Capítulo 39

4.4K 359 159
                                        

Si alguien me hubiera dicho hace nueve meses, cuando todavía dormía con un ojo abierto, cuando todavía me sobresaltaba con cada portazo, cuando todavía medía mis palabras como si cada sílaba pudiera detonar una bomba

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Si alguien me hubiera dicho hace nueve meses, cuando todavía dormía con un ojo abierto, cuando todavía me sobresaltaba con cada portazo, cuando todavía medía mis palabras como si cada sílaba pudiera detonar una bomba. Que estaría aquí, sentada en la sala de espera de una prisión, con la mano de Isabela entrelazada tan firmemente con la mía que nuestros nudillos se habían puesto blancos, habría pensado que estaban hablando de otra persona.

Pero aquí estaba yo. La misma Graciela que había pasado ocho años disculpándose por respirar demasiado fuerte. Y sin embargo, completamente diferente.

Finalmente, después de cerrar el caso de Elena. Jackson había cumplido su promesa. Los documentos de divorcio estaban listos. Perfectamente redactados, cada palabra un clavo en el ataúd de mi matrimonio.

—Ya está, Ela. —me había dicho hace tres días, colocando las carpetas en mi mesa de cocina—. Todo listo para presentar. Solo necesito que los revises, los firmes, y le daremos a ese hijo de puta lo que se merece.

Habían pasado apenas tres semanas desde el accidente de Isabela. Todavía podía ver las magulladuras desvanecidas en su rostro, la forma cuidadosa en que se movía.

Y aun así, cuando le dije que Jackson me acompañaría a la prisión, que no necesitaba que ella viniera también—que podía quedarse en casa descansando, recuperándose—me miró con esos ojos que ahora conocía mejor que los míos propios. Ojos que habían visto sus propias versiones del infierno.

Se levantó de la silla de la cocina—todavía moviéndose un poco rígida—caminó hacia mí, y tomó mi rostro entre sus manos con una ternura que todavía me hacía querer llorar.

—Graciela Pitti. —dijo, usando mi nombre completo de esa manera que hacía que mi nombre sonara como una oración, como algo sagrado—. Escúchame bien. No vas sola. No vas sola a ningún lugar donde ese hombre esté, aunque sea con tres metros de concreto y vidrio blindado entre ustedes. Aunque haya guardias. Aunque Jackson esté ahí."

Sus pulgares acariciaron mis mejillas:

—Nunca más vas sola a enfrentarlo. ¿Me oyes? Nunca más.

Y mi corazón, ese órgano que pensé que había olvidado cómo sentir algo más que miedo; Se hinchó tanto en mi pecho que pensé que se me saldría por la boca. Porque nadie, en toda mi vida, me había hecho sentir tan... protegida. Tan vista. Tan valiosa.

—Está bien. —susurré, porque mi voz no podía hacer más que eso—. Está bien. Gracias.

Antes de venir, me arrodillé frente a mis niñas en la sala. Tenía que preguntarles, aunque cada fibra de mi ser quería protegerlas de ese hombre de siquiera tener que pensar en él, tenía que darles la opción. Porque eso era lo que yo nunca había tenido: opciones.

—Mis amores. —comencé, mi voz ya temblando porque esto era más difícil de lo que había anticipado—. ¿Quieren venir a ver a su papá?—las palabras me quemaron la garganta. Llamarlo "papá" se sentía como una mentira, pero era lo que ellas habían conocido.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora