1. Me invitan a los vestuarios masculinos.

75 9 4

Las voces mañaneras de mi madre son inolvidables. "¡Mamá, que no voy a ir a ver a tu hijo perfecto! ¡Que me niego, no voy a ir a ver a Luke contigo!" Es lo que absolutamente todos los días escucho. Mi madre se llama Laila Moore, es adoptada y le tiene rencor a su madre ya que al tener a sus hijos biológicos con un hombre, -que tampoco es el padre adoptivo de mi madre- dejó de prestarle atención a ella y se sintió desplazada, que no encajaba en la familia más. Además sus dos hermanos -que eran gemelos- no se llevaban bien con ella debido a unos problemas que ocurrieron cuando los tres eran adolescentes.

Mi abuela siempre le estaba pidiendo que fuese con ella a ver a Luke pero mi madre no quería verlo por razones que ignoro y que prefiero no saber. Por eso todas las mañanas despierto con la voz de mi madre ronca, provocada por el sueño, peleando con mi abuela.

Estos sí son despertares.

Me levanto de la cama y voy hacia mi armario, abro las puertas de éste y cojo el uniforme del instituto al que voy. Hoy es el primer día de clase después de unas vacaciones que duraron una semana. La semana se ha pasado en un abrir y cerrar de ojos, he disfrutado del descanso pero me da palo volver al instituto para ver a los estúpidos de mi clase y a los idiotas de mis profesores. Solo hay un profesor que me guste: el de dibujo. Es el más joven de todos y el que más comprende a los adolescentes, tiene mucha paciencia y con él siento que tengo una especie de amigo con autoridad en el instituto, por así decirlo. También he de decir que mi profesor de dibujo no está nada mal pero no, no me gusta, tampoco estoy tan loca.

Me visto y me pongo el simple uniforme, se compone de una falda negra que debía llegar hasta la rodilla pero a mí eso me parece horroroso ¿qué soy? ¿una especie de monja? Vamos, ya mismo nos dicen que llevemos la falda hasta los tobillos, mejor que se vayan a pastar todos. El punto es que me aprovecho de que estoy delgada para comprarme la prenda una talla menor para que así el corte de la misma quede en la mitad de mis muslos. En la parte superior me pongo una blusa blanca abotonada hasta el penúltimo botón y, si hace frío, una chaqueta de estilo americana negra. Pero ahora no es tiempo de chaqueta por lo que voy con la blusa remangada hasta el final del antebrazo. Después de ponerme la ropa, me dirijo hasta el cuarto de baño para peinarme, pienso si recogerme el pelo o no. Un recogido da lugar a que se me vea más la cara y dejo que el aire golpee en mi cuello, pero suelto me queda mejor, o a mí me gusta más. Decido tenerlo suelto dejándolo caer sobre mis hombros, haciendo contrastar el blanco de la blusa con el color castaño de mi pelo. Me maquillo de forma discreta, nada que ver con cómo me pintaría si fuese a salir con mis amigos. Solo hago la línea del ojo para darle un poco de forma al mismo y me echo un poco de base para disimular las ojeras que he obtenido a causa del poco tiempo de sueño que tengo últimamente.

Bajo a desayunar y está mi madre allí que acaba de colgar el teléfono. Le doy los buenos días y me hago mi desayuno. Mi madre y yo no parecemos madre e hija sino un par de amigas. Nos lo contamos todo y nos tratamos como amigas, también tiene que ver que no es realmente mi madre, es decir, no soy su hija biológica. Veréis, cuando nací, fui abandonada por mis verdaderos padres en una calle cercana a un hospital. No entiendo cómo alguien puede abandonar así a un bebé de apenas unos meses, no sé, al menos que lo lleven al hospital ¿Qué cuesta caminar cinco o diez minutos más? ¿Qué cuesta llevarlo a un orfanato? Y sí, me enfado con estas cosas porque también es algo personal y solo pienso en esas personas que me dieron la vida ¿Para qué? ¿No les importaba si iba a morir en la calle? Era invierno, joder. El punto es que Laila me encontró cuando ella tenía dieciséis años (pero en breves cumpliría diecisiete) y decidió hacerse cargo de mí con ayuda de su padre. Estuve hasta los cuatro años sin estar registrada como ciudadana en los Estados Unidos, que fue cuando Laila cumplía veintiún años y podrían darle mi custodia en vez de dejarme entrar al espantoso sistema. A pesar de aquello, hasta que no cumplí seis años, mi madre no me dejó llamarla mamá. Curiosamente nos parecemos en muchos aspectos, también tendrá que ver que llevamos mucho tiempo juntas. Desde que tenía dos años me educó para ser como soy ahora, siempre me llevaba al parque a gastarle bromas a una señora que debe de ser inmortal porque, catorce años después sigue viva. Y, por supuesto, sigo haciéndole de las mías, no obstante por más sustos que le doy, a la vieja no le da un infarto. No quiero que os penséis que la quiero matar porque no es así, pero me resulta raro que viva tanto tiempo y siga exactamente en el mismo estado. Ella siempre me calificó de demonio, pensaba que estaba poseída -y lo sigue pensando- aunque en realidad pienso que el demonio es ella. Seguro que ha hecho un pacto para ser inmortal a pesar de ser católica. Fijo le vendió el alma al diablo.

We'll find infinity¡Lee esta historia GRATIS!