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Ya es domingo en la mañana, el día en que nos iremos al retiro y el grupo no deja de sonar

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Ya es domingo en la mañana, el día en que nos iremos al retiro y el grupo no deja de sonar. Steven manda stickers cada cinco segundos, Evelin tiene listas para todo —listas de cosas por llevar, de quién duerme con quién, de posibles actividades opcionales— y Markie sigue mandando memes como si ya estuviéramos en el viaje. Están emocionados, todos. Y yo también, supongo.

Leo, quien estaba más entusiasmado que todos nosotros, no puede venir porque la fecha de su evento en Toronto se cruza con las fechas del retiro. David y Abigaíl acaban de pelear nuevamente, por lo que ella no viene tampoco. Solo iremos Madison, David, Steven, Evelin, Markie y yo.

David manda el cronograma. Una imagen sencilla con los horarios repartidos en cuadrícula y nombres asignados para cada devocional. Lo abro mientras me cepillo el cabello frente al espejo, solo por ver.

Desayuno, caminata, ensayo, devocional, tiempo libre. Todo parece normal, hasta que llego al sábado en la noche.

David: sábado 8:00 p.m. – Prédica: Catalina Tremblay.

Me quedo mirándolo unos segundos más, el cepillo detenido a medio camino. No comento nada en el grupo. Ni siquiera reacciono. Solo bajo el celular y me siento en la cama, con el corazón latiendo más fuerte de lo que debería.

Yo no predico. No soy la que da palabras sabias ni la que puede sostener el silencio sin temblar. Todavía me cuesta orar en voz alta

¿Qué les voy a decir? ¿Qué podría enseñarles que ellos no sepan ya? Algunos de ellos nacieron en la iglesia. Algunos tienen una fe que yo apenas estoy empezando a entender.

Respiro hondo y cierro los ojos. Apoyo la cabeza en las rodillas.

—Dímelo tú, Señor —murmuro, apenas audible—. Si tengo que hablarles... que no sean mis palabras. Dime qué necesitan escuchar, porque yo... yo no tengo idea.

Y me quedo así un rato, sin saber si quiero llorar o solo esconderme.

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El auto se detiene al final del camino de tierra y, cuando bajamos, lo primero que siento es el olor a pino mezclado con aire frío. La cabaña está justo frente a nosotros, con techo inclinado y ventanales enormes que dejan ver una chimenea apagada. Madison suelta un grito emocionada y corre hacia la puerta como si ya viviera ahí.

—¡Vamos, vamos, vamos! —agitaba los brazos para que la sigamos.

Dentro, deja caer su maleta en un rincón y saca una bolsa de tela que parece a punto de explotar. Con una sonrisa, empieza a repartir camisetas negras con letras blancas estampadas en el pecho.

—¿Qué es esto? —pregunta Steven, sosteniéndola como si fuera un experimento de laboratorio.

—¡El lema que inventamos la otra noche! —responde Madison, casi saltando de la emoción—. Fe que arde, corazón que late.

CDUCP 1: Confesiones de una fe quebrantada...🌿✏️📖Where stories live. Discover now