¿Sabías que una semilla, antes de convertirse en planta, tiene que romperse?
Desde afuera parece un fracaso, algo pequeño que se quiebra y desaparece en la tierra oscura. Pero esa ruptura no es el final, sino el inicio. El dolor de abrirse paso bajo...
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Las chicas ya duermen. Bueno, eso creo. Madison respira profundo, pero Evelin siempre parece despierta aunque tenga los ojos cerrados. Aun así, no importa. Necesito salir solo un momento.
Tomo la sudadera más cercana y salgo en silencio, cerrando la puerta con cuidado. No enciendo ninguna luz. Solo camino hasta el porche y me siento en las escaleras de madera, abrazando las rodillas. El aire está frío, pero no helado.
Me quedo ahí un rato, en silencio. Pensando. No quiero decirlo en voz alta. Me da miedo parecer ridícula. Pero igual lo pienso.
—No sé por qué me salió así —susurro—. Solo... me dejé llevar.
Trago saliva. Las manos me tiemblan en este punto.
—Y no me dio miedo. Eso fue lo raro. No me dio miedo.
Miro hacia los árboles, oscuros, quietos. Cierro los ojos. No espero respuesta. Pero sí quiero que Él sepa que le estoy hablando.
—Si... sí... si eso era, ¿me enseñas a hacerlo sin perderme? ¿A no esconderme, pero tampoco quedarme vacía después?
Siento algo en el pecho.
—No quiero hacerlo para que me vean. Ni para llenar un espacio en la banda. Ni para que me digan que lo hice bien. Solo quiero cantar... si tú estás ahí. Ya no quiero tener tanto miedo.
Me quedo callada. Un pájaro nocturno chilla a lo lejos.
Y por un segundo, solo un segundo, siento que no estoy sola. No porque algo se moviera. No porque escuchara una voz. Sino porque el silencio me devuelve la paz.
Camino en silencio por el porche y me detengo cuando veo que la fogata aún arde, muy bajito, y que él está ahí. Markie está solo, encorvado hacia adelante, con los codos sobre las rodillas, como si llevara horas mirando las brasas sin pensar en nada o pensando en todo al mismo tiempo.
No quiero interrumpirlo. Pero mis pasos ya me han traído hasta aquí, y me da vergüenza darme la vuelta. Así que pregunto en voz baja.
—¿Puedo?
Él levanta la mirada, como si no le sorprendiera verme, como si de alguna forma ya supiera que yo también iba a terminar afuera esta noche.
Asiente sin decir nada, solo me hace espacio a su lado. Me siento a su lado. El silencio no es incómodo.
—No podía dormir —digo, después de un rato.
—Yo tampoco —responde, sin mirarme.
Nos quedamos mirando el fuego. Las brasas se mueven lento, como si respiraran. Yo no sé muy bien qué decir, pero tampoco tengo que inventar nada.