❝Después de un mes en un campamento de ciencias con Dustin, Will Byers regresa ansioso por retomar sus partidas de Dungeons & Dragons y pasar tiempo con sus amigos. Sin embargo, en el sótano de los Wheeler, hay una cara nueva: Finney Blake, un chico...
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FORTY - ONE. ❝Contigo, siempre. Esa es mi única promesa.❞ strange things — season four | acto two.
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En el preciso instante en que sus ojos comenzaron a abrirse, lo hicieron con una lentitud casi agónica. Sus párpados, cargados por una pesadez de largas horas de estar dormido, parpadeaban repetidamente para combatir el ligero, pero persistente ardor provocado por el haz de luz que se filtraba, implacable, a través de la ventana. Confundido, dejó que su mirada vagara por la superficie del techo y luego por cada rincón de la habitación, recorriendo con detalle cada objeto situado en su lugar habitual. Sin embargo, a pesar de la familiaridad del entorno, lo invadía una extraña sensación de ajenidad; se sentía como un extraño en su propio espacio, como si su mente estuviera habitando un lugar lejano que no lograba comprender. En un intento por disipar la neblina que nublaba su vista, estiró una mano que sentía torpe y pesada, frotando sus ojos con cansancio para intentar, finalmente, enfocar la realidad.
Poco a poco, con el transcurrir de los segundos, el entorno comenzó a cobrar una vitalidad vibrante. Los recuerdos fluyeron en cascada: desde el momento en que abandonó el instituto hasta el trayecto en auto para alejarse de todo. Rememoró su llegada a una casa vacía y el silencio que lo llevó hasta su habitación, donde las imágenes de lo ocurrido finalmente lo golpearon con una claridad deslumbrante. Cada detalle, cada caricia y el roce eléctrico de su piel contra la de su novio se proyectaron en su mente como una película reproducida en cada uno de sus pensamientos. Fue entonces cuando, impulsado por una corazonada, giró la cabeza con un movimiento lento y lo vio ahí, frente a él, con una nitidez absoluta.
Una sonrisa amplia y radiante se dibujó en sus labios al contemplarlo sumido en aquel sueño profundo y sereno. Finney descansaba a su lado, recostado boca abajo con la mejilla orientada hacia él; sus mechones oscuros caían rebeldes sobre su frente, velando parcialmente un rostro que se relajaba con cada suave suspiro. Su respiración pausada dictaba un ritmo constante, un vaivén de vida que subía y bajaba rítmicamente. Sin embargo, a pesar de la distancia impuesta por el sueño, su mano permanecía estirada sobre el vientre del menor, aferrándolo con delicadeza, pero con firmeza, negándose a soltarlo incluso en la inconsciencia.