Capítulo 12.

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Puse un pie fuera de la habitación y miré para todos lados, ¿dónde se suponía que iba a estar Julián?

Caminé sigilosa por el pasillo. El ruido del televisor en la planta baja era lo único que se escuchaba. Alguien tosió y enseguida lo reconocí. Julián estaba abajo, jugando a la PlayStation con sus amigos, ¿dónde más iba a estar?

Bufé y me propuse volver a la habitación en el mismo silencio. Una puerta se abrió sobresaltándome.

Wow.

Maxi salió del baño con su torso desnudo. ¿Dónde se escondían todos esos músculos? No puede evitar echarle una mirada. La toalla blanca se ajustaba a su cintura increíblemente.

Él pareció no inmutarse. Lo envidié por eso.

— ¿Qué buscas? —preguntó divertido.

Negué con mi cabeza. "Nada, buscaba a tu amigo hasta que apareciste y ahora ya no quiero encontrarlo", pensé.

—Yo... —tartamudeé nerviosa—. Estaba aburrida.

Brillante excusa.
Él sonrió ante mi titubeo.

—Los chicos están jugando PlayStation abajo... —comentó y, recién ahí, observó mi vestimenta.

Nos miramos por vaya a saber Dios cuántos segundos. La tensión entre nosotros se estaba volviendo habitual, y no me gustaba. No quería aparentar que ocultábamos algo, aunque...

—Puedo cambiarme y acompañarte, si te da vergüenza bajar sola —agregó, gracias por cortar ese silencio.

Él era el único que había pensando, desde que llegué a la casa, que quizá estar con tres hombres casi desconocidos para mí me daba un poco de pudor.

Negué con la cabeza rápidamente.

—Voy a volver a la cama —dije decidida.

Asintió. Hice un estúpido saludo con la mano y prácticamente corrí a la habitación.

¿Qué se supone que fue eso?

Me tiré a la cama con una adrenalina en el cuerpo imposible de quitar. Cerré los ojos con fuerza. Quería dormir y olvidarme de la ridícula escena.

Eso hice.

Me desperté en una cama que no era la mía, en una habitación que claramente tampoco era mía.
Pero me sentía increíble. Había dormido mejor que nunca.

La habitación estaba llena de luz. No le había prestado atención a la gran ventana la noche anterior. Me puse de pie y me observé en el espejo. Lo primero que se me vino a la cabeza fue el rostro de Maxi. Anoche me había visto de esa misma forma, y estaba completamente avergonzada. La playera que usaba para dormir no me llegaba a las rodillas, y se levantaba por mi trasero en la parte de atrás.

Giré en mi lugar y divisé una puerta. Supuse que era un baño y me dirigí hasta ahí.

Agarré mi bolso en el camino y me higienicé. Volví a mirarme en el espejo antes de salir de ahí: estaba lista para ruborizarme como nunca y volver a mi casa.

Todo estaba en silencio, por lo menos en la planta alta. Bajé las escaleras como si alguien estuviese espiándome.

—Buen día —exclamó Julián desde la cocina, apenas puse un pie en el living.

Le sonreí.

Estaba sentado en la barra, comiendo, sin remera y con sus pantalones demasiado bajos, ¿por qué me hacía esto?

Me hizo una seña con sus manos llamándome a lo lejos. Caminé a través de la sala. Cuando entré a la cocina me di cuenta de que Maxi estaba también allí. Lo saludé con la mano, con un gesto igual o más idiota que la noche anterior.

Me acerqué a donde estaba Julián. Rápidamente pasó un brazo por mi cintura y besó mi frente, atrayéndome a su cuerpo.

Que cariñoso se había levantado hoy.

— ¿Cómo dormiste?

—Increíble —respondí rápidamente.

Me sonrió con la boca llena.

—Entonces sí voy a tener que prestarte mi cama otro día.

Nos miramos cómplices y, por un momento, me olvidé de Maxi.

—Dios

Escuché a mis espaldas y giré. Julián seguía mirándome y podía notarlo aunque no tuviese mis ojos en él. Agustín entró a la cocina con una cara de asco increíble. Arqueé la ceja confundida.

—Julián, ¿es necesario comer pollo a las nueve y treinta de la mañana?

Rápidamente volteé para ver su plato. No me había dado cuenta de lo que estaba comiendo. Tampoco tenía idea de la hora que era. Pero Agustín tenía razón. Realmente era un asco.

—Dejame ser feliz —exclamó a la defensiva—. Deja que te prepare algo —dijo, dejando a un lado su tan adorado pollo y poniéndose de pie.

Puse mi mano en su torso para detenerlo. Sentí como su piel se erizaba ante mi contacto. Era bueno ver que tenía el mismo impacto en él, que él en mí.
Negué con la cabeza, solo porque no me salieron las palabras.

—Bueno, podemos desayunar en el camino —continuó, esta vez asentí—. Me cambio y vamos —finalizó, bajé mi mano para dejarlo ir. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció.

— ¿Cómo es que es capaz de tomarse un café después de comer pollo? —preguntó Agustín asqueado.

Realmente no le di importancia. Estaba ocupada haciendo contacto visual con Maxi. Me miraba raro. Agradecí que no se le ocurriera preguntar si había logrado des-aburrirme ayer o algo parecido.

— ¿Y ustedes qué? —indagó mirándonos.

Rápidamente saqué mi mirada. Maxi lo fulminó con la suya.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—Nada, digo de qué por qué se estaban mirando como si fueran dos idiotas.

Bajé mi rostro. Diablos. Eso era, justamente, lo que no quería. Si Agustín podía notarlo, Julián también. Todos, de hecho. Negué con mi cabeza y salí de la cocina para esperarlo en el living.

A los pocos segundos bajó casi corriendo de las escaleras, con un jean ajustado, una remera estampada y sus lentes en la mano. Me sonrió cuando llego dónde estaba y toda la situación anterior se borró de mi mente.

Abrió la puerta del garaje y lo seguí. Me senté en el asiento del acompañante y esperé a que subiera.

En el viaje no hablamos mucho. Paramos en un Starbucks de pasada. Lo esperé en la camioneta mientras él se bajaba y los fotógrafos lo rodeaban. Me fotografiaban a mí también qué sólo bajaba la cabeza. Después de todo, era bueno que nos vean juntos una vez más. Aunque esta vez... estábamos juntos sin siquiera forzarlo. Sonreí de solo pensarlo, y justo en ese momento abrió la puerta.

Me pasó las cosas y me estiré para tomarlas. Se acomodó a mi lado.

— ¿Por qué sonreías?

¿Qué no me iba a cansar de hacer papelones?

—Pensaba —me limité a responder.

Él asintió mientras agarraba el volante con fuerza. Se me estaba haciendo un vicio mirarlo mientras manejaba.

—Podríamos salir hoy en la noche, ¿no? —aclaró su garganta—. Quiero decir... juntos.

No sabía ni en qué día estaba viviendo.

Me tomé unos segundos para reflexionar. Sábado, sí. Ayer había hecho la producción de Cosmopolitan. Pasaban tantas cosas en mi vida últimamente que los días parecían semanas.

—Sí —dije sin pensarlo—. Podemos salir juntos hoy.

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