Capítulo 1 - El Día del Dios

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HEDA

Heda llegó al pueblo el Día del Dios. Siempre evitaba pasar ese día en zonas pobladas, pero llevaba demasiado tiempo viajando y necesitaba provisiones. Las lluvias recientes, poco comunes en aquella época del año, le habían pillado por sorpresa. Quería secar su ropa al fuego y comer algo caliente y el pueblo de la Dama Orrena era el más cercano en su ruta

El ambiente del pueblo no era en absoluto el que Heda se había esperado encontrar. En el pueblo que gobernaba la Dama Orrena adoraban al Dios Thorne, el Dios Espino, cuyo día se celebraba a mediados de otoño. Pero no había fiestas, ni banquetes en la calle, ni niños corriendo alborozados. Solo silencio, puertas atrancadas y miradas suspicaces desde detrás de las contraventanas.

En el Día del Dios, los jóvenes que se habían ganado tal honor, eran presentados ante el Dios y éste les aceptaba y marcaba como suyos. La edad de la presentación variaba según cada joven. La forma que tenía un adolescente de ganarse su temprana presentación al Dios era bien mediante el valor en combate o cacería, o destacando en algún deporte o habilidad manual. Tanto chicos como chicas podían participar de estas actividades y cuanto más joven eras aceptado por el Dios, mayor estatus social tenías a tu alcance. Aquellos que no eran demasiado habilidosos o valientes eran presentados poco antes de cumplir los diecisiete, pero no gozaban del prestigio de los demás.

Heda llegó a la posada del pueblo y descubrió con sorpresa que la puerta estaba cerrada, así que llamó con fuerza. Estaba cansada del viaje y la ropa húmeda comenzaba a resultar gélida a causa de la fría brisa del atardecer. La puerta se abrió unos centímetros, los suficientes para dejar ver los ojos de la posadera. Al ver la mirada de la mujer, Heda comprendió que no iba a pasar esa noche en una posada.

- ¿Tiene habitaciones?

- La posada está cerrada. No hay habitaciones.

- ¿No es hoy el Día del Dios?

- El Dios ha hecho llover su ira sobre nosotros.

Sin una palabra más, la mujer cerró la puerta. Heda volvió a golpearla, y la posadera le respondió a gritos desde dentro.

- ¡Márchate! ¡No hay nada aquí para vagabundos!

- ¿Qué ha ocurrido?

- Si de verdad quieres saberlo, ve a la casa que hay frente al pozo. La maldición del Dios ha caído sobre esa casa.

Heda no comprendía qué estaba ocurriendo. El Día del Dios, una fiesta que ella evitaba todo lo que podía, era generalmente motivo de festejos en los pueblos. Nadie acogería a una viajera si alguien pensaba que su Dios estaba enfurecido con el pueblo, así que decidió hacer lo que la posadera le había dicho y descubrir por sí misma que era lo que había causado la ira del Dios. No tenía miedo de que la ira de ningún Dios cayera sobre ella. Su origen la protegía de cualquier castigo o maldición divina.

La casa frente al pozo no estaba lejos. Heda se acercó a la puerta y de inmediato captó un olor peculiar que provenía del interior de la humilde casa de madera. Golpeó la puerta con suavidad. Una joven pelirroja en edad de casarse abrió la puerta, con los ojos enrojecidos por las lágrimas. Llevaba las mangas del vestido arremangadas, y Heda pudo ver su Tatuaje con toda claridad. El tatuaje, un grupo de líneas intrincadas cubiertas de espinas, no tendría más de un año o dos.

- ¿Quién sois? ¿Qué queréis?

- Soy Heda, de la tribu de las Cuevas. He oído que algo ha ocurrido hoy en esta casa.

La joven se echó a llorar. La voz de una anciana se hizo oír sobre los sollozos de la muchacha.

- Déjala pasar, Adya. No queremos enfurecer más al Dios negándole nuestra hospitalidad a una viajera.

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