Capítulo 38

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No sé qué es peor, honestamente

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No sé qué es peor, honestamente.

Si el dolor constante y punzante en mis costillas que se intensifica con cada respiración profunda, transformándose de molestia sorda a agonía aguda cuando olvido moverme con cuidado. O la venda apretada en mi cabeza que me recuerda con cada movimiento que casi me matan—que estuve a centímetros, segundos, de no despertar nunca. O tener que quedarme completamente quieta como una estatua de museo mientras observo a todos los demás hacer las cosas que normalmente yo haría sin pensarlo dos veces.

Lo cual es un completo y absoluto asco.

Detesto la inactividad con cada fibra de mi ser. Detesto cómo me hace sentir—débil, inútil, como carga. Detesto sentirme como espectadora en mi propia vida. Detesto depender de otros para las tareas más básicas y mundanas. Detesto que Graciela tenga que ayudarme a bajar las escaleras cada mañana como si fuera una anciana frágil de noventa años que podría romperse con el menor movimiento brusco.

Detesto las miradas de preocupación constante. Detesto cómo todos caminan sobre cáscaras de huevo a mi alrededor.

Pero lo que más me deja absolutamente despierta por las noches—mirando el techo mientras el reloj marca las horas interminables, dos de la mañana, tres, cuatro—mientras Graciela duerme pacíficamente a mi lado con su respiración suave y regular, es algo completamente diferente.

Algo que me está consumiendo lentamente desde adentro como ácido.

El hecho de que últimamente, específicamente estos últimos días desde el juicio, desde que ganamos, desde que supuestamente todo debería estar perfecto, Graciela parece diferente de maneras que no logro descifrar completamente.

Ansiosa cuando usualmente es la personificación de la calma. Inquieta de formas que no había visto antes, incluso durante los peores días con Vicente. Se queda ida mirando al vacío con una sonrisa soñadora y distante en sus labios, como si estuviera pensando en algo maravilloso que yo no puedo ver, algo a lo que no tengo acceso.

Sus dedos tamborilean nerviosamente contra superficies cuando cree que no la estoy mirando. Se sobresalta cuando la llamo, como si la hubiera sacado de algún sueño profundo. Revisa su teléfono con una frecuencia que no es normal en ella, sonriendo a mensajes que inmediatamente minimiza cuando me ve acercarme.

Y aunque le pregunto—cada vez que la sorprendo perdida en sus pensamientos, cada vez que noto esa expresión—siempre de alguna forma evade la pregunta con respuestas que suenan ensayadas.

"No es nada, mi amor. Solo estaba pensando."

"¿Qué cosa? Oh, solo cosas aburridas. Nada importante."

"¿Yo? No, estoy bien. Perfectamente bien. ¿Por qué lo preguntas?"

Respuestas vagas, genéricas, que no responden absolutamente nada pero que suenan suficientemente convincentes como para que no pueda presionar más sin parecer paranoica.

Marchita La Bella FlorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora