¿Sabías que una semilla, antes de convertirse en planta, tiene que romperse?
Desde afuera parece un fracaso, algo pequeño que se quiebra y desaparece en la tierra oscura. Pero esa ruptura no es el final, sino el inicio. El dolor de abrirse paso bajo...
Oops! This image does not follow our content guidelines. To continue publishing, please remove it or upload a different image.
Camino en silencio hasta el porche de la cabaña. El fuego ya se está apagando, pero el aire sigo oliendo a humo y a algo más que no sé nombrar. Me siento en el escalón de madera, abrazo las piernas contra el pecho y respiro hondo, como si pudiera guardar lo que he sentido durante esos días, como si no quisiera dejarlo ir del todo.
Sé que no me he escrito a mí misma. Que después de pensar tanto en lo que los demás necesitaban oír, me he olvidado de escuchar lo que yo necesito recordar. Y aún más, lo que no me atrevo a aceptar.
Saco mi libreta. No tenía planeado usarla, pero aquí estoy. Rasgo una hoja, la doblo con cuidado, y escribo.
A Cata
2 corintios 12:9 – Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.
No necesitas dejar de temblar. Solo no dejes de seguir.
Leo el versículo como si fuera la primera vez, como si nunca lo hubiera anotado en el borde de una prédica ni recitado en un servicio tratando de convencerme de que creía en eso. Esa noche, por fin, no trato de creérmelo, simplemente lo dejo caer sobre mí.
Pienso en todo lo que quise que Dios me quitara: el miedo, la vergüenza, la sensación de no ser suficiente, de estar rota de una forma que nadie ve. Siempre creí que para ser útil en sus manos tenía que estar firme, tener la voz segura, el corazón limpio y las ideas claras. Pero esta noche entiendo que Él no está esperando mi estabilidad. Estaba esperando que me rindiera.
Y entonces lo hago. No con una oración fuerte, ni con lágrimas dramáticas. Lo hago en silencio. Con el papel temblando entre mis dedos y esa línea escrita con letra insegura que dice lo que me ha costado admitir durante años.
Guardo el papel, pero no en la libreta. Lo meto dentro de mi Biblia, justo en la parte donde se abren las páginas por costumbre. Allí donde van las cosas que no deben olvidarse. Allí donde, aunque pasen los días y me distraiga, siempre volveré sin querer.
Antes de regresar al cuarto, me quedo mirando el cielo. Las estrellas están apagadas por las nubes, pero no importa. Siento que, por primera vez, puedo descansar sin que todo esté claro. Que puedo cantar con la voz temblorosa, servir sin tener todas las respuestas, amar sin miedo a desarmarme otra vez.
Y aunque todavía no sé del todo quién soy, entiendo que en este momento —aquí, sola, rendida, pequeña— por fin soy hija de Dios.
❁❀✿❀❁✿❁❀✿❀❁✿❁❀✿❀❁
︶︶︶︶︶︶︶︶
El domingo en la madrugada no hay oración inicial. Nadie dice que nos sentemos. Simplemente pasa. Todas nuestras maletas están hechas y agrupadas en la entrada.
Steven está en el suelo, con las rodillas abrazadas y la mirada hacia la alfombra. Markie apoyado en la pared, con los brazos cruzados como siempre. Madison sentada a mi lado, muy quieta. David al otro extremo del sofá, con los ojos perdidos. Yo no sé qué hacer con las manos.