𝐂𝐇𝐀𝐏𝐓𝐄𝐑 𝐍𝐈𝐍𝐄.
El pueblo despertó distinto esa mañana. Derry siempre olía a polvo, a metal viejo y a la humedad escondida entre los ladrillos, pero ese día flotaba en el aire un perfume extraño, dulce y grasiento: azúcar quemada, algodón de azúcar, grasa caliente de los puestos de comida y palomitas con mantequilla.
Las calles principales estaban decoradas. Globos de color azul y rojo, y banderas que colgaban entre las tiendas, las casas y los postes de luz, se mecían suavemente con la brisa. Las vitrinas lucían carteles festivos; la gente que ya esperaba el desfile ondeaba pequeñas banderas en sus manos o llevaba sombreros alusivos. Desde los viejos altavoces, una música alegre crujía, distorsionada por el tiempo. El desfile anual era el orgullo del pueblo, un espectáculo que todos aguardaban.
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Olivia despertó temprano. Permaneció unos segundos mirando el techo de su habitación, escuchando los ruidos cotidianos de la casa: los pasos de su madre en la cocina, el tintinear de los platos, el sonido lejano de su hermano Oliver abriendo y cerrando cajones.
Se sentó al borde de la cama y observó su reflejo en el espejo. Sus ojos aún guardaban rastros de la noche anterior: cansancio, una emoción contenida, algo roto que ya no intentaba ocultar.
Recordó el abrazo grupal de los Perdedores.
Recordó el brazo de Bill sobre sus hombros. Recordó cómo, por primera vez, se había sentido… sostenida.
Se levantó y eligió su ropa con calma: un short de mezclilla claro, una camisa ligera de botones y sus tenis gastados. No era un atuendo llamativo, pero tampoco invisible. Era simplemente ella. Antes de bajar, se acomodó un mechón de pelo rojo detrás de la oreja y suspiró.
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El desayuno transcurrió con normalidad. Cassandra preguntó por el día anterior. Oliver solo contestó con un “lo de siempre”.
Olivia miraba su plato, dándole vueltas al contenido con la cuchara. Sin levantar la vista, murmuró: “Fui con mis amigos. La pasamos… bien”.
Cassandra notó un cambio en la actitud de sus hijos, sobre todo en la más pequeña, pero no quiso forzarlos a hablar. Más tarde trataría de conversar con cada uno por separado.
Después de comer, se despidió con un beso en la cabeza a cada uno, les deseó un buen día y les pidió que no se durmieran tan tarde, pues ella no regresaría hasta la mañana siguiente. Había pedido doble turno; al ser día festivo, le pagarían el doble, y ese dinero lo necesitaban.
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Olivia y Oliver lavaban los trastes en silencio: ella lavaba, él secaba. Fue Oliver quien rompió el quietud.
—¿Qué tienes, pequeña? Sabes que puedes confiar en mí, ¿verdad? —preguntó con dulzura.
Olivia se tensó levemente.
—Es sobre… ya sabes. He estado pensando en el diagnóstico del doctor —dijo, concentrándose en el último vaso que enjuagaba.
Oliver la miró con el ceño fruncido.
—¿Te has sentido mal? Liv, si es así…
—No —lo interrumpió rápidamente—. Solo pensaba en eso. —No era mentira; últimamente se sentía mejor, sin malestares.
—Ya te iba a prohibir salir —bromeó Oliver, aunque había un dejo de verdad en sus palabras.
—¿Y tú? —replicó ella, secándose las manos—. Te he notado distante.
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𝐂𝐄𝐍𝐈𝐙𝐀𝐒 𝐃𝐄𝐋 𝐏𝐀𝐒𝐀𝐃𝐎| Bill Denbrough
HorrorCuando Olivia Whitmore llega a Derry junto a su madre y su hermano mayor, solo quiere pasar desapercibida y sobrevivir al aburrido verano en un pueblo que parece detenido en el tiempo. Pero Derry no es un lugar común, y pronto descubrirá que algo os...
