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Me despierto con el sonido de alguien golpeando dos cucharas como si fuera un tambor

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Me despierto con el sonido de alguien golpeando dos cucharas como si fuera un tambor.

—¡Arriba, pueblo de Dios! —grita Steven desde el pasillo.

Madison, que ya está vestida y con el pelo perfectamente recogido, me mira desde su cama con cara de "no fui yo la que lo invitó". Evelin se queja desde debajo de las cobijas.

—¿No es pecado hacer tanto ruido a esta hora?

Cuando llegamos a la sala, todos estamos en modo zombi. Markie lleva su sudadera con capucha y una taza enorme de café, David parece seguir dormido de pie, y Steven está demasiado feliz para la hora.

El devocional de la mañana le toca a Madison, que tiene una libreta llena de anotaciones y un marcador de colores en la mano.

—Buenos días, equipo —dice con una sonrisa—. Hoy vamos a leer un versículo de Lamentaciones que me encanta: «Las misericordias del Señor son nuevas cada mañana».

Steven levanta la mano.

—¿Incluso los lunes?

—Incluso los lunes —responde ella, sin perder la paciencia—. Y lo mejor es que no dependen de cómo nos sintamos, sino de quién es Dios. Así que aunque estemos medio dormidos, Él sigue siendo bueno.

Markie toma un sorbo de café.

—Amén a eso.

Oramos juntos, y aunque algunos todavía no terminan de despertar, hay algo bonito en empezar el día así, todos reunidos, con el olor del café llenando la sala y la luz entrando por las ventanas.

La cocina se llena rápido de voces y olor a pan tostado. Evelin se encarga de preparar huevos revueltos, aunque confiesa que no está muy segura de la proporción entre "revuelto" y "carbonizado". Madison organiza los platos como si estuviéramos en un banquete formal, y Markie sigue pegado a su taza de café como si fuera una extensión de su mano.

Steven intenta ayudar, pero su "ayuda" consiste en probar el pan "para asegurarse de que no estuviera envenenado". David, por su parte, se queda cortando fruta en silencio, aunque cada tanto sonríe cuando alguno suelta una broma.

—¿Quién quiere jugo? —pregunto, levantando una jarra de naranja.

—Yo —dice Steven, acercando su vaso—, pero con la bendición incluida.

—No doy bendiciones, solo sirvo jugo.

—Entonces no, gracias.

Todos nos reímos, y Evelin anuncia que los huevos están listos. Nos sentamos en la mesa larga, y aunque el desayuno no es nada especial —huevos, pan, fruta y café—, hay algo en la forma en que nos hablamos y en cómo suenan nuestras risas que hace que todo supiera mejor.

En un momento, Steven deja caer un trozo de pan al suelo y, sin pensarlo, David se lo devolvió en el plato.

—Cinco segundos, no cuenta.

CDUCP 1: Confesiones de una fe quebrantada...🌿✏️📖Where stories live. Discover now