❝Después de un mes en un campamento de ciencias con Dustin, Will Byers regresa ansioso por retomar sus partidas de Dungeons & Dragons y pasar tiempo con sus amigos. Sin embargo, en el sótano de los Wheeler, hay una cara nueva: Finney Blake, un chico...
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FORTY — THREE. ❝Tengo miedo de que un día te canses de intentar repararme.❞ strange things — temporada four | acto two.
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HORAS DESPUÉS.
El dolor de cabeza no le dio descanso durante el transcurso de las horas; se intensificaba entre el peso de las clases interminables, los murmullos que infestaban cada pasillo y esas miradas cargadas de incomodidad. Como cereza en el pastel, las burlas sin compasión terminaron de hundirlo. Todo ese ambiente hostil lo estaba desgastando lentamente, hasta el punto de que ya no podía caminar por ningún sitio sin ser golpeado "accidentalmente" en el hombro, o que alguien, con evidente intención, le bloqueará el paso.
Se había convertido en el entretenimiento de todos, y todo por un título que le impusieron sin permitirle dar una sola explicación. Nadie quiso escuchar su versión sobre lo que realmente había ocurrido; para ellos, él solo era: "Finney, el que debió morir con el resto de los secuestrados".
Aquel era su nuevo nombre: crudo, injusto y destilando una maldad absoluta.
En ese instante, su único deseo era dejar de existir en aquel lugar; anhelaba que cada persona que intentaba provocarlo simplemente se desvaneciera de su vista. No quería reaccionar de forma agresiva; no podía permitirse ser impulsivo, especialmente ahora que luchaba por recuperar el control de sus propios demonios. Se lo había prometido a la única razón que lo mantenía cuerdo, el único motivo por el cual no estallaba contra quienes lo asediaban con burlas hirientes.
Se lo había prometido a su Will.
Por lo que se dedicó a seguir caminando, buscándolo con desesperación entre la marea de estudiantes que inundaba el pasillo. Aprovechó el momento exacto en que el timbre resonó por todos los altavoces, anunciando por fin el final de las clases por ese día.
Entre el caos y el estruendo de los casilleros cerrándose, su mente se mantenía fija en un solo objetivo. No le importaban los empujones ni las risas que aún lo perseguían a sus espaldas. En ese instante, solo lo necesitaba a él.