Capítulo 2.

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Mi día había empezado de la peor manera: la construcción del edificio vecino no me había permitido dormir en toda la mañana.

Eran las 09:00 am y me había levantado sólo para prepararme una taza de café. Me encontraba envuelta en las sábanas, con el tazón en mi mano derecha y la computadora sobre mis piernas. Dejé el café sobre la mesa de luz para teclear en Google: Julián Serrano.

Bueno, todas las noticias recientes eran sobre fiestas y lugares extraños. Sí, se había estado divirtiendo bastante últimamente. Sabía que estaba en Estados Unidos grabando su álbum, pero dónde menos se lo veía era en el estudio. Leí un par de notas y miré algunas fotos completamente desagradables, ¿qué le pasaba a este chico que besaba como si no hubiese mañana? Atrapaba las bocas de sus compañeras cómo si quisiera absorberlas. Confirmado: estaba bastante hormonal.

De todas formas me gustaba. Lo escuchaba a diario. Era el artista Argentino del momento, no había forma de no conocerlo. Estaba siendo un boom en Latinoamérica y Miami no se quedaba atrás. Era lindo, muy, y parecía carismático.

El día del evento habíamos intercambiado algunas palabras y parecía un pibe con los pies sobre la tierra. Las apariencias podían engañar, obviamente. ¿Esto de la falsa relación será idea de él? ¿Estará de acuerdo con esto? ¿Por qué demonios estaba pensando tanto en esto? ¿Por qué me tomaba el tiempo de, al menos, deliberarlo? Nada de esto tenía sentido.

Cerré la computadora con fuerza y tomé el café de golpe. Me senté en el borde de la cama para repasar mi día.

Tenía solo una sesión de fotos al medio-día. Había tiempo para entrenar aún.

Y eso me propuse hacer. Él día estaba horrible, así que me vestí con mi ropa deportiva, salí del departamento y subí al ascensor para marcar el piso 24: el gimnasio.

Pasé más de una hora ahí. Estaba a punto de terminar mi rutina cuando una llamada intervino mi música.

—David —respondí agitada. No quería dejar de entrenar para escuchar sus pavadas.

—Ori, el chofer estará abajo en una hora —comentó y asentí mirando el reloj de pared.

—Bien, gracias por avisarme —dije para despedirme.

—No, espera —sequé mi frente y me quedé quieta unos segundos—. ¿Podes pasar por la oficina después de las 03:00 pm?

—David, si es por lo de ayer...

—Por favor, solo unos minutos —cerré los ojos tomando mi frente.

—Bien, te veo luego. Adiós —arranqué mis auriculares del oído para tirar el celular al suelo y comenzar a estirar.

Luego de un baño me senté en el enorme hall de la planta baja a esperar al chofer de la agencia. Siempre que pasaba por ahí tenía la necesidad de observar el lujo a mí alrededor, ¿en qué momento me había mudado a un ostentoso edificio de Miami?

El dolor me sacó de mis pensamientos. Mis piernas temblaban como si no hubiese entrenado en años. Estaba realmente cansada y el día recién arrancaba.

Llegué al estudio y mientras me maquillaban revisé mi e-mail. Tenía un mail de la revista Seventeen, ¡la revista Seventeen! No pude esconder mi felicidad mientras tecleaba qué, por favor, se contactaran con David.

La sesión de fotos pasó rápido y, cuando salí del estudio, habían pasado treinta minutos de las tres.

La agencia donde se encontraba la oficina de David no quedaba muy lejos de allí y el día se había despejado un poco, así que opté por ir caminando para tomar un poco de aire antes de la guerra.

—Hola, Mónica.

—Oriana, David te está esperando —asentí con una sonrisa falsa. Caminé por las oficinas mientras me miraba en el espejo, al fondo del pasillo. Me acomodé la remera dentro de la holgada pollera. Estaba a punto de golpear la puerta cuando esta se abrió. David me sonrió.

—Te estábamos esperando —exclamó y me abrió el paso. Maldije para adentro cuando vi a Julián y un hombre sentados frente a la silla principal. Lo miré a David, este junto sus manos rogando que me comportara.

El hombre rápidamente se puso de pie y me estiró la mano.

—Paul —se presentó. Asentí en aprobación—. Es un gusto.

Su español era trabado. Estaba segura de que era estadounidense.

Se sentó nuevamente en su lugar.

Julián se levantó de su lugar, pasó un brazo por mi cintura y dejó un beso en mi mejilla. Su argentinidad brotaba por sus poros.

Le sonreí. No podía disimular mucho mi emoción al verlo. Me acomodé a su lado intentando borrar de mi mente sus canciones.

«Compórtate, Oriana. Lo que sea que te planteen, no está en discusión». Me repetí una y mil veces.

—Supongo que los dos saben por qué nos reunimos —comenzó a hablar David y, en ese momento, lo detesté, ¿qué le había dicho esta mañana?

—Creí que te había dejado las cosas claras —largué sin vueltas. Si no me respetaba mi representante, ¿entonces quién?

Julián puso sus ojos en mí. Me sentí observada. Quería dejar de hacerme la mala, revolear todo el papelerío que había en el escritorio y pedirle que me cantara un tema. Me contuve.

—Sí, sí. Me dejaste las cosas en claro, al igual que Julián a Paul —dijo. 

Entonces, ¿Julián tampoco estaba de acuerdo con todo esto? Festeje en mis adentros, ahora no quería pedirle un tema, sino dos.

—Tanto David como yo estamos seguros de que esta idea puede funcionar, para los dos —habló ahora Paul y confirmé de que sí, el español no era su primera lengua.

—Queremos pedirles un poco de voluntad para una segunda prueba —continuó David. Miré a Julián, levantó la ceja imitándome. No pude evitar sonreír—. La prueba del primer evento, las notas y su repercusión nos parecen suficientes pero, se ve que a ustedes no...

—Aunque sus casillas de e-mail demuestren lo contrario... —susurró Paul. 

Se interrumpían el uno al otro. Los dos estaban desesperados por esta idea.

Estaba abrumada. Julián me hacía caras y no entendía por qué estaba tan divertido.

—Les proponemos una nueva salida juntos para ver la reacción de la gente, de la prensa y del negocio.

Procesé la información lentamente. No sonaba tan mal, ¿o sí?

—No hace falta que estén solos. Pueden salir a comer con amigos, ir a bailar, lo que ustedes quieran...esto queda a su gusto.

Esto, o sea, ¿esto? ¿Todo lo demás, no?

—Solo que la gente vea que comparten tiempo juntos, que no quedó todo en aquel saludo —finalizó Paul.

—Preferiría que fuésemos solos —exclamó Julián. Lo miré petrificada, ¿estaba aceptando?

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