❝Después de un mes en un campamento de ciencias con Dustin, Will Byers regresa ansioso por retomar sus partidas de Dungeons & Dragons y pasar tiempo con sus amigos. Sin embargo, en el sótano de los Wheeler, hay una cara nueva: Jake Blake, un chico q...
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THIRTY —SIX. ❝Tan cerca en el alma, tan lejos en la realidad.❞ strange things — season four | acto two.
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En su mente, el despertar había sido una escena perfecta: se imaginaba todavía envuelto en el calor reconfortante de Will, dejándose arrullar por el ritmo pausado y tranquilo de su respiración. En ese sueño despierto, podía sentir cómo Will se removía entre las sábanas, buscando instintivamente su cercanía para refugiarse en su pecho, y él lo recibía con los brazos abiertos, protegiéndolo del resto del mundo.
Realmente hubiera dado lo que fuera por vivir eso; deseaba con todo su ser que su mañana consistiera en recibir besos suaves de buenos días, de esos que saben a promesa. Anhelaba que lo primero que sus ojos enfocaran al abrirse fuera el rostro sereno de Will, con el cabello despeinado sobre la almohada y esa paz que solo él sabía transmitirle. En su imaginación, el tiempo se detenía ahí, en ese refugio de sábanas donde nada malo podía alcanzarlos.
Pero la realidad lo golpeó con una crueldad que no le dio tiempo de reaccionar. En el instante en que cruzó aquella puerta y se alejó de la calidez que Will le brindaba, y lo peor de todo, lastimandolo en el trascurso por su discusión, el sueño se desintegró como polvo. No hubo besos suaves ni caricias; en su lugar, solo encontró la dureza del suelo de su casa, frío y hostil.
Ahora amanecía allí, tirado en la oscuridad, sintiendo cómo su cuerpo se había convertido en un mapa de dolores. Cada músculo le gritaba ante el menor movimiento, y el simple intento de apoyar las manos para levantarse era una batalla perdida contra la gravedad. Sus propias heridas ardían como fuego encendido, recordándole que la seguridad que sentía hace apenas unas horas era ahora un recuerdo lejano, separado de él por un dolor que lo mantenía anclado al piso.
Sin embargo había algo peor, era el dolor que le recorría los huesos, era el eco de la voz de su padre. Las palabras de Terrence no eran solo gritos; eran insultos hirientes que seguían retumbando en su cabeza, golpeándolo una y otra vez como si fueran una sentencia de la que no podía escapar.