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-Capítulo 41: "Fuegos Artificiales"-

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El destino estaba de su lado y Fran lo supo de inmediato cuando, al llegar al inusualmente repleto Starbucks, encontró vacía la mesa en la que siempre se sentaban.

Estirando a Alma ligeramente de la mano, la dirigió hasta allí.

Seguramente era extraño ver a dos jóvenes vestidos formalmente entrar a ese local a las diez de la noche, aunque poco les importaba a ambos.

Llevaban dos semanas saliendo furtivamente y el ojiazul creía que ya era hora de poner las cartas sobre la mesa.

— ¡Uf! —suspiró ella al sentarse —No sabía que los aburridos empresarios viniesen a una cafetería al anochecer.

—Supongo que es lo único que hacen en su aburrido día —rió él, intentando calmar sus nervios. Sus manos se encontraban anudadas en su regazo, y en su estómago se hacía lugar un gran agujero de ansiedad.

Luego de tomar sus tan comunes cafés, Franco decidió que era el momento.

Estiró su mano por sobre la mesa y tomó la de una distraída Alma.

— ¿Sabes, Al? —comenzó. Cuando la miró a los ojos, se dio cuenta de que ningún espejo con el que hubiese practicado durante horas se compararía con la cara de ella.

La chica pareció entender que no era una pregunta casual y eligió, sabiamente, no contestar nada.

—Me llamaste la atención desde el primer momento en que te vi —susurró. Por un segundo dirigió su vista al cristal y vio a las personas pasar.

¿Estás seguro de esto, Fran? Se preguntó.

No obstante, las palabras ya se acumulaban en su boca, dispuestas a salir a borbotones.

Era ahora o nunca.

—No solo fueron tus ojos, o tu forma de caminar. Tampoco el hecho de que hagas lo que quieras en el momento que te plazca. Lo que me atrajo de ti fue tu dulzura, tu forma de mirar a los que quieres, como si fueses capaz de matar a cualquiera que busque dañarlos —a medida que hablaba, el lazo de su corazón comenzaba a deshacerse.

Vamos, Fran. Tú puedes acabar con esto.

—Y lamento haberte lastimado si lo hice —dentro de las pupilas de Alma, en medio del diluido tono verdoso, brilló el reconocimiento.

El intento de suicidio.

El hospital.

El accidente.

Fantasmas que también rondaban por la mente de Fran a cada paso que daba.

—Prometo no herirte más, Alma. Tú pintas mi mundo gris de colores, aunque suene asquerosamente cursi. No sabía lo que era ser querido hasta que tú y tus amigos me aceptaron... Por eso me gustaría que fueses mi novia, para que yo pueda demostrarte que mi corazón no está tan dañado —finalizó.

Y en ese instante se dio cuenta de algo: no importaba cuál fuese la respuesta de ella, porque él había luchado. Podría haber elegido ser un cobarde y, sin embargo, eligió enfrentar lo que sentía.

Un poco de su nerviosismo se evaporó con esa afirmación.

—Fran, yo... —comenzó ella.

—Podemos intentarlo, Al, tú misma lo dijiste aquella vez. Si no funciona, podemos seguir siendo amigos —la desesperación envolvía sus cuerdas vocales, y esto se reflejaba en cada sílaba que salía de sus labios —. ¿Qué dices? ¿Quieres ser mi novia?

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