Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
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Las amenazas parecen aumentar cada día, cada mensaje más explícito que el anterior, más específico, más personal. Pero realmente dudo que lleguen a algo serio.
Son solo palabras, ¿verdad? Tácticas de intimidación baratas.
Además, literalmente mañana es la audiencia y gracias a Jackson tenemos todas las de ganar. Cada prueba está en su lugar, cada documento autenticado. Elena no tiene escapatoria.
Me recuesto en el sofá, hundiendo mi cabeza en los cojines que huelen a lavanda. El teléfono está pegado a mi oreja mientras observo las sombras alargarse por la sala, pintando las paredes de tonos ámbar y violeta. El atardecer aquí siempre ha tenido algo melancólico, como si el cielo mismo supiera que cada día trae consigo sus propias batallas.
—Te estoy diciendo, hay algo raro, Jax.
—¿Raro cómo qué? —La voz de Jackson suena distraída al otro lado de la línea. Escucho el crujido de papeles, probablemente revisando los documentos para el juicio por enésima vez. Él es así, obsesivo hasta el punto de la neurosis cuando se trata de su trabajo.
—Chela sale muy seguido, y lo raro no es que salga, sino sus excusas. —Me incorporo un poco, bajando la voz aunque sé que estoy sola en casa. Como si las paredes mismas pudieran juzgarme por mis sospechas—. El otro día me dijo que salió a comprar leche. Leche, Jax. Había dos cartones completos en la nevera. Los vi esa misma mañana cuando preparé el café.
—¿Y qué te ha dicho cuando le preguntas directamente?
—Como siempre, Chela siendo Chela. Siempre se guarda algo. —Suspiro, pasándome una mano por el cabello. Puedo sentir la frustración acumulándose en mi pecho como vapor en una olla a presión—. Me sonríe, me besa en la frente como si fuera una niña preocupándose por tonterías, y cambia de tema como si nada. Ayer le pregunté y de repente necesitaba urgentemente ayudar a Maggie con su tarea de matemáticas.
—Ya sabes cómo son las mujeres, imagínate tú, ni siendo una de ellas las entiendes. Bienvenida al club, fren. —Puedo escuchar la sonrisa burlona en su voz.
—Eso no es lo más raro. —Hago una pausa, mordiéndome el labio inferior. Parte de mí no quiere decir lo siguiente en voz alta, como si verbalizarlo lo hiciera más real—. Encontré un bote de anticonceptivos mientras buscaba uno de mis suéteres en sus cajones.
El silencio al otro lado de la línea se extiende por un momento demasiado largo.
—¿Y eso es malo... por qué?
—Porque si no mal te recuerdo, no tengo pipi, Jackson. —La frustración hace mi voz más aguda—. ¿Para qué diablos necesitaría anticonceptivos?
—¿Tas agüeva o qué? —Jackson suelta una risa corta, incrédula—. También se usa para regular... su periodo, imbécil. ¿No prestaste atención en la clase de biología?