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-Capítulo 42: "Confesiones"-

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Al abrir los ojos, le ilusionó encontrar tres llamadas perdidas en su teléfono celular.

Tras comprobar que no eran más de las once del mediodía, abrió el registro y se encontró con un número bastante conocido para él.

También notó que la casilla de mensajes estaba llena.

De: Guido.
Hora: 10:45

"Fran, necesito verte urgente"

De: Guido.
Hora: 10:48

"Comprendo que duermes, pero de verdad necesito verte."

De: Guido.
Hora: 10:51

"Contéstame, imbécil. Es algo serio"

De: Guido.
Hora: 11:00

"Tú amigo está a punto de enloquecer. Por favor, te veo en el parque de siempre en media hora"

De: Guido.
Hora: 11:05

"Lo tomaré como un sí"

Fran lanzó un suspiro.

Falsa alarma...

No era una felicitación, era un pedido.

Como siempre.

Resignado, se puso en pie dispuesto a vestirse.

Sin si quiera mirarse al espejo al salir, bajó las escaleras esperando que alguien le diese un saludo sincero.

El de su "padre" no contaba, por supuesto.

Intentó sonreír al ingresar a la cocina, lo cual fue vano, puesto que no encontró a nadie.

Seguro que la poca familia que le quedaba, había decidido permanecer en la casa de su tía eludiendo totalmente al cumpleañero. Subió los hombros despectivamente, después de todo, no era el mejor año que había tenido.

Bufando, tomó sus llaves y su celular y salió camino al lugar en el que había quedado con su amigo.

En realidad, siendo más literales, el lugar que su amigo había decidido unilateralmente y al que lo había obligado a asistir.

Aunque esos eran solo detalles.

***


Apenas pisó la esquina de la pequeña plaza a la que llamaban parque, presintió que algo malo estaba sucediendo. Y no porque Fran fuese un vidente o supiese leer mentes, sino porque las señales eran bastante evidentes: Guido, con la mirada perdida, caminaba frente a las hamacas yendo y viniendo. Su pelo parecía una pajarera y tampoco llevaba su gorro de lana. Además, no había advertido su llegada, cosa que era bastante extraña en él, que podía oír los pasos de otra persona estando a una cuadra de distancia.

Franco se acercó de forma lenta, temiendo asustarlo.

— ¿Guido?

El aludido se volteó y, ahí, el ojiazul terminó de confirmar su teoría.

Lágrimas resbalaban por las mejillas de su compañero y eran visibles incluso tras las grandes gafas.

— ¿Qué sucede? ¿Estás bien?

—No —se limitó a contestar el otro —, debo contarte algo —hizo un ademán hacia los asientos de madera que colgaban de dos finas cadenas.

Permanecieron balanceándose en silencio unos segundos. Finalmente, Guido comenzó a relatar.

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