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Introducción.

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Un hombre grande e imponente, vestido de chaqueta, entraba en un edificio que parecía haber sido en otro tiempo una iglesia o convento.

Mostraba una expresión fría y dura en un rostro tenso de piel morena. Reflejaba algunas arrugas a causa de la edad, pero no parecía alcanzar los sesenta años.

Una anciana se acercó a él alargando la mano y retiró levemente una gruesa tela que cubría lo que llevaba entre los brazos, atisbando así el rostro de una pequeña niña recién nacida que dormía plácidamente.

-No podéis hacer esto. - Murmuró la mujer casi para sí, pero tomó a la niña entre sus brazos y la llevó a una habitación, cuya puerta estaba a un par de metros de ella.
Cuando volvió tenía las manos vacías.

-Su nombre es "Zoe". - Se limitó a decir aquel hombre trajeado.

-No podéis traer aquí a cualquier criatura sin dar explicación alguna. - Repitió ella. -No me importa cuánto dinero ganéis haciendo esto; lo que sea que hagáis, pero está mal y es inadmisible.

-¿Prefieres dejarla en la calle? - Preguntó él fríamente. La mujer apretó los labios conteniendo alguna grosería, indignada.

-Por supuesto que no.

-Muy bien. - Se limitó a decir él, dándose la vuelta y dirigiéndose hacia la salida. - Nos volveremos a ver. - Sentenció. Y la puerta se cerró de un portazo.


Zoe rompió a llorar.


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