte... —habló.

Su voz estaba gruesa, intimidante.

Lo tomé por el cuello de la camisa y lo pegué a mi cuerpo. Sentí su sonrisa sobre mis labios. Estos se rozaban pero aún no con la pasión que quería.

Ladeé mi cabeza y él se aprovechó de mi cuello.

Se me erizó la piel. El hecho de pensar que estábamos encerrados en un depósito mientras afuera había una gran fiesta me hacía temblar.

—Quiero hacer esto desde el primer día en que te vi —susurró en mi cuello.

Tomó mi mentón con su mano para que no me moviera. Dejó un camino de chupetones desde mi clavícula hasta mi barbilla.

Diablos.

No aguanté más.

Agarré su cabello para inmovilizarlo. Nuestras narices rozaron para darme dimensión de la distancia. Capturé con mis dientes su labio inferior. Lo sentí gruñir.

Abrió su boca y metí mi lengua en ella. Su gusto a alcohol me invadió. Llenó mi boca como yo acaba de llenar la suya. Nuestros labios encajaban a la perfección.

Recordé las fotos dónde lo veía con otras chicas besándose desaforadamente. Me había parecido asqueroso en su momento pero es que, Dios, si que besaba como si no hubiese mañana.

Me estaba quemando. Y estaba disfrutando mucho de ello.

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