1. Trato

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"La única manera de lidiar con este mundo sin libertad es volverte tan absolutamente libre que tu mera existencia sea un acto de rebelión"

Cierro los ojos en cuanto termino de anotar la frase detrás de una vieja fotografía que encontré hace poco. Aquella época en la que mi sonrisa parecía sincera me parece algo lejano, es casi como un sueño.

Me siento en el suelo y observo los papeles esparcidos al rededor. No consigo, ni quiero, borrar este sentimiento desde que llegó mi carta de aceptación. La Universidad es algo que muchos pasamos soñando nuestra vida entera, es todo lo que soñé y costó lágrimas, sudor y esfuerzo lograrlo.

Hay algo mágico en esa hoja concluyo. No sólo ñrepresenta libertad y el inicio de una vida adulta sino, también, un paso gigante, un paso que me permitiría comenzar de cero.

Cuando le dije a mis padres sobre mi idea de estudiar derecho casi se infartan, no porque estuvieran en contra de la carrera. "Al menos no es literatura" era lo que papá repetía con frecuencia y una sonrisa fanfarrona que hacía enojar a mamá haciéndole saber de qué lado estaba. Todo el drama provenía de ella y tenía que ver más con el hecho de no estar casada que con haber escondido mis planes de la familia. Mandar al diablo la tradición arcaica de casarse sumamente joven de su familia era algo que ella simplemente no aceptaba.

Siempre había sido honesta, no amaba la idea de casarme y fingir el papel de esposa perfecta y me rehusé a jugar ese papel a mi edad. Yo quería vivir y gozar la vida como nunca lo había hecho antes. Disfruté cada segundo de la noticia sobre la anulación del compromiso en el que estuve atrapada desde que tengo memoria.

Después de semanas, que parecieron meses, de peleas constantes, días sin comer, huelgas al estilo Gandhi, y súplicas incesantes gané la batalla y logré que me dejaran volar.

Cuatro años de total libertad.

Papá me adoraba y estaba dispuesto a darlo todo por mí, si tenía una debilidad era yo; mi madre también era maravillosa, pero sus creencias sobre el papel de la mujer eran muy fijas y casi arcaícas «la mujer debe estar casada y criar a sus hijos» «El hombre es el que debe proveerlos». Una cantaleta que, por desgracia, sabía al derecho y al revés.

A lo largo de la vida todo se me había hecho fácil. Absolutamente todo llegaba a mis manos con tan solo pedirlo o decir mi apellido, es por eso que cuando hice el examen para la universidad a escondidas y fui aceptada me aferré a la idea de ir.

Era un mérito que había logrado con esfuerzo y no con dinero.

―Linny, ―papá entró a mi habitación― sabes que aun con todo lo que hemos vivido jamás me he interpuesto a tus sueños ―lo abracé emocionada―. Sabes que te apoyo en todo, aunque no siempre tenga sentido. ―susurró al tiempo que sus brazos se aferraron con fuerza a mí― Jamás podría ser un obstáculo para ti; sin embargo convencer a Julia fue una lucha enorme. Aceptó, pero solo si tu aceptas un par de condiciones.

―Dímelas ―No todo podía ser tan sencillo y estaba dispuesta a aceptar cualquier cosa.

—Debes dejar de comportarte como lo has hecho, una nota más de esas en cualquier sitio y vuelves a casa.

Me sonrojé. Era la única cosa que podía hacer después de ver el periódico de esta mañana. Acepto que he sido un grano en el trasero para mi familia los últimos años.

—Lo prometo.

―La terrible para el final. Tan pronto termine tu primer año volverás y te casarás.

―Creí... Que la familia del chico ese ¿cómo se llamaba?...

―Adrián― contestó tratando de disimular una sonrisa. Me resultaba imposible olvidar su nombre, pero fingir un rato no me venía mal.

―Sí, ese. Creí que había― hice un movimiento con la mano para restarle importancia― desistido de la idea del matrimonio.

―Tú lo has dicho, su familia. Él vino a hablar con nosotros y aceptamos su propuesta― me solté del abrazo de papá intentando alejar cualquier recuerdo.

—¿Aceptaron? —asintió.

—Adrián es un buen muchacho.

―Si me caso no me dejará seguir con la carrera y... ―El enojo y la sorpresa peleaban por ganar terreno en mi interior.

Siendo honesta era un mejor trato de lo que esperaba pero no era justo.

No era lo que quería.

La sonrisa tranquilizadora de papá apareció y como siempre surtió efecto al instante. Papá y sus sonrisas cómplice solían hacerme sentir bien incluso en los días en los que todo parecía irse por el caño.

―Para que yo aceptara su compromiso él debió aceptar que tú continuaras con tus estudios― adoptó su pose de hombre de negocios―. Será útil cuando las empresas formen la alianza.

Sonreí, las intenciones de papá eran buenas, claro dejando de lado la fusión empresarial y las ventajas que vendrían con ella. Él jamás me había visto como un mueble al que podía subastar, había visto a muchas de mis amigas ser subastadas al mejor postor; contrario a eso papá siempre había buscado mi bienestar y ese matrimonio era mi manera de corresponderle todo ese amor y quitarle un poco del remordimiento y carga que llevaba sobre sus hombros.

«Un sentimiento innecesario, que tú provocaste» Me recordé.

Tal vez así podía quitar un poco del peso de la culpa que cargaban todos los demás gracias a mí. Me parecía un intercambio justo: libertad por paz.

―Gracias, ―lo abracé―eres el mejor del mundo― y ciertamente lo creía. 








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