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LA SEÑORA HARLAND DEJÓ LAS BOLSAS EN EL SUELO apenas cruzó el umbral de la casa, colgó las llaves en el llavero y recorrió la estancia con la mirada hasta que esta se posó en su hija.
Cary descansaba la mejilla contra el cuaderno abierto, el lápiz flojo entre sus dedos. Sus ojos estaban cerrados desde hacía rato y el sueño la había vencido por completo, escapándosele un ronquido suave y despreocupado.
Carolyn negó varias veces, aunque una sonrisa leve se le dibujó en el rostro. Desde aquella noche en la que sintió que su hija por fin había hablado con honestidad, no había encontrado el momento, ni el valor, para sentarse frente a ella y pedirle perdón.
Sabía que Cary estaba inquieta desde la desaparición del niño Clements; lo notaba en sus silencios, en su forma de aislarse. Cargaba con una culpa que no le pertenecía, y aun así la llevaba encima como si fuera suya.
A veces se reprochaba ser una madre excesivamente paranoica, cargando pensamientos heredados de creencias poco normales, aun así, seguirlos le daba una calma difícil de explicar.
Se quitó los tacones del trabajo y avanzó descalza sobre el piso de madera. Al detenerse frente a su hija, la movió con cuidado. Por un instante anheló poder cargarla entre sus brazos, como antes, pero Cary ya no era una bebé.
Cary abrió los ojos, el cabello cayéndole sobre el rostro y haciéndole cosquillas. Al reconocer a su madre, se incorporó de inmediato, limpiándose la mejilla húmeda por la saliva.
— Madre... —murmuró, con los ojos aún entrecerrados.
— Es tarde, cariño, ve a descansar. —dijo mientras empezaba a cerrar los libros y las libretas de su hija— Yo me encargo de acomodar todo, ¿sí?
Cary se puso de pie y apretó los libros contra su pecho. Al pasar junto a su madre, esta la observó con sus claros ojos azules y luego depositó un beso en la coronilla de su cabeza, gesto que hizo que Cary cerrara los ojos por un instante.