Dieciocho años después de haber sido expulsada por amar a quien no debía, Isabela regresa a la hacienda que alguna vez llamó hogar.
No busca venganza... sino respuestas, y tal vez una nueva oportunidad de empezar.
Allí la espera Graciela, la esposa...
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Estoy terminando un pedido de volteado de piña para retirar más tarde. La casa huele a caramelo y piña horneada, ese aroma dulce que siempre me reconforta.
Hoy toca otra leccion de montar a caballo—le hemos pospuesto estos últimos días porque... bueno... por andar de metiche donde nadie me mandó.
No había querido hablar con Isabela. Ya, ya me he regañado lo suficiente al respecto. Aun me cuesta creer lo desgraciada que fue su ex esposa. Maldita infeliz. Cada vez que pienso en lo que le hizo, en cómo la manipuló y usó, siento una rabia que me quema por dentro.
En fin, estoy terminando. El volteado está perfecto, dorado justo como debe ser. Solo falta voltearlo cuando siento unos brazos rodeándome la cintura desde atrás, cálidos y familiares.
—¿Demorasss muchooooo? —escucho la voz de Isabela cerca de mi oreja, arrastrando las palabras como una niña pequeña haciendo un berrinche.
Algo que me hace reír mientras intento voltear el dulce sin que se desmorone. Mis manos tiemblan un poco con su cercanía.
—Solo me falta voltearlo y lo dejaré reposando —digo, tratando de concentrarme en no arruinar el volteado.
—Andaaaaa —insiste, apretando más su abrazo contra mi espalda—. Elphie y Whiskey te están esperando. —refiriéndose a su caballo y al mío, con ese tonito de urgencia falsa que usa cuando quiere algo.
Lo cual dudo mucho. De seguro esos dos están perfectamente felices disfrutando su desayuno en los establos, masticando heno sin ninguna prisa. Más bien la que está ansiosa es otra.
—¿Seguros que son ellos? —pregunto mientras acomodo el volteado en el plato de presentación, tratando de ocultar una sonrisa que me tira de las comisuras de los labios—. ¿Y no tú?
Siento cómo entierra su nariz en mi cuello, inhalando profundamente. Su respiración cálida contra mi piel me provoca escalofríos.
—Nop —murmura contra mi cuello, y puedo sentir su sonrisa.
—Ah, bueno, está bien entonces. Creo que podría ir adelantando el pedido del Sr. Arturo también —digo bromeando para ver su reacción—. Me pidió tres docenas de pastelitos de guayaba para el viernes, y ya sabes cómo es, siempre queriendo todo con anticipación...
—¡Nooooooo! —su voz sale amortiguada contra mi piel, y siento cómo aprieta más sus brazos alrededor de mi cintura, casi levantándome del suelo.
—¿Por qué estás tan ansiosa por la lección de hoy? —me volteo en sus brazos para ver su rostro, dejando el volteado a un lado—. Llevamos meses montando juntas, no es nada nuevo.
—Por nada —dice, pero puedo ver cómo comienza a sonrojarse, ese rubor delator subiendo por sus mejillas hasta las puntas de sus orejas. Desvía la mirada hacia un lado, mordiéndose el labio inferior.