La sombra de Elena (Relato extra)

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Arrodillado en el suelo, se desabrochó el pantalón mientras miraba fijamente el cuerpo inerte de su madre, hundido en el agua roja de la bañera, con el cuello desgarrado. En la habitación contigua, escuchaba el ruido de la cama golpeando la pared y los gritos de su hermana pequeña, mientras el asesino de su madre la violaba. El niño de once años seguía moviendo la mano sobre su miembro viril sin dejar de observar cómo la sangre se deslizaba por el pecho desnudo de su madre y, finalmente, cuando su padre le rompió el cuello a su hermana, haciéndola así callar, el pequeño soltó un leve gemido y varias gotas blanquecinas tiñeron el suelo húmedo. Seguía con los ojos clavados en la bañera cuando su padre entró, le agarró del pescuezo y le estampó la cabeza contra la taza del váter, antes de suicidarse.

 El pequeño Adam todavía seguía con vida, aunque inconsciente, cuando llegó la policía, alertada por la llamada telefónica de un vecino que había escuchado gritos. Le concedieron la custodia del niño a su abuela materna, una señora menuda, de ojos grises y pelo entrecano, llamada Dolly, y a quien Adam había visto pocas veces. Tal como le habían recomendado los psicólogos, la mujer intentaba hablar con el niño aunque éste no articulara palabra. Pasaron meses hasta que Adam empezó a hablar y, aún así, no era mucho lo que decía. A los trece años, se aficionó a las películas de terror y pronto aprendió a buscar por internet todo tipo de vídeos fetichistas, gore, pornográficos y de otros géneros similares. Le apasionaban tanto este tipo de vídeos que incluso soñaba con ser el personaje más violento de la historia e imaginaba todo tipo de torturas que sería posible realizar.

Pasados unos años, su abuela empezó a presentar pérdidas de memoria y pronto le diagnosticaron Alzheimer. A su nieto, que había cumplido diecinueve años el invierno anterior, no le quedó más remedio que empezar a hacerse cargo de todo. Así fue cómo se acostumbró a salir él solo y a relacionarse, mínimamente, con la gente.

El día de su vigésimo primer cumpleaños, decidió ir a celebrarlo a un pub y acercarse a una joven como las de aquellas películas en las que siempre eran las víctimas. No le costó demasiado. Su rostro juvenil pero marcado, el traje azul marino que encajaba a la perfección en su cuerpo de metro ochenta de altura, junto con el cabello oscuro bien peinado, como siempre le había enseñado su abuela, le hacían parecer lo suficientemente interesante para que una chica hermosa se fijara en él. La misma noche, consiguió, sin esfuerzo alguno, que una pelirroja de labios carnosos y unas curvas bien pronunciadas, le invitara a su casa. Estuvieron retozando en la cama hasta que el sol amenazaba con salir y, antes de eso, mientras ella se movía encima de él, Adam le agarró del cuello y se lo estrujó hasta que la joven dejó de respirar. Después de aquello, se dio una ducha tranquilamente, se vistió, limpió con lejía cada cosa en la que pudiera haber dejado huellas y prendió fuego al cuerpo sin vida que yacía en la cama, quedándose un rato para escucharlo crepitar.

Unas veces eran camareras, otras enfermeras pero sus preferidas eran las prostitutas. Eran las que siempre estaban libres y solas, las más fáciles de conseguir y las que menos llamaban la atención de nadie. Con el tiempo, se volvió más cuidadoso con los crímenes que cometía, pero cada vez eran más horribles. Se había acostumbrado a maniatarlas a la cama, practicaba juegos macabros con ellas y las violaba antes o después de matarlas. Esto último empezó a producirle un placer mucho mayor que todo lo practicado anteriormente.

Entonces apareció Elena, una preciosa enfermera de oscura melena y ojos de un negro profundo, a la que vio una noche que acompañó a su abuela a urgencias. Elena terminaba su turno a medianoche, salía por la puerta del hospital y se montaba en su pequeño Ford Ka para marcharse a casa, dónde no la esperaba nadie. Adam se obsesionó con ella, estuvo noche tras noche durante un mes visitando el hospital dónde trabajaba y siguiéndola hasta su casa, sin levantar la menor sospecha.

Finalmente, un día, Adam decidió presentarse y, diez minutos después de que la enfermera llegara a su casa, llamó al timbre. El joven le rompió la nariz con la puerta en cuanto ella fue a abrirla, creyendo a Adam cuando éste le dijo que era su vecino y que necesitaba ayuda urgentemente, pues a su mujer le había dado un infarto. La ató a la cama de pies y manos, la amordazó y empezó su juego. Primero le explicó detalladamente cada crueldad que pensaba hacerle antes de matarla y luego, comenzó a hacerlas. Le rompió los dedos de las manos uno a uno y, mientras esperaba a que Elena recuperara el sentido, buscó el mejor cuchillo de cocina para rebanarle la piel a tiras. Luego la violó mientras le clavaba la hoja ensangrentada en diferentes partes del cuerpo, sin llegar a matarla y, finalmente, la degolló. Se quedó de pie, observando como la sangre brotaba de su cuello y volvió a violarla.

Adam estuvo varias semanas sin salir de casa, viendo sus películas favoritas y deleitándose una y otra vez con el recuerdo de Elena. Tal era su obsesión con ella, que se la imaginaba allí, sentada junto a él, desnuda y ensangrentada, tal como la había dejado antes de quemarla. Pero poco a poco, su recuerdo se fue haciendo cada vez más borroso y sintió la necesidad de buscar otra victima.

Esta vez, no se complicó demasiado y recogió a la primera prostituta que le pareció atractiva. Se alejó de la ciudad y se apartó de la carretera metiendo el coche entre unos arbustos. Primero la golpeó en la cabeza y, mientras estaba inconsciente, le ató las manos en un árbol y le desgarró el vestido con una navaja que siempre llevaba encima. Esperó a que despertara para empezar a rasgarle la piel del estómago antes de violarla. Entonces, el pelo de la victima empezó a oscurecerse al igual que sus ojos azules y Adam se encontró encima de Elena, que le rodeó el cuello con ambas manos para apretarlo violentamente. Adam dejó escapar un grito mientras se soltaba y se apartó de ella. Muchas veces se la había imaginado a su lado, pero aquello era tan real que le espantaba de verdad. La joven ya no tenía las manos atadas y había empezado a incorporarse mientras le amenazaba entre jadeos. Adam echó a correr hacia el coche y se fue de allí tan rápido como pudo, sin echar la vista atrás. 

Regresó a casa y cerró la puerta de entrada de un golpetazo, después, echó la llave y se asomó por la ventana. Miró una y otra vez a ambos lados de la calle para cerciorarse de que Elena no le hubiera seguido. Su abuela salió de su cuarto mientras él subía por las escaleras deprisa y vociferando cosas ininteligibles para ella. Cuando Dolly intentó detenerle, en otro de sus ataques de histeria al no recordar quién era su nieto, Adam la empujó y la anciana cayó rodando por las escaleras. Su cuerpo se detuvo en la planta de abajo con la cabeza y una pierna desencajadas. Adam se giró para observarla y, como si nada hubiera sucedido, siguió gritando y maldiciendo mientras se dirigía a su habitación. Justo antes de abrir la puerta, escuchó la voz de su abuela. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda y detenerse en su nuca y, lentamente, caminó hacía a las escaleras. Cuando miró hacia abajo, Dolly estaba de rodillas, con la cabeza gacha, aún desencajada, y susurrando algo. De pronto, levantó la vista y los oscuros ojos de Elena se clavaron en los del joven. Adam gritó horrorizado y corrió a su cuarto para encerrarse en él. Encajó una silla en el pomo de la puerta para asegurarla mejor y, en seguida, se dio cuenta de que algo se arrastraba por el suelo del pasillo antes de que un fuerte golpe le hiciera meterse bajo la cama. Pasó largas horas escuchando ruidos de arañazos en la puerta, risas y severas amenazas, hasta que llegó la policía y le sacaron a rastras mientras Elena le perseguía sin dejar de decirle cosas espantosas, le estiraba del pelo y le arañaba la cara y el cuello.

Adam fue juzgado por todos y cada uno de sus horribles asesinatos y pasó varios años en un centro psiquiátrico bajo medidas de seguridad extremas y con fuertes dosis de diferentes drogas para mantenerle tranquilo. Aun así, a menudo se le oía gritar a alguien que sólo él podía ver. Elena no se separaba de su lado mientras estaba despierto y, cuando dormía, aparecía en sus sueños.

Quién asesinó a Adam, poco después de que éste cumpliera los veinticinco años, aún se desconoce. Le encontraron sobre un charco de sangre dentro de su celda, con todos los dedos de las manos rotos y varios cortes por todo el cuerpo. El cuello lo tenía abierto y en una de sus manos sostenía su miembro, arrancado de su entrepierna.

Casualmente, murió a la misma edad y el mismo día del mismo mes que una de sus víctimas: una enfermera llamada Elena.

Fin

Insania ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora