Capitulo 1

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Bangkok, Tailandia | Hospital Público Central

Hora: 17:40 PM

Pov Becky

El aire en el pasillo del Hospital Público Central de Bangkok era pesado, una mezcla asfixiante de antiséptico barato, humedad tropical y el cansancio acumulado de cientos de personas. Afuera, el sol de la tarde empezaba a teñir el cielo de un naranja sucio, pero dentro, las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido eléctrico que me taladraba los nervios.

Becky: —Te vas a poner bien, mi amor... —susurré, tratando de que mi voz no temblara.

Acaricié la frente de Song. Su piel se sentía demasiado caliente y su respiración era un silbido errático que me rompía el corazón en mil pedazos. Con solo cinco años, mi niña estaba luchando por aire en una camilla desvencijada que apenas cabía en aquel pasillo atestado.

Enfermera: —Señorita, la solicitan en recepción —la voz de la enfermera fue seca, carente de cualquier rastro de empatía.

Me tensé, mirando a mi alrededor. El hospital estaba colapsado; hombres ancianos tosían sin cesar a pocos metros y el llanto de otros niños formaba una sinfonía de miseria.

Becky: —¿Tiene que ser ahora? —supliqué, sin soltar la mano pequeña de Song—. Ella finalmente se durmió... No me gustaría dejarla sola aquí, mire cómo está esto.

Enfermera : Dese prisa , dándose la vuelta sin siquiera mirar el cuadro clínico de mi hija.

Caminé por los pasillos, sorteando camillas y familiares desesperados, hasta llegar al mostrador de mármol desgastado. La secretaria ni siquiera levantó la vista de su monitor.

—¿Nombre de la paciente? —preguntó mecánicamente. —Song Armstrong. Acabamos de entrar por urgencias respiratorias. —Bien. ¿Va a pagar el valor de la noche con tarjeta o efectivo?

Me quedé helada. El frío del aire acondicionado de la recepción de repente me caló hasta los huesos.

—¿Valor de la noche? Aún no hemos pasado la noche —balbuceé, confundida—. Además, ni siquiera han terminado de atender a mi hija, solo le pusieron un sedante leve. Pensé que este hospital era público.

La secretaria suspiró con fastidio, como si estuviera explicando algo a una niña pequeña. —Señorita, no tengo por qué darle explicaciones. En este hospital se debe pagar el valor de la estancia por adelantado. Además, si usted planea quedarse como acompañante, el costo se duplica. Son las reglas.

—¿Qué? —sentí un nudo en la garganta—. Mire, ahora mismo no traje dinero suficiente. Salí corriendo de casa porque mi niña no podía respirar... No tuve tiempo de pensar en la billetera. Y por supuesto que me quedaré con ella, ¡solo tiene cinco años! No puede estar sola en ese pasillo.

La mujer me miró fijamente, con los ojos vacíos. —¿Va a cancelar sí o no? Tenemos una lista de espera de cincuenta personas afuera.

—¡No me escuchó! ¡Mi hija se está ahogando! —mi voz subió de tono, cargada de una desesperación que empezaba a transformarse en pánico.

—Okey, ya veo que no tiene intenciones de pagar —dijo ella con una calma aterradora. Tomó el teléfono interno y marcó tres dígitos—. Seguridad, recepción principal. Tenemos un problema de falta de pago. Saquen a la madre. Que regresen cuando puedan cubrir los costos.

—¡No! ¡No pueden hacer eso! —grité, pero antes de que pudiera protestar, sentí unas manos rudas sujetándome por los hombros.

—¡Suéltenme! ¡Mi niña está ahí sola! ¡Song! ¡Por favor, alguien ayúdeme! —el forcejeo era inútil. Mientras me arrastraban hacia la salida, mi único pensamiento era la imagen de Song, dormida y vulnerable, a punto de ser expulsada a la calurosa y despiadada calle de Bangkok.

Luz en la oscuridad / Freenbecky G!p Donde viven las historias. Descúbrelo ahora