Cuando Olivia Whitmore llega a Derry junto a su madre y su hermano mayor, solo quiere pasar desapercibida y sobrevivir al aburrido verano en un pueblo que parece detenido en el tiempo. Pero Derry no es un lugar común, y pronto descubrirá que algo os...
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𝐂𝐇𝐀𝐏𝐓𝐄𝐑 𝐄𝐈𝐆𝐇𝐓
Los Perdedores no miraron atrás cuando dejaron el claro donde había caído Henry Bowers.
El sol de la tarde caía inclinado sobre Derry, volviéndolo todo de un color ámbar sucio: los rieles brillaban con una luz opaca, el pasto alto se movía como un mar irregular y el aire olía a polvo caliente, metal viejo y algo más agrio que ninguno de ellos quería nombrar.
El tren pasó detrás de ellos con un rugido largo y chirriante. Los fierros oxidados crujieron como si la propia ciudad estuviera respirando con dificultad. Cada vibración recorría el suelo y les subía por las piernas.
Nadie hablaba.
No porque no tuvieran nada que decir, sino porque sus cuerpos aún temblaban con la adrenalina de lo que acababan de hacer.
Habían peleado.
Habían ganado.
Y eso era tan extraño como aterrador.
Mike caminaba un poco más atrás, cojeando apenas. Tenía la cara manchada de tierra y sangre seca, y aún sostenía uno de los paquetes de carne contra su pecho como si temiera que el mundo se lo arrebatara de nuevo.
Fue él quien rompió el silencio.
—Gracias —dijo en voz baja, casi avergonzado—. Pero… no debieron hacerlo. Ahora también los van a molestar a ustedes.
Olivia dejó escapar una pequeña risa sin humor.
Eddie, que iba al frente arrastrando su bicicleta, se giró apenas.
—Ah, no, no… —movió la cabeza—. ¿Bowers? Siempre nos molesta.
Lo dijo como quien habla del clima: algo inevitable.
Bill caminaba al lado de Olivia, empujando su bicicleta con una mano. Sus nudillos aún estaban blancos por la tensión.
—C-creo que es algo… q-que todos tenemos en común —murmuró.
Richie, que iba detrás de Olivia, se inclinó hacia Mike con una sonrisa torcida.
— niño sin escuela… eres del Club de Perdedores.
Olivia lo miró de reojo.
Y por primera vez en horas, sonrió de verdad.
No fue grande ni brillante.
Fue pequeña. Frágil. Pero real.
Pensó, por primera vez en mucho tiempo, que quizá sí pertenecía a algún lugar.
Siguieron caminando entre la maleza hasta llegar al viejo vagón abandonado del tren.
Estaba oxidado, grafiteado, con ventanas rotas y puertas colgando torcidas. El metal tenía manchas marrón oscuro y verde moho trepando por los costados. Era feo, olvidado… y perfecto.