Capítulo 3.

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—No tenemos amigos en común y creo que eso lo haría más incómodo.

Sí, tenía razón. Ahora quería pedirle un show completo. Oh, ¿entradas gratis a sus shows estarían dentro del "beneficio"?

—Perfecto —largó David entusiasmado, viendo que, de una u otra manera, los dos habíamos aceptado esta prueba—. Paul le pasará tu teléfono a Julián para que arreglen lo demás. Lo ideal sería que fuese antes del jueves, cuándo cierran las revistas.

Oh, por Dios, ¿en qué me estaba metiendo?

Salí abrumada de esa oficina y fui al baño para lavarme la cara. Me até el pelo en señal de cansancio. Caminé hasta la entrada para emprender la vuelta a casa. Habían pasado unos minutos de las cinco.

—Espero que después de esto me dejes de joder un poco —escuché la voz de Julián detrás de mí, saliendo del edificio junto a Paul. Me quedé quieta en el lugar. No había qué ser un experto para darse cuenta de qué su relación no era la mejor.

—Oriana —me llamó. Giré mi cuerpo para mirarlo, ¿se había dado cuenta que estaba escuchando? —. ¿Te alcanzo a algún lado?

«Sí, por favor»

—No, gracias. Está bien.

— ¿En qué vas a irte?

—En taxi, supongo —rió. Una camioneta frenó justo a mi lado. Una persona bajó de esta y le alcanzó las llaves a Julián. En ese momento supe que era suya.

—Subí —exclamó dando la vuelta. Abrí la boca para hablar pero me interrumpió—. Y no contradigas a tu nuevo novio.

Tragué saliva.

Vi su sombra a través de los vidrios polarizados. Se estiró en su asiento para abrir la puerta del acompañante, ya que yo no iba a hacerlo. Me acomodé a su lado y miré a mí alrededor.

—Wow —exclamé fascinada—. Una Range Rover, amigo, tranquilo.

Sonrió de costado mientras la ponía en marcha.

—Algún día te puedo dejar manejarla, supongo.

— ¿Cuándo? —exclamé ansiosa. Él rió.

—No sabía que las modelos eran tan amantes de los autos— me sonrojé—. Bueno, en nuestra próxima salida podes hacerlo.

—Sobre eso...

—Mañana podemos ir a tomar algo, ¿qué te parece? —suspiré. Qué bueno que él hiciera todo más normal.

—Me parece bien, después te paso mi agenda —bromeé. Él sonrió.

El viaje hasta mi casa fue tranquilo. Tarareamos un par de temas juntos pero no, por desgracia, ninguno de los suyos. Abandoné la lujosa camioneta y lo saludé con la mano mientras el portero me abría la gran puerta principal.

Entré a mi departamento y mi cuerpo cayó rendido en el sofá. El techo parecía derrumbarse sobre mí y las cosas no dejaban de girar. Cerré los ojos, ¿en qué lío me estaba metiendo?

 Cerré los ojos, ¿en qué lío me estaba metiendo?

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"Te estoy esperando".

Leí en la pantalla. Mi piel se erizó. No estaba preparada para esto.

Largué un suspiro frente al espejo para corroborar mi outfit por última vez: un boyfriend jean y mis amadas Adidas. Intenté bajar mi top para que se ocultara mi ombligo pero fue imposible.

Mi celular sonó una vez más.

"¿Me vas a hacer esperar mucho? ¡Es nuestra primera vez!"

Reí. Que famoso tan insoportable.

Cerré el departamento y entré al ascensor acomodándome la mochila de cuero en mi espalda. ¿Por qué estaba tan nerviosa? Esto no es una cita, Oriana, es ¿trabajo?

Después de agradecerle al portero la amabilidad de qué me sostenga la puerta, lo vi.

El barrio dónde vivía era muy tranquilo y casi no pasaban autos: Espero nadie note que una Range Rover negra con los vidrios polarizados, último modelo; claro, y Julián Serrano apoyado en la puerta del acompañante están ahí.

Suspiré acercándome. Dejé un beso en su mejilla mientras él me sonreía.

—Qué linda —dijo normal, cómo un ganador nato. Lo miré sonrojada—. Te prometí esto, ¿podes jurarme qué será seguro? —alzó su mano en el aire y vi las llaves de su camioneta entre sus dedos. Las tomé rápidamente mientras él se subía al asiento acompañante.

—Estás bromeando —grité, sin poder ocultar mi emoción. Lo escuché reírse a carcajadas desde adentro. Di la vuelta corriendo para subirme y le tiré mi mochila encima.

—Creo que pasar tiempo con vos no será tan complicado como lo imaginé —comentó entre risas. Lo mire.

— ¿Cómo lo imaginaste? —pregunté mientras ponía en marcha la gran nave.

—Ponete el cinturón —exclamó autoritario. Revoleé mis ojos. Abrió la boca sorprendido mientras se reía. ¿Qué le pasaba?

—Y bien, ¿cómo lo imaginaste? —repetí cuando terminé de abrochar el cinturón.

—Mmm, no sé. Imaginaba charlas sobre maquillajes y carteras —levanté una ceja irónica. Apenas salí andando con la camioneta, su canción comenzó a sonar en la radio.

—Extraño, ¿verdad? —pregunté.

—Muy.

Me concentre en que no se me saliera ninguna parte de la canción mientras manejaba. Oh, de solo imaginarlo sonreí. Iba a hacer el peor papelón de mi vida.

— ¿Te gusta mí música?

Preguntó directo. Estaba hundida.

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