Capítulo 11.

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Me duche increíblemente bien. La casa parecía un hotel. Estaba todo tan limpio que tenía miedo de ensuciar algo. Estaba terminando de peinarme frente al espejo, cuando el ruido de la vibración de mi celular intervino.

Apenas acepté la llamada, escuché su voz.

—Perdón —dijo y sonreí.

—Hey, no pasa nada.

—Estoy harto de que me tengan a las corridas para todos lados —largó en un tono no muy agradable.

—El precio de la fama —comenté divertida, intentando tranquilizarlo.

—Supongo, ¿vos estás bien? ¿No te hicieron nada?

Reí ante su pregunta.

—Estoy bien, acabo de salir de la ducha.

—Suertuda ducha. Pedile a alguno de los chicos que te lleve a mi habitación. En un rato estoy ahí, supongo.

—Está bien, puedo esperar.

Qué sería más incómodo que bajar por las escaleras y gritar: "Hey, ¿alguien puede decirme cuál es la habitación de Julián? Quiero instalarme en ella".

— ¿Qué te hicieron? —preguntó enseguida.

—Nada —aclaré rápidamente entre risas—. No pasó nada con los chicos. Puedo esperar a que vuelvas.

—Hoy es mi día de suerte, por lo visto.

Reímos juntos.

—Te veo luego.

Asentí como si pudiera verme y corté. Julián estaba con más confianza. Era bueno sentirlo.

Salí del baño con mi gran bolso y me encontré con Agustín. Al parecer, estaba esperando a que saliera de ahí.

—Creí que habías muerto —dijo divertido—. Maxi preparó la comida, supongo que estás hambrienta.

Supones bien. Asentí.

—Deja que te ayude con esto —exclamó sacándome el bolso de las manos—.  Mierda, ¿llevas piedras en él? —preguntó exagerado. Revoleé los ojos y él abrió la boca en un gesto irónico. Atravesó el pasillo para llegar a la última puerta. La abrió y lo seguí—. Supongo que dormirás en el cuarto de Julián. No creo que él te deje dormir en el cuarto de huéspedes. Hace un frío de mierda ahí.

Mi vientre hizo un ruido extraño y quise morirme de vergüenza en ese instante.

—Vamos a comer algo —dijo divertido saliendo de ahí.

Apenas bajamos las escaleras, el olor a comida entró por mis fosas para saciar un poco el hambre.

Habían cocinado pollo y estaba exquisito. Cené con ellos, charlando como si los conociera de toda la vida. Agustín decía más pavadas que Maxi. Era más gracioso, y más chico, o eso creía. Maxi parecía querer mantenerse en el margen. No había entendido muy bien que había pasado hoy.

Terminamos de poner los platos en el lavavajilla y caminamos juntos hasta el comedor.

—Enciende esa belleza —propuso Agustín, señalando la PlayStation.

Quería irme a dormir pero no pretendía quedar como una desubicada que se apropia de la casa. Por suerte, Maxi me leyó los pensamientos.

—No tengas vergüenza en ir a acostarte —me dijo y, por primera vez desde la escena de la ducha, clavó sus ojos en mí. Lo miré por unos segundos. Asentí—. Que descanses —gritó cuando ya estaba con un pie en las escaleras.

Agustín estaba tan concentrado en el televisor que ni se había dado cuenta de que no estaba allí. Le sonreí antes de desaparecer.

¿Por qué hice eso?

Entré a la habitación mirando para todos lados. Era enorme. Y estaba vacía.

¿Así será la vida de Julián todo el tiempo? Viviendo en todos lados...pero a la vez en ninguno.

Largué un suspiro mientras me tiraba a la cama. Miré al techo como si hubiese algo. Pensé por unos segundos. No iba a dormirme hasta que llegara Julián. Aunque quizá ni me enteraba cuando lo hacía.

Aproveché los minutos sola y me puse mi remera larga pero no tanto que usaba para dormir. Me saqué el corpiño y soplé por el gusto que eso me dio: el mejor momento del día. Bueno, no. Pero estaba entre el top 3.

El mejor momento del día.

Habían pasado tantas cosas en los últimos días que no quería ponerme a pensar cuál había sido el mejor. Ni siquiera podía elegir el de hoy.

Habría besado a Julián si Maxi no nos hubiese interrumpido. ¿Por qué? Era increíblemente lindo y nos estábamos llevando bien pero...arruinaría todo. Todo incluso más arruinado de lo que ya estaba. Tenerle que mentir a los demás y que encima después entre nosotros sea todo tensión. Wow, que pesadilla.

—Que suerte que volví.

Me sobresalté. Me senté en la cama para mirarlo. Estaba apoyado en el marco de la puerta mirándome como siempre lo hacía: como si fuese la última porción de pizza en el mundo. Me acomodé aún más para mirarlo. Vestía sus Nike deportivas, un pantalón negro de jogging un tanto ajustado, una remera blanca y sobre ella un abrigo azul oscuro, con las tres tiras de la conocida marca. El pelo mojado y revoloteado caía sobre su rostro.

Nunca lo había visto tan lindo.

—Deberías cerrar la puerta —explicó señalándola con su mentón.

Tan posesivo. Y ni me estaba tocando.

— ¿Cómo te fue?

Como respuesta solo se encogió de hombros. Hice una mueca. Atravesó la habitación para llegar a una gran maleta. Revolvió algo en ella.

—Solo voy a tomar unas cosas y te dejo dormir —dijo y lo miré.

— ¿Vas a prestarme tu habitación? —indagué divertida.

Levantó su mirada para sonreírme.

—Espero que no sea la única vez que lo haga.

Tomó una remera y algo más y cerró la valija. Se acercó hasta la gran cama. Yo estaba sentada en el medio. No me había dado cuenta de que era tan grande hasta que se sentó en el borde de esta y estábamos a más de un metro.

—Perdón por irme así hoy —exclamó ¿otra vez? Tampoco era tan grave—. Otro día terminamos lo que comenzamos —continuó. Se me erizó la piel. Se apoyó en sus manos para acercarse más y dejar un beso en mi frente—. Que duermas bien —dijo y desapareció. Cerró la puerta. Me dejó inquieta.

Quería mantenerme en una línea pero con él se me hacía imposible. Era tan directo y despreocupado que borraba de mi mente todo tipo de preocupación. A quién importa que después estemos incómodos.

Pensé por unos minutos. Otro día terminamos lo que comenzamos... otro día.

¿Y por qué no lo terminamos hoy?

Me puse de pie y caminé hasta la puerta.

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